El siguiente texto es un extracto del libro La enciclopedia del boxer (ISBN: 9781683254089) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Guido da Tortona y Marina Salmoiraghi, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Historia y evolución del boxer

Si se consideran las formas actuales podemos convenir que la raza es bastante reciente, porque la cría del boxer como tal se remonta a finales del siglo XIX aproximadamente, mientras que su aparición, en su primera forma, se contabiliza cincuenta años antes, época en la que un grupo de cinófilos bávaros trató de obtener de un antiguo molosoide robusto, tosco y digamos que falto de gracia, llamado bullenbeisser, cruzado con el bulldog inglés, un tipo nuevo que respondiese a determinados requisitos.
La empresa no debió de resultar demasiado fácil si aquellos criadores se habían planteado como gran objetivo la obtención de una nueva raza que combinase coraje, equilibrio, potencia e inteligencia, además de estética. Los primeros boxer eran muy distintos a los actuales, bastante feos si se quiere; pero la selección supo operar tan bien en profundidad que, con el paso de los años, se obtuvo un perro de defensa que a la potencia, el coraje, la inteligencia y el apego al amo une una considerable belleza.
Si a todo ello añadimos un carácter alegre y un extraordinario equilibrio psíquico, tendremos un animal verdaderamente excepcional, como es en efecto el boxer. Por algo ha sabido granjearse las simpatías de todo el mundo. Pero, ante todo, tratemos de conocer a aquel bullenbeisser que dio origen al boxer. ¿De dónde venía? Debería excluirse una forma autóctona o del norte de Europa en general (al menos por lo que se refiere a la tipología de los mastines), aunque el naturalista Hilzheimer —al que se oponen muchos otros— considere que su patria estaba situada al norte de los Alpes. Desde este lugar de origen el grupo se habría propagado bajo diversas formas hacia el Sur y luego a toda Europa, hasta el Mediterráneo. Studer y Strebel defienden la descendencia europea de los mastines.
Muy probable es la hipótesis según la cual el bullenbeisser descendería de los mastines que habrían llegado a Alemania a través de Inglaterra, llevados allí por los fenicios, los cuales ya unos milenios antes de Cristo, surcaban todos los mares entonces conocidos para llevar a cabo su actividad comercial. Estos alcanzaron las costas mediterráneas y a continuación Galia y Britania, llegando hasta el mar del Norte. En estos viajes habrían llevado consigo —como artículo de comercio raro y valioso— grandes mastines, procedentes de Asiria e India, a su vez descendientes del mastín del Tíbet, cuya forma salvaje es la de un gran lobo indio. Es bien sabido que los fenicios mantuvieron relaciones comerciales incluso con los grandes reinos asirios. Junto al mercado de los esclavos se desarrollaba en aquellos tiempos el mercado de los animales. De esta forma el material de formación de varias grandes razas caninas europeas actuales llegó a Europa occidental.
El doctor Keller aprueba la teoría que acabamos de exponer, que además es la del doctor Tschudy de Basilea, en una carta enviada a este último:
«Por lo que se refiere a la cuestión de los mastines, mi hipótesis de que los fenicios hubiesen comerciado con este tipo de perros en Francia y Gran Bretaña tiene muchas probabilidades. Que luego desde Inglaterra la sangre de los mastines se difundiera a Alemania septentrional para constituir allí el Canis familiaris decumanus, me parece una concepción correcta…».
Esta forma fósil, el Canis familiaris decumanus, representaría el antepasado del bullenbeisser aunque no sea directamente, sino a través de esos perros medievales alemanes llamados saupacker (atrapa-cerdos) o perros de presa para osos y toros. Ciertas antiguas leyes germánicas hacen referencia a grandes perros llamados Canis ursoritus (de osos), Canis porcatoris (de jabalí) y perros que vaccam et taurum prendit (perros de toro o bullenbeisser) difundidos en muchas zonas de Alemania.
Pinturas y esculturas representan determinados tipos de perros de la Edad Media. Así, en una tumba de la Liebesfrau Kirche de Arnstadt existe la escultura de un perro, un molosoide, que se puede considerar el antepasado del boxer, echado a los pies de Isabel de Hohenstein, esposa del conde Günter XXV de Schwarzturg, fallecido en 1398. En aquella época los escultores de lápidas acostumbraban a simbolizar la fidelidad con figuras de uno o varios perros a los pies de monumentos de mujeres casadas de alto linaje. Algunas esculturas de perros conocidos como bullenbeisser, considerados justamente ejemplos de los antepasados del tipo actual, parecen haber sido realizados hacia el año 1600.
Los bullenbeisser se presentaban en formas grandes y pequeñas. Eran perros pendencieros y agresivos, muy empleados en Alemania y en Holanda para la caza del jabalí y del ciervo, y se dice que incluso del oso; más tarde fueron empleados para la guardia de las ovejas y, sobre todo, de las vacas. El boxer descendería de un tipo de formas más pequeñas llamado «perro de toro de Brabante», preferido desde la Edad Media por su mayor movilidad y rapidez.
En el periódico Chasse et pêche (1921), Gaston de Wael afirma que sobre todo en Brabante se conocía desde mucho tiempo atrás una variedad de bullenbeisser llamada precisamente Brabantsche bullen-Bijters, capaz de luchar contra toros feroces y que se difundió ampliamente entre los pastores de bueyes. En el mismo artículo se cita a un tal M. John Ebriendiger, que vivió hacia finales del siglo XVI, y dejó varios retratos que representan al Brabantsche bullen-Bijters con semblanzas bastante cercanas al actual boxer.
Por ello, no resulta temerario afirmar —según De Wael— que el país de origen del boxer es Brabante y que, aun admitiendo la descendencia de los boxer alemanes, los antepasados del perro actual habrían sido sobre todo brabantinos (brabançons) criados desde tiempos muy remotos de una forma especial. Teniendo en cuenta los orígenes, las dimensiones y muchas otras cosas —aun siendo análoga la tipología molosoide común a los boxer y a los pequeños brabantinos— nos tomaremos la libertad de prescindir de esta última teoría, puesto que en la formación de las razas caninas hemos asistido a emparejamientos extrañísimos que, a pesar de ello, han dado unos resultados brillantes.
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