El siguiente texto es un extracto del libro I Ching. Consulte el antiguo oráculo: Consulte el antiguo oráculo chino (ISBN: 9798899568749) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Oliver Perrottet , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Introducción
Cuando descubrí el I Ching, a los 22 años, no me sentí atraído por él. Conocía a algunas personas que lanzaban monedas cada cierto tiempo y después comprobaban el resultado en un libro, donde, me dijeron, podían encontrar las respuestas a sus inquietudes personales.
Cuando les pregunté quién era el autor de la obra, me dijeron que lo desconocían, pero que no tenía importancia; tan sólo sabían cómo consultar el oráculo. Me sorprendió que pudieran obtener respuestas significativas a partir de una fuente que parecía un humilde recetario de cocina, idea que no me sedujo nada.
Si realmente se trataba de un «libro de sabiduría», ¿no habría otra forma de alcanzar el conocimiento más que tirando monedas? Dediqué poca atención al asunto, hasta que un día un familiar me mostró un recorte de periódico que había guardado para mí, ya que sabía que me interesaban los «temas chinos».
Se trataba de una reseña sobre la reciente publicación de una traducción del I Ching acompañada de una página repleta de extraños signos, cada uno formado por seis líneas horizontales. Algunas de las líneas estaban partidas, otras no, pero cada signo era distinto de los otros. Parecían corresponder a un lenguaje simbólico y quizá también a la estructura del misterioso y oscuro libro.
Compré inmediatamente un ejemplar de la nueva edición y comencé a estudiarlo. A partir de la breve introducción y de otras fuentes, extraje mis propias conclusiones y comencé a aprender algo de la historia del I Ching, el Libro de las Mutaciones.
Orígenes
Hace algunos miles de años, los sabios de la antigua China iniciaron el diseño de un sistema que debía permitir al hombre comprender y explicar la mutabilidad de las cosas, los mecanismos que hacen que estas tomen el camino que siguen. Mediante la observación de la naturaleza, llegaron a la conclusión de que el mundo es un eterno flujo de cambios y que todos estos son, de algún modo, el resultado de la interacción de dos fuerzas primigenias: el yin y el yang.
Yin es pasivo, débil, oscuro y femenino.
Yang es activo, fuerte, brillante y masculino.
Yin y yang están presentes en todos los elementos contrapuestos. Se oponen entre sí, pero, al mismo tiempo, igual que no existe el día sin la noche ni la paz sin la guerra, ninguno de ellos puede existir por sí mismo. Se complementan y juntos forman una nueva unidad. Esta relación fue representada con un símbolo: un círculo con una mitad clara y otra oscura. Los puntos contrapuestos indican que cada una de las dos mitades contiene en sí a su oponente. Por lo tanto, se atraen mutuamente.
En la escritura, ambas fuerzas opuestas fueron representadas como líneas, una partida para el yin y otra entera para el yang.
A partir de aquí, se formularon las leyes de la polaridad: para cada unidad existe otra contrapuesta. Ambas son complementarias entre sí y juntas forman, en un nivel superior, una nueva unidad. Esta última busca su complementaria, con la que formará, en un nivel más alto, otra nueva unidad, y así sucesivamente. Y al revés, cada unidad puede dividirse en dos unidades complementarias, que pueden ser divididas a su vez en otras dos, y así indefinidamente.
De este modo, los antiguos sabios pudieron demostrar que la complejidad puede reducirse a una simple y comprensible polaridad.
La división de las dos fuerzas primigenias produce cuatro fuerzas: yang se dividió en yang/yang y yang/yin, mientras que yin se dividió en yin/yang y yin/yin. En la escritura, se añadió simplemente una línea sobre la primera.
Los cuatro signos resultantes fueron asociados a los cuatro puntos celestes.
Para refinar el sistema, las cuatro fuerzas fueron divididas una vez más: de yang/yang surgió yang/yang/yang y yang/yang/yin, y así sucesivamente, de modo que se añadió una tercera línea y surgieron ocho signos, denominados trigramas.
Los sabios dieron a los ocho signos nombres relativos a la naturaleza: Cielo y Tierra, Fuego y Agua, Trueno y Viento, Montaña y Lago. Como cualquier aspecto del mundo tenía cabida en este esquema, por el momen- to no fueron necesarios nuevos refinamientos. Los eruditos comenzaron a estudiar el significado de los trigramas y su aplicación a la vida.
Pero como una fuerza no puede producir efecto por sí misma, los sabios pronto comenzaron a combinar los trigramas, situando unos sobre otros. De este modo pueden formarse sesenta y cuatro combinaciones.
Tras leer esto, miré de nuevo la ilustración del periódico, y allí estaban: los sesenta y cuatro signos de seis líneas cada uno, denominados hexagramas (véase la página 11). Se considera que el legendario rey Wen fue el primero que reunió y dio nombre a los sesenta y cuatro hexagramas, colocando de esta forma la pri- mera piedra del Libro de las Mutaciones. Los sabios y gobernantes de las generaciones sucesivas estudiaron los símbolos y sus significados exhaustivamente, y obtuvieron numerosas interpretaciones. Los gobernantes comenzaron a consultar el I Ching en busca de consejo para sus asuntos oficiales.
Con el paso de los siglos, se añadieron al libro nuevos hallazgos en forma de comentarios. El gran filósofo Confucio fue uno de los numerosos autores de estos textos suplementarios. Se dice que, siendo muy anciano, declaró que si tuviera cincuenta años más de vida, los dedicaría exclusivamente al estudio del I Ching.
El libro que contenía estos comentarios comenzó a popularizarse. Sobrevivió a la gran quema de libros (hacia el año 220 a. de C.) y gradual- mente se convirtió en el instrumento de los adivinos populares. Inevitablemente, esto dio lugar a una nueva acumulación de comentarios e hipótesis. Pronto, los sesenta y cuatro hexagramas originales y el breve texto de los antiguos sabios quedaron sepultados entre un sinfín de conceptos sin sentido.
En el siglo III Wang Pi, un joven erudito que murió a los veintitrés años, se opuso enérgicamente a esta situación. Mediante sus escritos mostró que el valor del I Ching no reside en su capacidad de predicción, sino en los sesenta y cuatro hexagramas originales y las ideas vinculadas a ellos, ideas que cualquiera puede alcanzar gracias a su propio trabajo.
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