Lecciones de Aikido – Aikido lessons
El siguiente texto es un extracto del libro Lecciones de Aikido (ISBN: 9781683250883) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Fabio Ceresa, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Introducción
Este manual presenta un arte marcial fascinante, un arte que lleva en sí los valores y la riqueza de un mundo antiguo y de una cultura refinada, y que al mismo tiempo persigue valores y objetivos modernos profundamente éticos y morales: el aikido.
Se trata de un arte marcial japonés; de este hecho derivan dos importantes consideraciones: la primera es que el practicante, simulando un combate, utiliza el aikido como un medio para expresarse y para relacionarse con la realidad que le rodea; en esencia se reconoce, conoce y vive en el combate con su adversario.
La segunda, pero no menos importante consideración, es que siendo una disciplina japonesa, el aikido es el producto material y cultural de un tiempo, de una realidad y de un patrimonio cultural diferentes al nuestro.
La verdadera dificultad en el aprendizaje del aikido no está en la correcta ejecución de las técnicas o en la práctica en el dojo (lugar donde se estudia el Método), sino en la capacidad para comprender y aceptar un pensamiento y una cultura, una realidad, en definitiva, diferentes a las nuestras. El alumno, en efecto, debe abrir la mente y sondear conceptos desconocidos para él, abstractos, casi mágicos.

El hombre occidental, tan acostumbrado a creer en lo que ve y siente y a obtener resultados satisfactorios como resultado de su propia capacidad, es invitado en el dojo de aikido a escuchar aquello en lo que no cree, a creer en lo que no siente, a vivir la práctica no en función del resultado, sino a recorrer la senda en función de sí misma.
En el aspecto mental es animado a cambiar, a modificarse, a abandonar sus habituales puntos de referencia, a partir sin excitación para un viaje que profundizará en la búsqueda del Ki (la Energía Vital) en el interior de sí mismo y de la realidad que la rodea.
En efecto, por la dificultad para aceptar este cambio las artes marciales japonesas que han establecido contacto con Occidente han sido modificadas y adaptadas a nuestra mentalidad, tanto que se han convertido en muchos caso en deporte. El objetivo principal de este último no es la búsqueda del espíritu y del gesto marcial en sí mismo, sino la competitividad exacerbada típica de nuestro mundo: la «victoria», en la cual el elemento dominante es la primacía de uno en detrimento de otro.
En el aikido, al contrario, se ha intentado mantener las características del arte marcial originario; mediante la elección de los maestros que al difundirlo han preferido mantener el espíritu arquetípico, dejándolo fuera del circuito de las disciplinas marciales más conocidas.
De esta manera, el aikido ha mantenido sus peculiaridades técnicas y filosóficas, excluyendo de su práctica la competición; el objetivo era y es la búsqueda de un crecimiento total y permanente y no un éxito momentáneo como puede ser la victoria en una competición.
El objetivo del aikido es estratégico: en este arte marcial se busca el equilibrio correcto y la gestión de la energía dinámica que discurre entre los polos contrapuestos, en cuyo interior se distingue la realidad.
La palabra aikido en realidad significa el camino (Do = Camino) a través del cual se aprende a armonizar (Ai = Unión, Armonía) la energía (Ki = Energía) y también todos los aspectos de la realidad en la que existimos.
La raíz filosófica y espiritual de la cual procede gran parte de la cultura oriental se diferencia de manera profunda de la occidental. En esta última (nacida de la mezcla de tres elementos fundamentales —la espiritualidad judaica, la filosofía helenística y el pragmatismo latino— que confluyen en el cristianismo), la realidad se percibe basada en dos líneas diferentes y contrapuestas: bien/mal, cuerpo/mente, espíritu/carne, alto/bajo, día/noche, bonito/feo, lleno/vacío, etc. Tomando conciencia de esto, la cultura occidental da un sentido positivo a uno de los dos términos de la pareja, atribuyendo, por el contrario, sentido negativo al otro.
De esta manera, Occidente persigue una forma utópica en la que sólo existe el bien, que puede ser el placer pero no el dolor, cultiva la ignorancia respecto a la potencia benéfica de la luz, busca lo bello rechazando y condenando lo feo, cree que existe sólo lo lleno desconociendo el vacío. En definitiva, lo óptimo se caracteriza por la conquista de una de las dimensiones específicas de la realidad, en la esperanza de la completa desaparición de la otra.
Lo absurdo de este pensamiento se halla evidentemente en obviar el hecho de que uno de los aspectos de la realidad es identificado por la existencia de su contrario. ¿Cómo definir la luz en ausencia de la oscuridad, lo lleno sin lo vacío, el bien sin el mal?

De ello nace el tiempo mismo:
— la frustración surge del encuentro con una realidad que aúna inseparablemente los dos polos opuestos;
— una fuerte esperanza en un mundo ultraterreno constituido exclusivamente por un paraíso con cosas bellas, buenas, luminosas, etc.
En la cultura de las artes marciales orientales, la realidad es bidimensional y la vida nace de la alternancia de los dos polos contrapuestos, entre uno y otro la energía fluye gracias a su diferente naturaleza (como el agua que para avanzar necesita cierto desnivel, o la energía eléctrica que pasa del polo negativo al positivo).
El momento óptimo no está en la victoria de una fuerza sobre otra, sino en la conquista de un equilibrio dinámico que respete la existencia de ambas. En esta línea de pensamiento los dos aspectos bidimensionales de la realidad tienen idéntico valor y derecho a existir; más aún, no son más que dos aspectos de una realidad inseparable, unívoca; son los sistemas y los modos de percibirla los que son distintos y múltiples.
En el aikido este modo de percibir la realidad como un todo es connatural al arte mismo; en la ejecución de las técnicas los dos practicantes representan las dos realidades contrapuestas: uno ataca y el otro es atacado. Además, la energía, que en este caso es intensa como agresividad, nace de uno de los dos individuos para ser descargada sobre el otro.
Con frecuencia la respuesta instintiva a esta acción es responder con más agresividad, sumando violencia a la violencia: este talante no es constructivo. Sin embargo, parar la agresión y dañar al agresor, sin tener en cuenta sus motivaciones, lleva a un resultado inmediato pero parcial, es una respuesta animal (ataque o huida), que no nos hace mejorar porque es una respuesta de cierre, que no permite un intercambio real de energía; se caracteriza, básicamente, por la incomunicabilidad.
La respuesta del aikido a una acción violenta, en cambio, es respetar al agresor dejando que su acción se atenúe hasta desaparecer, lo que es una realidad mucho más compleja que la simple «derrota/destrucción» del «malo». El practicante aprende física y mentalmente a no sufrir la violencia del agresor y a evitar la línea directa de ataque apartándose con desplazamientos y rotaciones del cuerpo, de modo que no ofrezca al agresor un objetivo sobre el que descargar su energía.
Recurriendo a un símil, podemos decir que el aikidoka debe ser como el agua: esta debe ofrecer la mínima resistencia a ser atravesada por un cuerpo sólido, pero al mismo tiempo es capaz de ser destructiva cuando libera su propia energía, y por otra parte capaz de adaptarse a los espacios vacíos que la circundan.
La perfección se alcanza cuando, con la práctica constante, este nivel físico se halla asimismo en la mente, es decir cuando también esta última puede llenarse y vaciarse de cuanto está fuera, adaptándose al exterior y controlándolo sin bloquearse ni detenerse nunca.
No lograr alcanzar este estado de cohesión cuerpo-mente lleva en el aikido a realizar una ejecución puramente técnica, a una repetición mecánica y estéril de los movimientos convencionales. Estos serán entonces reconocibles y justificables sólo en el interior de un Dojo (que a su vez representa un aspecto muy parcial de la realidad), pero no aplicables a la realidad dinámica y cambiante de la vida.

El aikidoka logra obtener el resultado máximo con el mínimo gasto de energía, respetando las leyes naturales, adaptándose y dejando que el agresor se ponga en dificultades por su misma fuerza, evitando de esta manera que el contraste crezca de manera exponencial y multiplique de forma incontrolable la violencia.
Atención: el aikido es siempre, no obstante, un arte marcial, y quien lo practica no es un mártir dispuesto a sacrificarse en el altar de la no violencia, sino un individuo que puede elegir, una persona capaz de combatir pero también de pacificar, de reprimir pero también de comprender.
Según la situación en la que se encuentra, tiene la posibilidad de elegir el comportamiento a aplicar y es por ello dueño de su propia realidad, con decisiones que dependen de sí mismo y no de los otros.
El objetivo del aikido no es la victoria, porque esta deja siempre un derrotado que desarrollará aversión y buscará venganza: el objetivo del aikido, en cambio, es «con-vencer» (vencer, conjuntamente), dejando que el agresor desconfíe de su propia fuerza, despertando en él la curiosidad, el estupor y la duda de que la violencia pura quizá no sea la estrategia más eficaz para la resolución de los conflictos.
En el aikido la violencia no es nunca un fin en sí misma; sobre la base de la relación entre individuos está la comunicación; el intercambio que permite conocerse a sí mismo y al otro, el conocimiento que lleva al descubrimiento del valor y al consiguiente respeto de los semejantes, la conciencia de ser uno con la realidad circundante.
Al contrario, con la obcecación, se llega sólo al miedo, la ignorancia, la generalización y la imposibilidad de reconocerse en los otros y por lo tanto al enfrentamiento destructivo y estéril.
La Historia
Morihei Ueshiba

fundador de aikido
El aikido tiene dos guías:
— Morihei Ueshiba, el fundador, el corazón del arte, el genio que fija los conceptos básicos del aikido pero que, como muchos otros genios, se muestra muy poco interesado en la divulgación del arte que ha creado;
— Kisshomaru Ueshiba, el hijo, creador del «fenómeno » aikido.
Morihei Ueshiba nació el 14 de diciembre de 1883 en Tanabe, en la península centromeridional de la principal isla japonesa.
Hijo de un pequeño propietario de tierras, en 1900 se desplazó a Tokio, donde inició una pequeña actividad comercial, trabajando de día y practicando al atardecer ju jitsu aprendido en la escuela Kito-Ryu. Enfermo de beriberi volvió a Tanabe y, después de recuperar la salud, inició un programa de desarrollo corporal, que en poco tiempo le devolvió la salud y lo hizo más vigoroso físicamente.
En 1903 va a Sakai para estudiar sable en la escuela Yagyu-Ryu.
Se enroló voluntario para la guerra entre Rusia y Japón, conflicto en el que demostró su maestría en el combate. Licenciado al final de la guerra volvió a Tanabe, donde estudió judo con el maestro Takagi.
En marzo de 1910 se trasladó a la isla de Okkaido con un grupo de pioneros y los guió en el cultivo de la tierra; conoció a Sokaku Takeda de la Escuela Daito-Ryu de ju jitsu y estudió con él en 1914 y 1915, obteniendo finalmente el diploma de Maestro.
En 1919, al acercarse al lecho de su padre moribundo, conoció a Onisaburo Deguchi, figura espiritual y carismática de la secta Omoto Kyo; el encuentro se reveló crucial para Morihei, que buscaba intensamente una nueva luz moral y espiritual que guiase su vida. Se estableció en Ayabe, en las inmediaciones del templo de Omoto Kyo, enseñando ju jitsu a los miembros de la secta.
En el año 1924 Morihei, el reverendo Deguchi y algunos miembros de Omoto Kyo partieron en secreto para Mongolia con el deseo de fundar una nueva comunidad, basada en las reglas de la paz y de la armonía. Capturados por el ejército chino fueron condenados a muerte por fusilamiento, pero la diplomacia japonesa los salvó logrando que le fueran entregados y repatriándolos.
La sensibilidad respecto a los avatares de la vida y su natural introspección desarrollaron en Morihei un sexto sentido que le hizo intuir la trayectoria del golpe de los adversarios y evitar con facilidad cada ataque. Esta percepción se evidenció de forma sorprendente en un episodio: en 1925 Morihei, desafiado por un oficial de la marina, lo venció sin ni siquiera tocarlo, simplemente evitando todos los golpes de la espada de madera del adversario, que al final cayó de rodillas agotado, rindiéndose.
Al final del duelo Morihei se dirigió a una fuente para beber agua y aquí tuvo una experiencia mística, materializando en todo su ser la conciencia de la unidad del universo en todas sus formas, la íntima armonía de todas las cosas, la inutilidad del odio y la gran fuerza unificadora del amor. En aquella ocasión adquirió una visión superior de la realidad y de la vida, lo que tuvo una enorme influencia sobre el arte marcial, que desde entonces comenzó a desarrollarse y esbozar sus características específicas.
En el año 1927 el almirante Takeshita invitó a Morihei a Tokio: la fama del fundador y de su arte se estaba difundiendo. Morihei realizó un curso para los miembros de la guardia imperial (todos practicantes de alto nivel de otro arte marcial), enseñó también en la academia naval y la continua afluencia de estudiantes obligó al fundador a continuos traslados desde su Dojo.
En abril de 1931 se completó la estructura de un amplio Dojo con 80 tatamis (colchonetas para la práctica) que, llamado Kobukan, llegó a ser la sede oficial de la práctica del aikido. En este momento otros Dojo de la disciplina se abrieron en diferentes zonas de la capital y en todo Japón; Morihei se apresuró a visitarlos todos.
En 1939 se reorganizó el Kobukan con la fundación del Kobukai.
En 1941, con la agravación del conflicto mundial la situación de la escuela llegó a ser muy precaria, sobre todo porque la mayoría de los practicantes fue llamada por el ejército. La administración y la gestión de la fundación y del Dojo central requerían cada vez más tiempo y energía, por lo que para no ser distraído de sus estudios sobre aikido, Morihei dejó la dirección del Kobukai en manos de su hijo y se trasladó a Iwama, donde hizo levantar un templo del Aiki y un Dojo de 40 tatamis. Él se retiró a estudiar, enseñar y cultivar la tierra.
Al final de la guerra, con la ocupación norteamericana, las artes marciales fueron perseguidas y después prácticamente abolidas por considerar que debilitaban el espíritu nacional.
En 1948 la actividad del Kobukai se reemprendió, pero la organización adoptó el nombre de Aikikai y, como tal, fue reconocida por el Ministerio de Educación como escuela de interés público.
La estructura moderna de la nueva organización se apresuró a extender el aikido en el mundo dándolo a conocer mediante maestros que llegaron a los países occidentales.
Desde entonces, el fundador es llamado, cada vez con más frecuencia, para realizar exhibiciones en las sedes oficiales y en la televisión.
En 1960 el gobierno japonés premió al fundador con la Medalla de Honor con banda púrpura.
En 1969 Morihei Ueshiba realizó su última demostración; el 26 de abril del mismo año murió.
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