El siguiente texto es un extracto del libro El ángel de la guarda (ISBN: 9781639199136) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Equipo de expertos Ómicron, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Prólogo
Jugaba mi sobrina un domingo de agosto a orillas del mar, un poco a su aire, esa es la verdad; los adultos nos entreteníamos en tomar el sol y en hablar y no le prestábamos demasiada atención, pues la niña es tranquila y, a su edad, con los cuatro años recién cumplidos, poco mal podía hacer. Las olas llegaban mansas a la playa, una pequeña cala protegida en la Costa Brava, aunque mar adentro las aguas estaban algo picadas y de vez en cuando rompía contra la arena una ola alta salpicándonos de espuma blanca y fresca que recibíamos como una bendición a causa del calor reinante.
Una racha de aire que levantó el faldón de las sombrillas, un repentino rugir del agua y una fuerte rociada nos indicó que había llegado a la orilla una ola bastante grande e, inmediatamente, todos miramos a la orilla. ¿Dónde estaba la niña? No la vimos en un primer momento; no sé si fue porque la buscábamos mar adentro, como si temiéramos que las aguas nos la hubieran arrebatado, o porque la sorpresa nos había dejado sin capacidad de reacción. El caso es que todos nos pusimos en pie, preocupados, dispuestos a zambullirnos para rescatarla, cuando apareció, sana y salva, un tramo de playa más allá.
Avanzaba por la arena húmeda de la mano de una mujer de mediana edad, tan tranquila y risueña como siempre, un poco extrañada tal vez porque veía a sus padres y a sus tíos nerviosos y enfadados como cuando hacía algo malo. Su madre la alzó y la abrazó; su padre le dio dos besos y, a continuación, la sermoneó.
«No tenías que alejarte», le dijo, bastante serio. Pero la niña explicó que había visto que se acercaba la ola grande y que, simplemente, se había subido a una roca en medio de la playa, a un centenar de pasos de donde nos encontrábamos, para ver cómo mojaba a todo el mundo y a ella no. La mujer que la acompañaba se dio cuenta, por lo visto, de la preocupación de los padres, así que la ayudó a bajar y nos la trajo de vuelta. Le agradecimos el gesto y, cuando ya se despedía, se acercó a la pequeña y le dijo, a modo de despedida: «Saluda a tu ángel de la guarda antes de acostarte».
Ángeles de la guarda… Casi no recordaba aquella expresión, no la oía desde que, de niño, una monja del colegio al que íbamos se empeñaba en empezar todas sus clases con una invocación a él, para que nos protegiera de todo mal y de la tentación, porque, según decía ella, de pequeños se es muy vulnerable.
La verdad es que tardé varios años en saber qué significaba la palabra vulnerable y muy pocos días, cuando llegaron las vacaciones, en olvidarme de mi ángel de la guarda. Suele ocurrir cuando te fuerzan a hacer algo que no comprendes.
Volvamos, no obstante, al relato de aquella tarde de verano, porque, como verá enseguida el lector, surgió de aquella experiencia la idea de escribir este libro.
Así, pasamos el resto del día sin más sustos ni disgustos y el incidente de la gran ola se hubiera olvidado por completo si no hubiera sido por la tenacidad de mi sobrina, que quería que algún adulto le explicara qué era un ángel de la guarda y por qué la señora le había dicho que tenía que saludarlo. Por supuesto, aquel era un tema que se las traía, pues cada cual vive en casa como le place y piensa lo que le parece y la religión no era, ni con mucho, tema frecuente de conversación ni de devoción en la familia. Pero mi mujer, con su paciencia de maestra de escuela, le explicó lo poco que la pequeña era capaz de entender: que lo que aquella señora quería decir era que había tenido mucha suerte, porque la ola se la hubiera podido llevar mar adentro, y que, a veces, cuando a los niños les pasa algo así y tienen mucha suerte, se dice que tienen un ángel de la guarda, que los protege y vigila para que no les ocurra nada malo. Quedó satisfecha la curiosidad de la pequeña, al menos de momento, pues cuando ya la ponían a dormir insistió de nuevo, aunque en esta ocasión su madre cortó por lo sano, pues sabía que lo que quería era quedarse despierta y con nosotros, que empezábamos a cenar.
Dormida la niña, y ya en la sobremesa, en el jardín de atrás de la casita de la playa, cómodamente sentados y saciado el apetito, a alguien se le ocurrió hacer un comentario acerca de los ángeles; acababa de cruzar el cielo nocturno una estrella fugaz y explicó que, en otros tiempos, por ignorancia y superstición, si le decías a cualquiera que aquello era debido al paso de un ángel se lo hubiera creído. Hubo risas, claro, pero el comentario también sirvió para iniciar una discusión acerca de la existencia o no de estos seres espirituales. Resultaba curioso: seis adultos sentados a la mesa hablando de un tema que parecía más propio de niños, de un cuento de hadas. Había opiniones para todos los gustos: los que lo negaban todo, la divinidad y, por supuesto,los ángeles; los que dudaban, que ni negaban ni afirmaban, e incluso los contradictorios, como mi cuñado, por ejemplo, que se declaraba católico practicante y afirmaba al mismo tiempo que no creía en esas tonterías de los ángeles. A él mi mujer le recordó que para la Iglesia de Roma la existencia de ángeles era un artículo de fe; y no sólo eso: se hablaba de ángeles ya en el Antiguo Testamento e, incluso, en el Corán.
Oía uno las opiniones de todos y callaba; ¿por qué tanta controversia? Estábamos dispuestos a admitir la existencia de Dios, los hechos de los santos y a reconocer como milagros acontecimientos inexplicables. ¿Por qué entonces no creer en ángeles? Por lo visto, la gente, los adultos, tenían la impresión de que serían tachados de ingenuos si se tomaban en serio la cuestión, como si alguien dijera que ha visto pasar una vaca volando y uno se lo cree. Pero lo cierto era, y en eso nos pusimos de acuerdo tras horas de discusión, que a lo largo de una vida uno tenía el tiempo suficiente para conocer, por sí mismo o por boca de los demás, sucesos y acontecimientos que difícilmente se podían explicar mediante la razón y las leyes de la ciencia: un terrible accidente en el que el automóvil quedaba totalmente destrozado y del que se salía indemne, o el fallo cardíaco durante una operación delicadísima a corazón abierto y la posterior resurrección, o aquel premio de la lotería que tocó justo cuando más se necesitaba para evitar que el negocio familiar fuera a la ruina. La conversación fluyó entonces hacia una lista interminable de testimonios, conocidos personalmente por cada uno de nosotros o por terceras personas, sucesos increíbles: se habló de contactos con extraterrestres, de vida después de la muerte e incluso de milagros, de visiones místicas y alucinaciones colectivas. ¿Qué había de cierto en todo ello? ¿Qué o quién actuaba en tales ocasiones? No conseguimos dar con respuestas concretas a nuestras inquietudes. La velada concluyó tras un largo silencio que significaba ignorancia, impotencia.
Resolví aquella noche averiguar qué eran los ángeles, si eran en realidad espíritus protectores, tal como nos habían enseñado. Decidí que leería libros sobre el tema, que me informaría sobre qué opinaban las distintas religiones, otras filosofías, los historiadores, los teólogos; buscaría testimonios de gente que afirmara haber vivido un contacto con su ángel de la guarda y haber disfrutado de su protección. En las semanas que siguieron mi interés fue en aumento: empecé a recopilar informaciones de prensa que, normalmente, pasaba por alto y leí también revistas especializadas, publicadas en el extranjero, que recogían las experiencias de personas que se sentían tocadas por presencias benignas; descubrí asimismo que en los últimos años se habían publicado numerosos libros sobre el tema. Sólo era cuestión de ponerse manos a la obra para elaborar un informe desapasionado y documentado: el que el lector tiene en estos momentos en sus manos.
Introducción
Mientras las fuerzas turcas asediaban y estaban a punto de tomar Constantinopla, a los representantes eclesiásticos reunidos en concilio en la ciudad no se les ocurrió tema mejor para discutir con toda solemnidad que el del sexo de los ángeles. La expresión castellana discusión bizantina proviene, precisamente, de este hecho, y sirve para calificar aquellas discusiones absurdas y ociosas que tienen lugar cuando hay necesidades más urgentes que tratar o resolver.
Y es cierto que puede parecer ocioso, ya en puertas del siglo XXI, hablar —o escribir, en este caso— acerca de los ángeles. Además de grandes e importantísimos avances tecnológicos en campos tan dispares como la agricultura, las telecomunicaciones o la medicina, la astronomía, la física o la farmacología, el siglo que acaba ha conocido también dos grandes guerras mundiales y numerosísimas otras de menor alcance y no ha conseguido, por otra parte, poner solución a problemas tan graves y acuciantes como la degradación del planeta, la superpoblación, la miseria de pueblos enteros y la muerte por inanición y enfermedad de millones de seres humanos.
¿Qué sentido tiene, entonces, en este mismo contexto, dedicar esfuerzos y energía a teorizar acerca de los ángeles de la guarda?
Tiene un sentido, que no lo dude el lector. Porque, precisamente, muchos de los conflictos y las penalidades que asolan a la humanidad en estos momentos tienen su raíz en la ausencia de una ideología de la solidaridad, en el propio egoísmo del ser humano, en el afán personal de lucro y riqueza, todo ello favorecido por un materialismo consumista que, por otra parte, es el mismo que ha propiciado la pérdida de valores espirituales, del que el olvido y la marginación de los ángeles como representantes del bien sobre la Tierra son sólo una muestra más.
El bien y el mal
Valores cristianos —que comparten, por otra parte, las demás religiones— como la caridad, el auxilio a los necesitados o la solidaridad podrían remediar de forma definitiva, si todos nos pusiéramos manos a la obra, el sufrimiento en el planeta. Supondría, claro está, que nosotros fuéramos un poco más pobres para que los pobres de verdad no vivieran y murieran, prematuramente, por culpa de la más absoluta miseria.
En realidad, estos valores brillan por su ausencia; pero si preguntáramos uno por uno a nuestros amigos, vecinos y conciudadanos si estarían dispuestos a ceder un poco de su riqueza para que otro evitara la degradación de la pobreza comprobaríamos que todos están de acuerdo. Es el sentimiento del bien, de que el bien es posible entre nosotros.
Asimismo, es una realidad que en el mundo existen guerras; y también, entre otras injusticias, robos, expolios, violaciones y asesinatos, y esa sería la expresión del mal. Si preguntáramos a generales y soldados, por una parte, si desean la guerra, y a ladrones y criminales si en lo más hondo de su ser consideran correctos sus actos, en todos los casos obtendríamos el no por respuesta, un no ante el mal, porque, a pesar de todo, el mal está presente entre nosotros.
Así, el ser humano tiene capacidad para distinguir lo que es bueno de lo que es malo y para escoger o decidir entre una opción u otra. Aunque sería una temeridad decir que existen hombres buenos y hombres malos simplemente porque han optado por una u otra posibilidad, pues sus decisiones no son sólo fruto de su propia voluntad.
Conocemos también la bondad y la maldad de la madre naturaleza, que castiga o bendice una cosecha, por ejemplo, destruyéndola o enriqueciéndola, o que es capaz de obligar a un pueblo entero a emigrar a causa de una sequía, o de una terrible inundación.
Y todavía deberíamos tener en cuenta el destino; no comprendemos su alcance ni el engranaje que lo mueve, pero sí sabemos que influye de manera decisiva en nuestras vidas y que lo hace en unas ocasiones de forma benigna y en otras maligna. La caída de una piedra en una montaña, por ejemplo, es un hecho fortuito sin mayor trascendencia a no ser que al final de su trayectoria, en el suelo, impacte contra la cabeza de una persona, y entonces se podrá hablar de un acto malo, aunque sólo sea para el individuo afectado.
La mayoría de las religiones que han sobrevivido hasta el siglo XX han definido el bien y el mal. Defienden el bien, por supuesto; establecen criterios de bondad y normas, en ocasiones muy rígidas, para que los hombres y las mujeres sean buenos y sigan el camino correcto hacia el Creador, el bien supremo, y hacia el paraíso.
Ante la inevitable existencia del mal se impone la presencia de seres que velen por el bien; son los ángeles o los vedas o los malaks o los amsaspendas.
Ángeles y demonios
Mucho antes de la aparición de las grandes religiones, las tribus primitivas, temerosas de un destino desconocido y de una naturaleza casi siempre hostil, adoraban ya espíritus superiores, a quienes hacían ofrendas y a quienes se encomendaban para evitar el mal.
Algunos pensadores opinan que se trataba en un principio de los espíritus de los antepasados que se habían distinguido por su valentía, por una habilidad especial o por su sabiduría. Se dirigían a ellos con el fin de pedir su colaboración o su mediación en una batalla, para obtener una buena cosecha o para gozar de muchos hijos sanos, por ejemplo.
Esos viejos ancestros, con el paso de generaciones, se convertirían en semidioses —pues eran de origen humano, con atributos divinos— al tiempo que elementos como el sol, el trueno o los mares se erigían en dioses, adorados, y en ocasiones temidos, como tales.
Surgía así una constelación de espíritus protectores o benefactores y de deidades que, de algún modo, pervive en nuestra memoria.
De aquellas sociedades que adoraban a múltiples dioses se pasó, por mediación de revelaciones divinas y de profetas, a la creencia en el único Dios.
Efectivamente, según explican las Sagradas Escrituras, fue único el Dios que creó el mundo y al hombre, y con él la posibilidad del bien y del mal. Ángeles y demonios pugnarán entre sí para llevar por una senda o por otra al hombre.
Como explican todas las religiones monoteístas, los ángeles existen desde el principio de los tiempos; son espíritus puros, creados por Dios para servirle y para servir al bien. Son portadores del mensaje divino, consejeros, testigos, protectores; pero también agentes del castigo divino cuando el hombre se aparta del camino recto.
Su presencia entre nosotros se justifica porque entre nosotros también está presente el mal. Para la tradición cristiana, absolutamente todos los ángeles eran puros y buenos en un principio, pero el Creador quiso ponerlos a prueba. De ella, unos salieron triunfantes y otros desafiaron y se resistieron a los designios de Dios, y los condenó por ello a seguir hasta el fin de los días el camino de la oscuridad, el del mal, al sufrimiento del infierno.
Los demonios, los ángeles caídos o los espíritus del mal y las penumbras, obedecen a un ser superior, el Diablo, conocido también como Satán (nombre que quiere decir el enemigo o el malvado), como Lucifer (que significa el brillante) y como Belcebú.
Los ángeles caídos perdieron la gracia otorgada por el Creador, pero incluso así conservan buena parte de los dones y los poderes concedidos a todos los ángeles, que distingue como superior su naturaleza de la de los hombres.
Los demonios, además de enfrentarse a los ángeles, ejercen su labor también en el mundo terrenal, pues pueden tentar al hombre con mil argucias y se esfuerzan por conducirlo por el camino torcido del mal. Tienen la capacidad, según esta tradición, de provocar graves trastornos en las facultades humanas, por medio de la obsesión y la posesión, y disfrutan de un cierto poder sobre la naturaleza material, poder que les permite obrar prodigios.
Encarnan, así, los demonios del mal, la maldad de la naturaleza y el destino, y la que alberga el hombre en su interior. Su existencia es inevitable, pues de otro modo no se comprendería que un mundo creado por Dios fuera capaz de generar pasiones y sucesos negativos. Se han enfrentado, y se enfrentan todavía, a los ángeles de la corte celestial y son, además, los guardianes de los infiernos, guías abyectos en el momento de la muerte.
Como se explicará más adelante, hay muchas clases de ángeles —y de sus correspondientes, los demonios—. En realidad, la palabra ángel, derivada del término griego ángelos, significa simplemente «mensajero» y debería aplicarse exclusivamente a una cierta categoría de espíritus celestiales, los del noveno coro, que quedarían jerárquicamente tras arcángeles, dominaciones, potestades, principados, querubines, serafines, tronos y virtudes, todos ellos servidores del Creador.
A cada uno de estos coros les correspondería una función concreta y parece ser que la de los ángeles sería la de permanecer junto al hombre y servir de mensajero ante la divinidad: transmitirían la palabra divina, servirían de consejeros al hombre y, si esos fueran sus designios, lo protegerían; finalmente, se erigirían en testigos en todo momento de sus actos y su testimonio habría de servir para enjuiciar al hombre el día del Juicio Final. Para la fe coránica, no obstante, los ángeles no sirven de protección, pues Dios es protección suficiente; sí, en cambio, como se apunta más adelante, puede mandar Él sus legiones de ángeles para que ayuden al creyente pío en una batalla decisiva. Mientras que en el brahmanismo, religión muy extendida en la India, los devas (el equivalente a los ángeles) son seres muy cercanos a la divinidad, inmortales pero no eternos, que se encarnan en fenómenos naturales y a quienes se guarda culto para obtener sus favores, algo, por otra parte, que no queda contemplado en el judaísmo y el cristianismo.
El ángel como presencia protectora
La aparición del ángel de la guarda está muy relacionada con la tradición cristiana y con la necesidad de ofrecer protección a los recién nacidos, a los niños y a aquellos seres humanos que guardan en sí la pureza de la ingenuidad y que apenas se valen por sí mismos.
En realidad, podemos creer que todos nosotros, incluso todos los seres vivos que pueblan el planeta, disfrutan de la protección de espíritus celestiales que permanecen en estrecha comunicación son el Ser Supremo. La acción de estos espíritus, los ángeles, la explicación de sus actos o la ausencia de estos es algo que se escapa a la comprensión del hombre.
Hay quien piensa que su función consiste tan sólo en recoger las acciones del ser humano, las buenas y las malas, para que pueda ser juzgado con equidad por ellas el día del juicio final. Otros opinan que ofrecen protección y guía, pero que tanto la una como la otra hay que merecerlas, buscarlas y desearlas. Y todavía quien, sin desmentir ni confirmar lo anterior, supone que los actos de los ángeles, como cualquier acción divina, se escapan de la influencia humana y, por lo tanto, es inútil desesperarse aguardándolos. De estas concepciones angelológicas se hablará en las páginas de este libro.
Para no ofender susceptibilidades, se ha procurado mantener una postura de cierto distanciamiento respecto a las grandes religiones que gobiernan el sentir espiritual de los pueblos y, siempre que se ha podido, se ofrecen las versiones que sobre un mismo punto dan las otras religiones: judaísmo, cristianismo e islam. Asimismo se recogen ideas y conceptos acerca de los espíritus protectores procedentes de otras corrientes de pensamiento y de otras religiones.
Se ha querido, además, ofrecer al lector un registro de los hechos de los ángeles de los que ha quedado constancia; por una parte, los inscritos en los libros sagrados y, por otra, por los testimonios de personas que han asegurado haber gozado de su influencia.
Ciertos testimonios han sido publicados en distintos medios de comunicación, nacionales y extranjeros; otros, han sido recogidos por el equipo de autores, que mantendrá en secreto en todos los casos, por razones de protección de la intimidad, la identidad de los protagonistas y cualquier dato que permitiera su localización e identificación.
Para tener una mejor idea de El ángel de la guarda .Entenderlo, ayudarlo, por favor continúe esta emocionante aventura haciendo clic en Amazon Spain, Amazon Mexico, Amazon US, Amazon UK, Amazon Australia, Amazon Canada, Amazon India, Casa deLibro, Google, Apple, Scribd, Barnes & Noble, Bookmate, Kobo, Bookbeat, Fnac, 24 Symbol, Amabook,…

Descubra más sobre nuestra colección: