El mundo prodigioso de los ángeles – The wonderful world of angels
El siguiente texto es un extracto del libro El mundo prodigioso de los ángeles (ISBN: 9788431551681) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Susana Rodríguez, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Prólogo
Nuestra época tiende a ser incrédula. «Nadie ha visto jamás un ángel —se razona—, y por tanto estos no se merecen el regalo de la fe, la opción de creer en ellos». Se juzga el mundo sólo a través de la capacidad de nuestros sentidos para captar aquellos aspectos o manifestaciones capaces de ser captados por ellos. Sin embargo, hay muchos tipos de existencia.
¿Se negará a creer alguien que Don Quijote posee una clase de existencia más real que muchas personas, árboles o rocas presentes en el mundo? ¿Podemos negar que exista algo que nadie ha visto jamás, como las posibles rocas de Plutón o la parte de la costra terrestre situada a mil kilómetros de profundidad? En ambos casos llegamos a la certeza de su existencia mediante el razonamiento, una forma de conocer tan poderosa y cargada de certeza como la derivada directamente de los sentidos. «Hay un consenso sobre la existencia de estos elementos», argüirá algún lector racionalista, decidido a no dejarse descabalgar. Pero sigamos, ¿qué clase de consenso?
¿El numérico? Recordemos que una gran parte de la humanidad no conoce la existencia de los satélites de Saturno, de los reyes godos o del contenido del átomo. A través de estas incómodas preguntas imitamos al embarazoso Sócrates haciendo de comadrón de las ideas. Es lo de menos que el lector crea en los ángeles, el caso es que su mundo permanece desarrollado, estudiado y clasificado con el mismo rigor con el que un entomólogo puede llegar a conocer un millón de especies de insectos. Invitamos pues al lector a que se despoje de sus prejuicios —pues no es otra cosa el apego a determinados hábitos gnoseológicos impuestos por la actual experiencia— para penetrar en un mundo nuevo, hecho de unas realidades distintas a las convencionales y que no dejarán de sorprenderle.
Los autores de este tratado han estudiado a fondo el complejo mundo de los ángeles, presente no sólo en todas las religiones, sino también en la vida diaria. El contacto con Dios, de cualquier forma que este sea concebido, es esencial y forma un capítulo básico para organizar y dar sentido a nuestras vidas. Tanto el panteísta como el creyente de a pie, e incluso el agnóstico racionalista, coinciden en la necesidad de unos puentes de comunicación con los aspectos desconocidos del universo.
Si alguna virtud redime al hombre de su prosaica materialidad y finitud es esa curiosidad que lo impulsa a poseer, a conocer, a ampliar su círculo de conocimientos. Este libro quiere establecer, recorrer y explorar estos puentes. Su lectura no será de ningún modo superflua al lector, al menos al que sea capaz de trascender de sus propios límites y descorrer una mínima parte del tupido velo que lo separa de las verdades no obvias.
Introducción
Podría parecer que cualquier cuestión que tenga como protagonistas a los ángeles es un tema de poco peso —exactamente como la pluma de una de sus alas—, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, los argumentos que se utilizan para negar la realidad de los ángeles pueden usarse de igual forma para negar la existencia de Dios. Se trata, desde luego, de argumentos respetables con los que la realidad de los ángeles se relegaría a una mera proyección fantástica de nuestras circunvoluciones cerebrales; como mucho, dejaría espacio al análisis literario de una tradición poética de fábulas que se repiten en todo el mundo.
Así, la angelología se entendería como corolario de la teología: solamente si se cree en la existencia de Dios es posible aceptar la existencia de los ángeles. Sin embargo, esto no tiene por qué ser necesariamente así. De hecho, Dios está seguramente capacitado para existir y obrar sin una corte de ángeles rodeándole. Por otra parte, si el universo tiene un sentido, una racionalidad, una armonía o una finalidad, entonces está claro que los hombres —y con ellos, los animales y las plantas—, que ocupan sólo un fragmento infinitesimal de este universo, no son necesariamente las únicas criaturas que habitan en él.
Sería perfectamente lógico que, junto a los hombres, existieran otras criaturas, habitando mundos diversos y paralelos, con fisonomías y características distintas e inmersas en dimensiones des conocidas, que huirían de la lógica con que estamos obligados a conducir nuestra vida en la tierra. Que estas entidades pudieran tener una consistencia etérea y puramente espiritual o estuvieran privadas de esta materialidad que, al menos en parte, nos caracteriza no nos tendría que sorprender tanto, sobre todo desde que la física contemporánea nos ha enseñado que la materia, tal como se concebía en el pasado, con una consistencia espacial tangible e indestructible, no existe en realidad porque se trata sólo de una condensación parcial y temporal de la energía que invade todo el universo.
Dejemos, pues, espacio a los ángeles; sintámoslos junto a nosotros; reconozcámoslos como hermanos, como compañeros de viaje en esta fascinante y misteriosa peregrinación que es la existencia. Pero ¿qué es un ángel? Las enciclopedias lo definen como «mensajero» o «ministro» (del hebreo mal’akh), con un sentido específicamente religioso de ser sobrehumano, intermediario entre el cielo y la tierra, entre Dios y los hombres. Los ángeles son seres que Dios utiliza para realizar las anunciaciones a los hombres y para que se cumpla su voluntad en la tierra.
El término hebreo se tradujo en griego como aggelos, de donde deriva nuestra palabra ángel. Los ángeles son los habitantes de un reino intermedio entre Dios y el hombre y, como tales, llenan un vacío. En sus contactos con el mundo humano pueden llegar a asumir formas absolutamente imprevisibles. En este libro pondremos al descubierto todo lo que hay que saber sobre estos maravillosos seres.
Los ángeles: ¿leyenda o realidad?
Cada uno de nosotros debería tener la posibilidad de conocer todo lo que se ha dicho y se dice sobre los ángeles para poder hacer una valoración propia, y decidir personalmente lo que acepta y lo que rechaza de tales tradiciones. Seguramente, un análisis de este tipo daría paso a un enriquecimiento. El ángel constituye una de las figuras con las que más a menudo nos tropezamos al referirnos al problema de lo divino. Se encuentra siempre presente en las distintas creencias, incluso a través de imágenes diferentes.
Concretamente, en Occidente, cabe decir que el IV Concilio Lateranense, en 1215, reconoció la cuestión como un artículo de fe. Antiguamente, los ángeles gozaron de una enorme fortuna y popularidad que se extendió a través de la reflexión teológica y, básicamente, de las leyendas, la literatura y el arte. En cambio, los hombres de nuestro siglo han encerrado generalmente a los ángeles entre los recuerdos, dulces y a veces añorados con nostalgia, de la infancia. La verdad es que en el siglo XX importantes autores y estudiosos como Henri Corbin, Daniélou, Maritain, Bulgákov, Von Balthasar y De Lubac han realizado interesantes reflexiones sobre los ángeles; sin embargo, cabe señalar que la angelología se encuentra ausente de la teología de nuestro siglo, ya que, según ella, los ángeles forman parte de aquellas mitologías cristianas cuyo destino es desaparecer.
Por fortuna, en estos últimos años se ha manifestado una fuerte tendencia totalmente contraria: los ángeles están volviendo con fuerza al primer plano —si puede aplicarse este término al referirnos a unos seres tan dulces y livianos— y están suscitando un apasionado interés en todos los niveles de la sociedad y en todo el mundo. El profesor universitario Giorgio Galli, ilustre politólogo y estudioso de las culturas esotéricas, ha escrito: «Los ángeles que han aparecido de nuevo, en estos años, en las sociedades occidentales no son los de la tradición cristiana y católica.
No son los mensajeros de la divinidad, como aclara la etimología de la palabra. No son los conductores del ejército celestial, con el arcángel Miguel al frente, que desafían al ejército del demonio. No son los ángeles de la guarda de la tradición, presentes en la infancia de las generaciones nacidas hasta la Segunda Guerra Mundial.
Los ángeles que han aparecido ahora son diferentes. Creo que puede decirse que son los ángeles de la nueva era: formas de energía con las cuales quienes creen en ellas pueden entrar en comunicación; también mandan mensajes, pero no solamente los del Dios de la tradición judeocristiana, sino procedentes de las más diversas entidades, desde sabios de las eras antiguas a habitantes de los mundos más remotos. También actúan de acompañantes en otras dimensiones, como ángeles de luz, cuya aparición constituiría una experiencia común a todas aquellas personas que acaban de salir de un coma profundo, como documentan los investigadores de este campo».
Ideas y teorías sobre los ángeles
El problema de los ángeles, si puede llamarse así, ha suscitado desde siempre un gran interés y una fuerte implicación por parte de un número verdaderamente imponente de historiadores, pensadores, científicos, teólogos, místicos, filósofos, investigadores, poetas, escritores y hombres de cultura.
Santo Tomás de Aquino, llamado con mucho acierto Doctor Angélico, está considerado como el mayor pensador cristiano de la Edad Media y su filosofía se ha convertido en la doctrina oficial de la Iglesia católica. En su Suma teológica afirma que el ángel de la guarda se encuentra siempre cerca del hombre, durante la vida y su paso al más allá. Anteriormente, el apologista cristiano del siglo III, Tertuliano, afirmaba que el alma, al llegar al otro mundo, «se estremece de gozo al ver el rostro de su ángel, que se apresura a conducirla a la morada que se le ha destinado».
Es curioso ver cómo estas afirmaciones encuentran paralelismos en las observaciones que han hecho numerosos científicos contemporáneos dedicados al estudio de las experiencias cercanas a la muerte. John Milton, el sobresaliente poeta inglés del siglo XVII, sostenía en su obra El paraíso perdido: «Millones de criaturas espirituales se mueven, sin ser vistas, sobre la tierra, cuando estamos despiertos y cuando dormimos».
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