Crecimiento empresarial & personal

Qué decir o escribir en cada ocasión – What to say or write on each occasion

El siguiente texto es un extracto del libro Qué decir o escribir en cada ocasión (ISBN: 9781644616802) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Equipo de expertos 2100, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Cómo Expresarnos Por Escrito En Cada Circunstancia

La Carta

Es un hecho de fácil constatación que se está dejando de escribir cartas. Se dice que es una consecuencia lógica de los tiempos en que vivimos, de la proliferación de los nuevos medios de comunicación, especialmente del teléfono.

En los sobres que cotidianamente deposita el cartero en nuestro buzón existe un contenido predominante de impresos, fotocopias, folletos y circulares. En vano buscaremos la huella de la mano humana; por otra parte, el hecho de que algunas de estas cartas imiten la caligrafía indica que existe la conciencia de pérdida de una forma de comunicación que nunca debería desaparecer.

Quien esté acostumbrado a escribir, y no nos referimos al escritor profesional sino simplemente a quien envía cartas a los amigos o una postal a la familia cuando está de vacaciones, sabe que la escritura tiene algo de revelación.

El acto de escribir hace que el inconsciente aflore, que se libere nuestra creatividad oculta. La escritura produce lucidez a quien escribe y también a quien recibe el mensaje pues nunca se escribe para nadie, ni siquiera los diarios íntimos.

Los escritores que pretenden ser sinceros piensan siempre en un lector imaginario. Puede ser alguien cercano a él por amistad o familiaridad, pero puede ser también un desconocido de quien se espera la comprensión y la aprobación, otro cuya sensibilidad se comparte. Esta es la base de la carta, el núcleo del género epistolar.

La carta habla de nosotros

En un pasado aún cercano existió la sensación única de la caligrafía, esa entrega de rasgos personales inscrita en el papel y en el sobre, que suponía ya un primer nivel de reconocimiento para quien recibía una carta. La letra de un familiar lejano, de un enamorado, de un amigo bastaba para transmitirnos la sensación de un contacto personal. La máquina de escribir, primero, el ordenador más tarde, han supuesto un golpe mortal para la forma de escritura más natural.

Pero no toda la culpa hay que achacársela a la técnica, ni siquiera a la comodidad o a la rapidez. La causa real está en la aparición de un tiempo de despersonalización, de vehemente deseo de anonimato, de masificación en suma. La fuerza de la mayoría contra el individuo ha hecho que ganen la partida los enemigos de lo distinguido, de lo distinto, de lo que es único, es decir, lo individual. La individualidad es un término devaluado, ser distinto es hoy una rareza imperdonable.

Consecuentemente se ha ido perdiendo, paralelamente, el determinado color y calidad del papel que distinguía a quien lo usaba, al tiempo que las normas de Correos determinan el uso de ciertos tamaños y colores adecuados a las lecturas de las máquinas ópticas de clasificación de la correspondencia.

No obstante, el panorama que hemos esbozado no debe ser causa de desmoralización cuando nos encontremos ante una hoja en blanco a punto de verter en ella nuestras emociones, deseos o esperanzas. La carta sigue siendo el medio privilegiado de comunicación, el que mejor habla de nosotros.

Cartas cargadas de mensajes, de vibraciones, de consignas, de interrogantes, de respuestas a nuestras expectativas; cartas para leer y releer, para tomar postura y expresar nuestro punto de vista, para protestar, para reclamar… Escribir es una sensacional terapia, es una manera de comunicarnos con los demás y, a veces, con nosotros mismos.

Tal vez pueda parecer que la época en la que vivimos no es la más adecuada para ponerse a escribir cartas. Quien así piense está en un gran error. No basta la abundancia de contactos personales, de largas conversaciones, directas o por teléfono, sin desmerecer el indudable valor que tienen.

Es muy probable que dos personas nunca lleguen a conocerse bien hasta que se escriben mutuamente. Como decía el viejo dicho popular: «Nunca conocerás totalmente a una persona hasta que no recibas una carta de ella.» Cuando parece que ya no hay nada que decir, aún queda mucho por escribir.

La naturalidad, siempre en una buena carta

El primer hecho que nos sorprende al recibir determinadas cartas es que muchas personas escriben de un modo totalmente diferente a como hablan, como si tuvieran una extraña doble personalidad.

Cuando las vemos por la calle demuestran una gran simpatía con nosotros, son abiertos, poseen sentido del humor y soltura. Sin embargo, a través de sus cartas se muestran envarados o, por el contrario, su deseo de agradarnos llega a resultar patético.

La escritura de una carta es solamente un sustituto de la transmisión oral de un pensamiento. ¿Qué quiere esto decir? Que escribir una carta significa llevar al papel las mismas ideas que diríamos a una persona si tuviéramos la oportunidad de verla directamente. Se debe escribir lo más parecidamente a como se habla, sin abandonar nunca el tono personal, ya que el destinatario es un semejante suyo, sea un superior, una autoridad o un colega.

Esto no quiere decir que se tenga que caer indefectiblemente en el exceso de confianza, de la misma manera que no palmeamos continuamente en la espalda a nuestro interlocutor en la calle ni le damos codazos de complicidad subrayando cada expresión. Hablamos de una simpática naturalidad que nunca debe estar ausente.

Y al igual que advertimos de los peligros de caer en el exceso de familiaridad, podemos referirnos a otros problemas en la aplicación de la norma de naturalidad. La educación ha de prevalecer aun en circunstancias que nos pongan duramente a prueba, como es el caso de cartas dirigidas a acreedores, reclamaciones, etc.

Nunca deben perderse los estribos y menos en una carta que es un documento perdurable, una constancia escrita de sus palabras. La prepotencia, la grosería y la falta de tacto son actitudes que debemos desechar por completo al escribir. En el polo opuesto estaría lo que llamaremos el «rebuscamiento adulador ». Aun cuando lo que debamos comunicar sea desagradable, debemos ser sinceros y directos. La palabrería empalagosa o la verborrea vacía de contenido sólo provocarán en nuestro interlocutor rechazo.

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