Manual de los buenos modales – Manual of good manners
El siguiente texto es un extracto del libro Manual de los buenos modales (ISBN: 9781683254270) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Roberta Bellinzaghi , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
La época actual es compleja, los límites de una relación «adecuada» con lo que nos rodea se vuelven cada vez más confusos y a veces nos preguntamos: ¿acaso todo está permitido? Lejos de pretender dar una respuesta de carácter ético o psicológico, no podemos dejar de constatar cuánta necesidad hay de una referencia, al menos por lo que se refiere a las reglas para una convivencia agradable.
La expresión buenos modales parece trasladarnos a una época distinta, casi perdida en el tiempo. Una época en la que cada uno tenía asignado un papel en el que se reconocía y al que se adaptaba. ¿Hasta qué punto ha cambiado todo eso hoy en día? ¿Acaso no es sólo la superficie la que se ha encrespado dando una ilusión de movimiento? ¿Cuánta conciencia ha alcanzado en realidad el hombre de la sociedad occidental sobre sí mismo y sobre quienes comparten su camino?
Compartir es una palabra «fuerte» y muy usada, pero sobre la que no se reflexiona lo suficiente. Se ha avanzado mucho desde la época en que el buen tono era la medida para dividir a los «buenos» de los «malos», y aún falta avanzar mucho más antes de aprender a aceptar a quienes no son iguales a nosotros.
Se nos puede preguntar entonces qué utilidad pueden tener los buenos modales en un momento de inestabilidad como el actual en el que se proclama: «¡La formalidad ha muerto, viva la informalidad!». Tal vez sea necesario partir de un dato concreto: sin formalidad alguna no podemos reconocernos; encerrados en los límites de la formalidad corremos el riesgo de sofocarnos. Una vez más, sólo el equilibrio de la justa medida, del punto intermedio, puede tratar de dar una respuesta inmediata.
Los buenos modales deben considerarse en su conjunto, sin buscar en ellos sólo una serie de normas ya trasnochadas que se presten con facilidad a la acusación de «hipocresía». Sólo tienen la función de ayudarnos en la búsqueda de una armonía, un equilibrio entre nosotros y los demás, haciendo uso también de esas formalidades exteriores, sin duda no esenciales, y sin embargo útiles para un autocontrol de nuestros impulsos, que están muy lejos de poderse confundir con la simple espontaneidad.
Nuestro «interior» y nuestro «exterior» no son opuestos sino que se superponen y forman esa plenitud, a ser posible armoniosa, que llamamos ser humano. Así pues, los buenos modales consisten en una actitud que no resulta vacía, sino que nace de la conciencia de que nunca conoceremos el misterio profundo que regulará sus consecuencias.
A veces, un pequeño gesto inesperado de «amor» por parte de otro nos produce de improviso una sensación de estupor y maravilla, casi como un pequeño milagro. La atención por una necesidad, la palabra amable en el momento adecuado, la participación en una alegría o un dolor, la comprensión de un «error», así como ser recibido en una casa acogedora y escuchado en un momento difícil, sentarse a una mesa y hallar una sonrisa donde esperábamos indiferencia…
Todo eso son los buenos modales hoy en día: algo que nos ayuda a vivir. No una serie de normas a las que hay que atenerse, sino una referencia que nos ayuda a no olvidar ese respeto fundamental que cada uno se debe a sí mismo y a los demás y, precisamente porque se compone de pequeños detalles, nos recuerda que nuestra vida cotidiana está ahí, presente, en cada instante de la vida.
En definitiva, sólo el momento que estamos viviendo nos pertenece de verdad; el instante pasado ya no existe, el futuro aún debe nacer. Así, vistos bajo esta luz, el gesto, la actitud y el comportamiento del momento presente revisten una importancia que quizá no se tiene en cuenta lo suficiente.
El placer de la casa
No cabe duda de que quien vive solo puede moverse con toda libertad y concederse esas pequeñas «manías» deliciosas que cualquier miembro de una familia numerosa le envidiará (¡aunque tampoco él puede hacer todo lo que quiera!).
Distinta es la situación de quien convive con otras personas. En este caso será necesario esforzarse un poco más.
Entonces habrá que recordar que la propia libertad debe dejar espacio también a la de los demás, haciendo todo lo posible para expresar con sinceridad las propias necesidades y escuchar las de los demás, y para encontrar un justo equilibrio entre unas y otras.
No será difícil si sabe mostrarse tolerante con usted mismo y con quienes viven con usted. Y si en ocasiones la convivencia le resulta difícil y se culpa de algunos errores, sepa sonreír y perdonarse.
De esta forma sus relaciones adquirirán una ligereza que le permitirá sonreír también ante las inevitables «carencias» de los demás y perdonarlas. Su casa es, sobre todo, el lugar donde se siente aceptado y comprendido.
Niños
Al observar a los niños, a veces se puede tener la impresión de estar violando un mundo encantado donde el adulto no tiene derecho de acceso. Hoy en día, gracias a los estudios sobre psicología infantil, se puede dar una interpretación más profunda y correcta de los comportamientos de los niños y, por consiguiente, intervenir con mayor conciencia en su formación. Por lo demás, es bien sabido lo importantes que son los primeros contactos de los niños en la formación de lo que será la personalidad del adulto.
Desde luego, no conviene asustarse, consultar libros o acudir a un psicólogo con cada pequeño problema. Desde que el mundo es mundo, los padres han encontrado la capacidad de educar a sus hijos, pero, ya que la ciencia lo permite, no vendrá mal algo de información adicional. No faltan medios de divulgación y además son de fácil acceso: le sorprenderá lo interesante que resulta descubrir cuántos secretos esconden en su corazón los niños.
En cualquier caso, para los padres, el nacimiento del primer hijo se transforma de manera inevitable en mil pequeñas angustias. La lactancia, el llanto nocturno (¿será hambre o indigestión?), la barriguita perezosa o demasiado activa son pequeños dramas de los que se tiende a hacer partícipes a parientes y amigos, con el resultado de que cada cual da su consejo y se crea cada vez mayor confusión. La mejor actitud es no dramatizar: consulte a un pediatra (a uno solo) que se haya ganado su confianza y aténgase a sus sugerencias.
Recuerde que, desde su nacimiento, el niño es sensible al ambiente de su entorno, por lo que percibe la inquietud y la ansiedad de quienes lo rodean y se muestra inquieto a su vez. Criar a un niño es una de las tareas más difíciles, pero también uno de los instrumentos más estimulantes que nos ofrece la vida para enfrentarnos a nuestros límites.
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