El siguiente texto es un extracto del libro Regar sin malgastar (ISBN: 9781646998043) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Magali Martija-Ochoa, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Prólogo
¿Existe algo más increíble que el hecho de saber que las aguas están suspendidas en el aire? […] y que cuando caen lo hacen para dar vida a todo lo que crece en la tierra: las aguas migran, mediante un proceso maravilloso, hacia el cielo y, desde allí, conducen hasta las plantas el principio vital que permite a los cereales, árboles y plantas venir al mundo…
Historia natural
Plinio el Viejo
El jardín, donde todo es posible, ofrece un espacio profundamente humano apto para la experimentación. Es decir, un lugar donde el hombre «aprende» constantemente, donde la poesía sustituye, a veces, a la certidumbre científica.
En efecto, la jardinería no es una ciencia exacta, siempre sucede algún acontecimiento imprevisto que convierte al jardinero en un filósofo.
También es, por su gran dinamismo, un campo de experimentación inscrito en un ciclo incansable en el que el paso del tiempo va dejando su huella y pone de manifiesto su continua renovación: la recolección de la fruta y la cosecha de las verduras tan esperadas, las primeras hojas de otoño barridas por el viento…

En el jardín, el transcurso de las estaciones nos recuerda nuestra propia condición: estamos de paso… y dependemos, para nuestra supervivencia, de elementos a menudo cambiantes.
Hoy día, la naturaleza nos llama al orden de forma implacable. Los grandes cambios propios de la era industrial supusieron, también para el jardín, el progreso y una innegable calidad de vida.
Durante un tiempo, los hombres se creyeron capaces de inventar la eternidad y llegar a la felicidad absoluta, pero en su búsqueda del «siempre más allá», el hombre se ha ido olvidando de lo esencial.
Ahora sabemos que los grandes progresos han provocado también importantes desórdenes de todo tipo, que nos llevan a pensar que nuestros hijos y nietos deberán vivir en un planeta más gris que azul: el agua, origen de la vida, comienza a faltar.
En estas circunstancias, hasta las más pequeñas acciones tienen mucha importancia. Es necesario reformular el concepto de jardín e ir hacia prácticas de cultivo más sostenibles. No se trata de volver al pasado, sino a la sencillez.
Introducción
Hoy día debería aflorar el jardinero ecológico que todos llevamos dentro. La era de la explotación total del suelo ha llegado a sus límites: el suelo se agota, las capas freáticas de agua están a menudo contaminadas y cada vez más se producen alarmantes desajustes climáticos.
Gestionar el jardín de manera razonable no es una moda, significa comprender que todo aquello que interviene en el crecimiento y desarrollo de las plantas responde a factores climáticos, hidrológicos, etc., cuyos ciclos siguen una escala más amplia que la suya.
El jardín, que con frecuencia es un lugar de descanso y esparcimiento en el que podemos disfrutar de una naturaleza ordenada y de lo mejor que nos puede dar la tierra, debe considerarse como una unidad. En numerosas regiones, el agua, aunque no llegue a escasear, se convierte en un bien precioso, y su coste es cada vez más elevado.
Los veranos caniculares y la escasez de lluvias nos conduce necesariamente a una reformulación de la idea del jardín como lugar ideal, en el que abundan árboles y plantas poco adaptados al clima y que requieren riegos abundantes, para pasar a entenderlo como un espacio ecológico.
El objetivo de esta obra es que los amantes de la jardinería aprendamos que a través de pequeñas actuaciones podemos cuidar el jardín de una manera más ecológica, sustituir algunos malos hábitos por otros más sostenibles y utilizar sólo el agua necesaria, a fin de ayudar a mantener el equilibrio en la naturaleza.
Tener un hermoso jardín sin malgastar el agua, e incluso sin utilizarla, es posible: el riego responsable está al alcance de todos. Antes de abordar propiamente lo relativo al uso del agua en el jardín, es imprescindible que analicemos ciertas nociones para comprender por qué, por ejemplo, las labores de cultivo son tan importantes como el riego en sí mismo.
Regreso al planeta azul
El agua es imprescindible para la vida. Todos los seres vivos, plantas, animales y hombres, y también el jardín, dependen de ella. Vista desde el espacio, la Tierra es completamente azul.
Océanos y mares la cubren en sus tres cuartas partes, pero de estos miles de millo nes de kilómetros cúbicos de agua sólo una pequeña fracción es utilizable por el hombre.
Las aguas dulces del planeta (es decir, las que contienen menos de tres gramos de sal por litro) representan menos del 3 % (nueve mil millones de metros cúbicos repartidos de manera muy desigual en el planeta) del total que hay en la Tierra, y de este porcentaje aún hay que descontar el agua dulce retenida en los casquetes polares.
En determinados lugares del globo, el agua dulce escasea cruelmente (el 40 % de las tierras emergidas están afectadas por procesos de desertización). Ese volumen en continuo movimiento forma parte del llamado ciclo del agua, que sigue siendo el mismo desde hace miles de millones de años.
En efecto, por la acción del calor del sol el agua de mares, lagos y ríos se evapora, al igual que la que se encuentra en el suelo y en las plantas (evapotranspiración; véase el apartado «El agua y las plantas », pág.11). Este vapor de agua experimenta un enfriamiento al ascender en la atmósfera y se condensa en pequeñas gotas que forman las nubes, hasta que vuelve a caer al suelo en forma de lluvia, granizo o nieve.
El agua, que en su mayor parte cae sobre los océanos, llega también a los continentes, donde permanece durante un tiempo más o menos prolongado, que puede ir desde unos diez días hasta miles de años:
• El 25 % del agua se filtra en el suelo y desciende hasta alcanzar una capa impermeable, sobre la que se acumula en inmensos depósitos. Estos, denominados acuíferos, forman las grandes capas freáticas que afloran con frecuencia a la superficie en forma de fuentes y ríos.
• El 15 % alimenta directamente los cursos de agua, lagos y ríos: son las aguas superficiales de escorrentía.
• El 60 % restante participa de nuevo en el ciclo del agua.
Las plantas tienen una función importante en la evapotranspiración. Veamos cuál es.
El agua y las plantas
Las plantas están constituidas fundamentalmente por agua (del 80 al 95 % de su peso total). Aquella que necesitan la obtienen del suelo a mayor o menor profundidad a través de las raíces.
El agua circula constantemente por su interior y la eliminan mediante la transpiración debida al calor del sol. El agua que queda en la planta participa en la fotosíntesis, un proceso químico diurno durante el cual la planta utiliza la luz del sol como fuente de energía para producir sus propios nutrientes.
El agua forma la savia al ascender por la planta. Las plantas, normalmente adaptadas al clima en el que se desarrollan, transpiran a través de los estomas, unos poros microscópicos que se encuentran en las hojas. Por ello, en un clima seco las crean más pequeñas a fin de reducir la evapotranspiración (el tomillo, por ejemplo) o almacenan mucha agua en sus tejidos (pitas); otras la toman del suelo a gran profundidad y desarrollan para ello un largo sistema de raíces.
A modo de ejemplo, diremos que un roble de gran tamaño evapotranspira unos 400 m3 de agua al día, y que en verano, un metro cuadrado de superficie foliar expulsa al día varios litros de agua, aunque, en realidad, esa tasa está sometida a grandes variaciones según la temperatura del aire, la sequedad atmosférica y la intensidad de la luz.
Este proceso de evaporación no es el único que llevan a cabo las plantas, ya que el agua que se encuentra en el suelo también se evapora. Una de las primeras acciones que debe emprender el jardinero consiste en limitar y compensar esa pérdida (véase el capítulo «Redescubrir las fases del cultivo» pág. 19).
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