Cultura, espiritualismo y creencias

Los misterios de los crímenes – ¿Cuántos tipos de homicidio hay?

El siguiente texto es un extracto del libro Los misterios de los crímenes(ISBN: 9781683255833). Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Pedro Palao Pons, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Somos malos, malísimos. Podemos dejarnos llevar por un momento de ira, por un pronto, por una necesidad que no sabemos cómo se produce pero que, en el mejor de los casos, hace que sólo se nos escape la mano. Lo malo es que estamos programados para matar, y eso, añadido a un largo proceso evolutivo, propicia que más allá de la ira o del pronto seamos capaces de elaborar retorcidos sistemas para acabar con la vida de los demás.

La maldad es un concepto moral, una forma de entender o pasar por el tamiz ciertas acciones y atribuirles un sentimiento a favor o en contra. Esta subjetividad siempre viene marcada por condicionantes religiosos, educacionales, sociales, etc.

Cuando hace cientos de miles de años dos machos humanos —con un palo y una piedra en las manos— se propinaban golpes recíprocos hasta reventarse el cráneo, no estaban cometiendo un asesinato, y mucho menos un homicidio. Sencillamente, tal vez dirimían sus diferencias con respecto a la caza, luchaban por la posesión de una de las hembras de la manada o estaban tramitando las acotaciones de su hábitat.

Si en el siglo xxi hacemos lo mismo con nuestro vecino y le aplastamos los parietales con sendos adoquines porque el pobre hombre —posiblemente algo sordo— pone la televisión demasiado alta, acabaremos juzgados y encerrados por haber cometido un asesinato. La única diferencia entre estos dos problemillas vecinales es la distancia de unos cientos de miles de años.

 los crímenes

Somos animales. Animales territoriales que, como tantos otros mamíferos, se muestran celosos ante lo que consideran que es suyo: su casa, su trabajo, su lugar jerárquico dentro de este, su pareja, etc. Lo único que nos faculta para no acabar entre rejas por un «quítame allá esas pajas» es la educación, y esta, por muy primarios que seamos, lleva siglos moldeándose en nuestro cerebro.

De aquellos lejanos tiempos en los que éramos capaces de abrir en canal a cualquiera que nos tosiera, conservamos dos cosas: la ira y la maldad. Acostumbramos a canalizar la primera mediante sonidos onomatopéyicos traducidos en insultos más o menos elaborados o actitudes de defensa gestual que pueden ir desde el clásico corte de mangas hasta el dedo corazón que se asoma por la ventanilla del coche, pasando por el cubrimiento testicular con ambas manos.

Con respecto a la maldad, tenemos la capacidad de distinguir entre la que se considera legal, como por ejemplo la organización de una guerra, y aquella que no lo es, lo que sería el caso de la comisión de un atentado. El resultado final de ambas acciones siempre suele ser el mismo. Una idea macabra e injustificable se eleva a la máxima expresión al canalizarse de forma violenta y dar como resultado la muerte. Que los fallecidos sean uno, unos cuantos o muchos dependerá, además de la intención, de los medios empleados.

La ira y la maldad se han ido perpetuando a lo largo de las civilizaciones y, si bien podríamos contemplarlas como parámetros primarios de nuestra especie, han ido evolucionando conforme lo ha hecho el ser humano. Y así escomo hemos pasado de tirar animales muertos a un río para que sus cuerpos putrefactos envenenen el agua que bebe la población que estamos asediando, a lanzar —mediante aviones de última generación— bombas de racimo. Hemos pasado de seguir las referencias que nos ofrecía el código de Hamurabi, en el 1760 a. de C., a ver cómo los juristas crean nuevas leyes para los posibles crímenes genéticos.

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Pero no hay tantas diferencias, pues seguimos siendo malos. Tanto da que copulemos con una vaca —algo que los mesopotámicos consideraban sucio, tabú y ofensivo para los ojos de los dioses— como que manipulemos células madre para intentar fabricar clones, lo cual se encuentra penado por los tribunales internacionales de medio mundo por considerarlo una práctica poco ética. Sin embargo, es evidente que el crimen no es el mismo. La práctica dela zoofilia no está considerada como un delito, ni mucho menos como un crimen, a ojos del siglo xxi, lo cual sí sucedía para los mesopotámicos del siglo xix a. de C. Posiblemente, para ellos la clonación no habría sido un crimen, no sólo porque lo contemplarían como algo imposible, sino porque en caso de que pudieran imaginarlo lo habrían tomado como un acto mágico digno de los dioses.

Con el ejemplo anterior pretendo indicar que dos acciones radicalmente distintas se criminalizan o no en función del tiempo y la cultura que acoge el acto. El hecho de que hoy sea un crimen fabricar o intentar producir clones no supone una condición para que dentro de quinientos años no forme parte dela normalidad. La misma normalidad que hoy en día nos permite realizar la autopsia de un cadáver para saber cómo ha sido asesinado, algo que hace cinco siglos estaba penado por considerarse una práctica infame a los ojos de Dios.

Pero malos, lo que se dice malos, lo hemos sido siempre. Permanentemente han existido la rencilla, el rencor, el odio o los deseos de venganza. El ser humano ha preparado trampas, ha engañado y asesinado de forma más o menos elaborada a los miembros de su especie en todas las latitudes del globo y durante todas las épocas.

En la actualidad, parece que las crónicas de sucesos sólo tienen espacio para albergar lo que en España se denominan crímenes de violencia doméstica. Cuando estos se producen, copan los informativos de los medios de comunicación. Resulta lógico, pues estos delitos forman parte de una execrable costumbre que en muchos países no europeos es algo, por decirlo así, casi normal. No deja de ser curioso que, en nuestro país, dos terceras partes delas mujeres que han sido asesinadas por sus parejas en los últimos cinco años procedieran de culturas no mediterráneas.

No es que aquí seamos unos angelitos… baste recordar que tenemos al Arropiero, al Sacamantecas, al Hombre del Saco y tantos y tantos personajes que, además de ser criminales, forman parte de la historia patria. Sin embargo, el denominado crimen de violencia doméstica es algo que no parece ir mucho con nosotros. No obstante, esto no quiere decir que no se degüelle a unas abuelitas por aquí, no se apalee a unos vecinos por allá o que, armados con unas escopetas de cañones recortados, se salga a «hacer justicia» para limpiarla ofensa recaída sobre una familia.

Sin ir más lejos, recuerdo el caso de aquel militar que, tras ver como un greñudo motorista escupía en el portal de entrada de su casa e insultaba a su madre, optó por subir hasta su vivienda, en el sexto piso, y, pasados unos minutos, bajar pistola en mano para animar al greñudo personaje a que «escupiera otra vez si era hombre».

Han quedado atrás aquellos años en los que los sucesos eran jugosos, morbosos, creadores de comentarios y corrillos a la hora del café o el desayuno. Es evidente que había desgarros, destripamientos, mutilaciones y… al fin, muerte. Pero muchos de esos crímenes se nos mostraban teñidos con una pátina de macabro romanticismo y sanguinolento dramatismo de libreto barato. Tanto es así que el crimen parecía algo distinguido, diferente e incluso muchísimo más complejo de llevar a cabo que en nuestros días. Ello permitía la generación de toda clase de versiones y leyendas urbanas sobre los móviles, los escenarios, los criminales, las víctimas, etc.

Aspectos como estos últimos son los que pretendo que protagonicen este libro. Siempre ha habido guerras y atentados, grandes luchas tribales o entre naciones que han producido muertes, pero mi objetivo es el crimen «al por menor».

La historia del crimen se puede abordar desde muchas perspectivas. Particularmente, mi fi n es centrarme en el crimen «al por menor», que suele ser más sibilino, elaborado, tendencioso, morboso y, cómo no, terriblemente efectivo. Ocuparme de la historia del crimen «al por mayor» hubiera significado sumergirme en guerras, atentados —de Estado o no—, así como asesinatos y homicidios cometidos en campos de concentración y todos los delitos contra la humanidad que suelen juzgarse en tribunales penales internacionales. Por lo tanto, asumo que la historia de este libro está incompleta.

Concibo esta obra —para mi gusto excesivamente breve en páginas, dada la abundante documentación que el tema nos ofrece— como un viaje por la historia de lo siniestro y por la biografía de algunos oscuros personajes. Un viaje a través de preguntas que todos nos hemos formulado en algún momento. Una ruta que nos acercará a conocer someramente grandes animaladas, torturas y formas de matar. Un trayecto que nos llevará al asesinato como vehículo ceremonial para conocer algunas de las masacres realizadas por personas parecidas a las que podemos tener de vecinos.

Hablar de crimen implica abordar el comportamiento de los asesinos, que muchas veces se convierten en grandes carniceros. Hay algunos que se limitan a estrangular a la víctima y dejarla reposadamente en el sofá; otros que cercenan su cuerpo y lo albergan en bolsas de basura que luego distribuyen en diferentes contenedores; los que enterraron vivas a sus víctimas; aquellos que se las comieron; los que las destriparon o quienes las quemaron o las hicieron desaparecer diluidas en ácido. En sí, grandes carniceros de la historia que la mayoría de las veces fueron también asesinos en serie. Conoceremos a muchos de ellos, a los más relevantes y a otros que no lo fueron tanto, pero que merecen su rincón de gloria en estas páginas.

Pese a que empleo el género masculino en la mayoría de los párrafos, el lector no ha de pensar que las féminas no entienden del arte de la ejecución. Ellas también matan.

Y si hablamos de asesinatos y de crímenes, debemos saber cómo se producen. Es cierto que a veces la muerte es rápida —basta una bala, un puñal en el corazón o un golpe certero—, pero no siempre es así. El crimen gusta dela tortura y del entretenimiento macabro, tanto físico como psicológico. Hay mil formas de matar y, si bien explicarlas todas supondría la ejecución de otro libro, conoceremos algunas de las más sorprendentes.

Por suerte, después de todo este espléndido abanico de acciones cruentas y las más de las veces mortíferas, queda tiempo para un canto a la esperanza. Me estoy refiriendo a que si puedo contar y elaborar esta historia del crimen es gracias a que existe la investigación del mismo, a que durante siglos, y en todas las culturas, ha habido personas que se han dedicado a estudiar cómo se han producido los crímenes, qué había en la mente de los asesinos, etc.

Con todo este panorama del horror y la crueldad, nos vamos a encontrar a lo largo del libro decenas de preguntas que tienen por objeto responder de forma clara y sin ambages, con la justa dosis de sangre y la precisa de morbosidad, a todo lo que en algún momento nos hemos preguntado sobre el crimen. Y vaya por delante que, pese a lo increíble y exagerado de algunas delas informaciones que se vierten en estas páginas, la fantasía y la creatividad literaria o cinematográfica han sido dejadas a un lado. Lo narrado ha sucedido, puede que esté pasando en este preciso momento y, con total seguridad, seguirá ocurriendo en el futuro.

Una aproximación histórica

 los crímenes

Matar no es algo nuevo. Todas las culturas de todos los rincones del planeta han contado entre sus fi las con individuos a los que se les ha escapado ahora una mano, luego una piedra y más tarde un objeto cortante.

El asesinato —con independencia de los móviles que lo han facilitado—forma parte de nuestra historia y me atrevería a decir que es algo que se encuentra implícito en nuestra especie. Por eso creo que, antes de sumergirnos de lleno en la aterradora y siempre morbosa vida de los principales asesinos dela historia, resulta bueno mirar hacia atrás para intentar averiguar cuándo y de qué forma nacen los crímenes y la historia de los asesinos.

En esta primera parte vamos a efectuar una mirada retrospectiva para descubrir el origen de algunos términos que hoy forman parte de la normalidad y que sirven para definir bastante bien muchas formas de crimen. Una mirada cuyo objetivo es conocer la manera en que buena parte de las culturas clásicas y de la Antigüedad se enfrentaron al asesinato. Sólo de este modo podremos saber qué pensaban de él, cómo lo investigaron y hasta de qué manera se castigaba.

¿Es lo mismo matar que asesinar?

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Dicho así, tal vez lo parezca pero si nos atenemos a la realidad, se trata de cosas distintas. Para entendernos, debemos aprender a distinguir entre los términos homicidio y asesinato. En el primer caso, debemos decir que no hay maldad ni intención de matar; la muerte se produce, sí, pero puede que sea por accidente. En cambio, el asesinato requiere de una estrategia.

Un ejemplo de ello sería el tropiezo con una simpática ancianita por la calle. Fruto del encontronazo, totalmente involuntario, la mujer cae al suelo, su nuca choca contra el bordillo de la acera y muere. Acabamos de cometer un homicidio involuntario. Sería otro caso distinto si supiéramos que la anciana lleva un collar de cierto valor, la siguiéramos y, cuando entrara en una calle oscura, le asestáramos varios golpes en la nuca con una barra de hierro y la señora muriese. Entonces se habría producido un asesinato.

En resumen, el homicidio puede definirse como el hecho de matar a alguien sin saña ni alevosía, mucho menos premeditación ni necesariamente nocturnidad… En cambio, para el asesinato —tiempo habrá de conocer cómo y con qué armas hacerlo— sí hace falta todo lo dicho anteriormente.

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