Cultura, espiritualismo y creencias

Los misterios de los venenos – Descubriendo los primeros pasos

El siguiente texto es un extracto del libro Los misterios de los venenos(ISBN: 9788431554040) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Pedro Palao Pons, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Descubriendo los primeros pasos

El veneno de los homínidos

«Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.»

F. NIETZSCHE, filósofo

Apolo, dios solar presuntamente responsable de las revelaciones que se producían en Delfos,
gracias a los gases tóxicos.

Lo siento mucho, pero en esta primera visita al gabinete de las maravillas no hay complots, ni tramas, ni pócimas secretas. Tendremos que conformarnos con la alacena de los huesos de nuestros antepasados, testigos mudos de un período lejano y trascendente para comprender la historia del uso del veneno.

Los huesos más antiguos que hablan de nuestra historia no son siquiera humanos. Nos conducen, en el que será nuestro primer viaje en el tiempo, a unos cuatro millones de años hacia atrás para conocer a un grupo de pre homínidos, los australopithecus, que un buen día, después de progresar tranquilamente por la sabana arbolada, decidieron bajar al suelo. Los restos óseos, escasos, en mal estado de conservación e inconexos unos con otros, son insuficientes para desvelar si sus propietarios eran o no totalmente bípedos.

La paleontóloga Leticia Losada considera que «es de suponer que en aquel tiempo el bipedismo no estaba totalmente asentado. Los hallazgos no pueden confirmarlo, pero podemos deducir, si establecemos una comparativa con los simios actuales, que los homínidos de hace cuatro millones de años se apoyaban ocasionalmente sobre sus nudillos para caminar».

¿Qué relación hay entre estos lejanos antepasados y el tema que nos ocupa? En apariencia, ninguna, pero existen investigadores que opinan que buena parte de nuestra evolución más primigenia se la debemos a un, por decirlo de alguna forma, despertar de la conciencia y que este sí que pudo venir de la ingesta desiertos productos tóxicos…

El primer colocón

Sabemos que hubo cinco ramas o familias de Australopithecus pero sólo una, la afarensis, logró la supremacía y poner las bases para el nacimiento de la especie que hoy es la nuestra. ¿En qué era diferente del resto?, ¿qué la hizo evolucionar? Los Australopithecus se alimentaban básicamente de vegetales, aunque se cree que puntualmente podían ingerir algún insecto; sin embargo, algo hizo que cambiaran radicalmente su sistema de vida, su concepción del mundo y su dieta.

¿Qué provocó el cambio de dieta?, ¿gracias a qué despertó su conciencia y desarrollaron habilidades? Muchos paleobotánicos, entre ellos los investigadores Robert McLahan y Gregor Houston, creen que se debió a la ingesta de sustancias psicodélicas. En opinión de Houston, «puede que los Australopithecus comieran por error hongos, bayas o insectos que albergaban química tóxica y psicoactiva”; en definitiva, productos venenosos, porque, sin lugar a dudas, muchos se pasaron con la dosis y murieron por probar lo que, tiempo más tarde, las mitologías convertirían en frutos prohibidos.

En opinión de McLahan, aquellos ingredientes generaron reacciones de carácter alucinatorio «porque después de ingerir inconscientemente la cantidad adecuada, su cerebro, notablemente primitivo comparado con el nuestro, extendía sus redes neuronales, multiplicaba la sinapsis, les hacía tener visiones, amplificaba sus sentidos y, en definitiva, les ofrecía un mundo distinto al cotidiano”. La pregunta que cabe formularse es si aquellos antepasados que un día probaron el veneno por equivocación acabaron por recurrir a él, bien fuera por sus efectos calmantes, bien porque al ingerirlo se sentían distintos. No eran humanos, por tanto no podemos comprender cuál era su nivel de conciencia. Sea como fuere, todo parece indicar que el cambio dietético, al expandir sus sentidos, ayudó notablemente a su evolución.

La abuela lucy

El hallazgo más antiguo referido al Australopithecus afarensis nos conduce a hace unos 3,5 millones de años atrás en el tiempo. La abuela de la humanidad fue encontrada el 24 de noviembre de 1974 por Tom Gray. La llamaron Lucy porque en aquel momento en el campamento de excavaciones sonaba la canción de los Beatles Lucy in the sky with diamonds. O lo que es lo mismo, «Lucy en el cielo con diamantes», una canción elaborada por el cuarteto de Liverpool justo en el momento más psicodélico de su carrera, cuando los Beatles coqueteaban muy alegremente con el ácido lisérgico, cuyas siglas son LSD y que supuestamente se hallan ocultas en el título de la canción (Lucy, Sky, Diamonds) que pretende describir un viaje de carácter holotrópico.

No sabemos si Lucy era o no una mona colocada, como apuntan las teorías de McLahan y Houston, lo que sí conocemos es que los de su especie dieron paso a nuestros antepasados más directos. Lucy vivió en la actual Etiopía. Su cerebro era el correspondiente a un 30 % del nuestro. Era peluda, regordeta, feúcha y padecía flatulencia. Caminaba erecta, tenía las piernas cortas y las caderas anchas. Su paso no era grácil ya que para desplazarse se inclinaba y contoneaba con grandes balanceos laterales. Los restos fósiles hallados demuestran que Lucy tenía los brazos largos, tanto que sus manos casi rozaban el suelo.

¿Cómo era la vida de Lucy? El paleontólogo Gonzalo Sánchez Almada considera que nuestra «abuela» «había decidido dejar de vivir como lo habían hecho sus antepasados, permanentemente subidos en los árboles. Y si bien podía dormir en ellos o subir a estos para protegerse de sus vecinos carnívoros, como el terrible tigre de dientes de sable, en general vivía en el suelo». Es de suponer que la tierra suplía las carencias que encontraba en los árboles para alimentarse.

En el suelo encontraba tallos fibrosos, bulbos y tubérculos. Con esta alimentación Lucy necesitaba disponer de un considerable intestino grueso albergado en un vientre abultado que le ayudase a fermentar los alimentos. La abuela Lucy era pequeña, no pasaba del metro de altura, y su robustez era debida a que su cuerpo estaba programado genéticamente para almacenar en forma de grasa la abundante alimentación que llevaba. Ahora bien, según Sánchez Almada, «su dieta era mucho más rica y amplia que la de sus antepasados y la evolución la estaba dotando de fuertes molares y dientes cada vez más largos y puntiagudos».

La vida que llevaban Lucy y sus congéneres les permitía experimentar en el entorno y descubrir nuevas zonas en las que dormir, comer o vivir. «Aunque no era nómada, como el Homo erectus que se distribuyó por todo el planeta, el Australopithecus afarensis utilizó un primitivo bipedismo que le permitió conocer nuevos horizontes y alimentos», asegura Sánchez Almada. Aquello tuvo que ser tanto como pasar del «menú del día» a la «comida a la carta», lo malo es que no siempre todos los alimentos eran saludables para aquellos homínidos.

¿Cuántos contenían elementos tóxicos?, ¿cuántos activaron la formación de nuevas redes neuronales? Lucy no sabía cazar. Tampoco era capaz de fabricar herramientas, como sí hicieron sus descendientes, los Homo habilis, de modo que se contentaba con atrapar pequeños animales. Lo que desconocía es que alguno de ellos, como una diminuta y vistosa rana, por poner un ejemplo, podía matarla sólo con lamerla. Era venenosa y letal, pero también capaz de conducirla hasta un estado modificado de su mente primitiva. Investigadores como McLahan y Houston coinciden en afirmar que «los cambios de hábitat, así como la evolución genética de la especie, fueron dotando de inteligencia a aquellos homínidos que con frecuencia tenían acceso a sustancias psicoactivas que alteraban su comportamiento».

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