Familia y relaciones

¿Se debe ceder ante los adolescentes? – Should you give in to teenagers?

El siguiente texto es un extracto del libro ¿Se debe ceder ante los adolescentes? (ISBN: 9781683255376) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Dr. Patrick Delaroche, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

El diario y repetitivo conflicto con el adolescente es algo a lo que deben enfrentarse casi todos los padres. Obligados continuamente a tener que decir que sí (y, sobre todo, a no decir que no), dudan de la legitimidad de su respuesta, e incluso de la pregunta, impresionados por la fuerza de la afirmación de su hijo, que está en pleno crecimiento.

Este se reivindica, les reclama, les recrimina y les ignora. ¿Se debe entonces ceder o hay que negarse? ¿Hasta dónde y de qué manera se debe negociar? Esta es la pregunta más frecuente, formulada o no, de los padres de los adolescentes. Educar al niño ha comportado una serie de dificultades, pero en cuanto este crece, los recuerdos de la adolescencia regresan a la mente de los padres para complicar aún más la situación.

Haber sido adolescente suele ser un obstáculo para los padres, que se ponen con demasiada facilidad en el lugar de sus hijos y reaccionan a sus dificultades en función de los conflictos pasados con sus progenitores. A través de esta identificación, más frecuente en la adolescencia que en la infancia, los padres tienden a relajar su autoridad, como si estuvieran obligados a ceder ante las demandas de su hijo adolescente.

Por lo general, el joven no pide tanto. En realidad, lo único que pretende es ponerlos a prueba y compararlos con los padres de sus amigos, ya que todavía necesitaseguridad. Ser conscientes de ello puede ayudar a los padres a diferenciar entre su hijo adolescente y el adolescente que ellos fueron. Se puede «comprender» a un adolescente y, al mismo tiempo, saber que ceder a sus caprichos suele ser perjudicial. Es más, hay padres a quienes les sorprende que su hijo adolescente acate consignas en las que ellos ya no confían.

Es necesario saber diferenciar la autoridad de su caricatura: el autoritarismo. La autoridad es una cualidad natural que poseen ciertos adultos y también algunos adolescentes; una especie de evidencia que impone respeto. Una persona con autoridad no tiene ninguna necesidad de levantar la voz para hacerse oír.

En cambio, el autoritarismo es la reacción de aquel que teme no ser obedecido. Estas reacciones llegan a intimidar al adolescente, aunque tan sólo provocan en él una sumisión artificial o una rebeldía desesperada. En ambos casos, resultará imposible obtener lo que se desea, es decir, un verdadero entendimiento.

El adolescente tiende a cuestionar la autoridad a través de la acusación del autoritarismo: la pone a prueba, pide cuentas, sopesa la legitimidad de esta. Por su parte, los padres dudan. ¿Están siendo demasiado severos? ¿Por qué deben prohibir eso y no otra cosa? Este libro intenta responder a la complicada conciliación de estas dos actitudes. El adolescente necesita un entorno que sea al mismo tiempo sólido y flexible, y debe percibir estas cualidades a través del diálogo.

Por difícil que resulte, su mantenimiento será esencial para una buena salud psíquica. Si la educación ha sido laxista, el niño, convertido en adolescente, intentará poner a prueba la autoridad a través de todo tipo de provocaciones, pero si no encuentra ningún tipo de oposición, se sentirá deprimido o adoptará una actitud aún más desafiante. Por su parte, los padres de-berán explotar las virtudes de la negociación que, utilizadas a gran escala, lograrán neutralizar determinadas actitudes violentas.

Es cierto que la adolescencia cada vez dura más (de los doce a los… ¡treinta años!), pero el adolescente de once años es muy distinto al de dieciséis. A los once-doce años, el adolescente reacciona sobre todo a la pubertad, a esa modificación impuesta por el cuerpo que suele vivirse de forma traumática. La pubertad, que es un principio de realidad ineludible, le obliga a pensar en el futuro y a abandonar la infancia.

Más adelante, esta molestia exterior se convierte en un principio de cambio, pues el psiquismo debe asimilar la noción de luto por la infancia y enfrentarse al mundo adulto. Para favorecer este proceso, los adultos, y principalmente los padres, deben reafirmarse. Ahora bien, estas etapas merecen al mismo tiempo vigilancia y firmeza, actitudes que no pueden aplicarse la una sin la otra y que, de hecho, deben ser indisociables. La vigilancia sin firmeza es una camaradería complaciente y la firmeza sin vigilancia, una severidad cercana a la maldad.

Todo esto irá acompañado de conflictos, disputas y discusiones que comportarán preguntas, dudas, reclamaciones y demás. Es normal. La ausencia de todo esto sí que sería preocupante… y no sólo para el futuro del adolescente, sino también para el de sus futuros hijos. Parece que los psicoanalistas hacen su agosto con todos estos conflictos, pero no porque les guste especialmente el drama, sino porque lo prefieren a las palabras no dichas y a los silencios preocupantes. No hay nada peor que un conflicto no confesado o una rabia no declarada.

Se podría pensar que a los psicoanalistas les gustan estas zonas oscuras, pero lo que ocurre en realidad es que a veces saben que es mejor poner el dedo en la llaga para que la herida pueda cicatrizar. Los sobresaltos de la adolescencia no son más que sentimientos exacerbados y mal digeridos, por lo que escucharlos ayuda a clasificarlos e interpretarlos.

La Pubertad: ¿Crisis Corporal O Crisis Relacional?

Aunque el vínculo entre la pubertad y la adolescencia no sea obligatorio (algunos niños con problemas no manifiestan la crisis de adolescencia en la pubertad), es indiscutible que la adolescencia como proceso (o crisis) puede comenzar durante la pubertad. Los cambios corporales experimentados pueden llegar a causar una especie de trauma. Sin embargo, estas transformaciones no preocupan únicamente al niño, sino que también modifican la visión de los padres e introducen cambios más o menos perceptibles.

Entre esos cambios, el más frecuente es, sin duda alguna, el final de los mimos y de las manifestaciones físicas de afecto en general. Como siempre, aquí también la excepción confirma la regla. En cualquier caso, resulta bastante difícil saber quiénes (los padres o los hijos) son los primeros en poner fin a las caricias.

Lejos de desaparecer durante la adolescencia, la afectividad adquiere nuevas dimensiones y la exageración (amor u odio) explica muchos conflictos al observador. Los padres suelen implicarse de forma más o menos consciente en las relaciones que introducen al adolescente, como adulto potencial, en su vida de pareja.

Este, por su parte y con independencia de su sexo, ve cómo el apego anterior a uno de sus padres (o a ambos) adquiere nuevos tintes en el mismo momento en que se ve obligado a busca una pareja en el exterior del círculo familiar. Usted puede pensar que esto suele producirse con frecuencia de forma natural, pero los padres que son conscientes de ello comprenderán que este no es el caso de todos los adolescentes, ni siquiera en el seno de una misma familia.

En ocasiones, esto puede ser el origen de algunos problemas, pero también suele surgir la cuestión de los límites que deben ponerse a los adolescentes. En este terreno, los padres no pueden guiarse por ninguna norma y el alargamiento de la dependencia del adolescente multiplica los riesgos de enfrentamiento. Algunos compañeros de profesión y yo mismo hemos caído recientemente en la trampa de una revista semanal femenina.

Sin saber si otras personas habían sido encuestadas, se nos planteó la siguiente pregunta: «¿Acepta que su hijo/a lleve a su novio/a a dormir a casa?». Con independencia de las referencias teóricas o de la experiencia clínica, los hombres respondieron que «no» y las mujeres «quizás» o «depende». No era, ni mucho menos, una pregunta fácil.

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