Los secretos de la reencarnación – The secrets of reincarnation
El siguiente texto es un extracto del libro Los secretos de la reencarnación (ISBN: 9788431552909) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Andrea; Rognoni and Gianni Norta, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Introducción: Creencias Sobre La Reencarnación
Indicios prehistóricos
Puede decirse que ya en la Antigüedad el fenómeno de la reencarnación se conocía en todo el mundo. Los más diversos pueblos tomaban en consideración, aunque de formas distintas, la hipótesis del viaje que lleva a cabo el alma de un cuerpo a otro, objeto efectivo de creencia o bien sólo de interés y asombro.
En cambio, es un error considerar que ya en la Edad de Piedra pudieron florecer ideas o creencias de este tipo. Ello se debe a que el género humano, incluso en la versión del homo sapiens, último fruto de la evolución, aún no era capaz de imaginar un viaje tan largo. Existía ya el culto de los muertos y se consideraba que el difunto podía sobrevivir a la vida terrenal; no obstante, el fatigoso régimen de vida, basado en la caza y la recolección, dejaba poco tiempo para reflexiones más profundas sobre el destino del alma.
Dicho esto, no deja de ser cierto que en algunos pueblos primitivos, como se observa aún hoy en ciertas tribus africanas, se abrían paso algunas intuiciones que más tarde ofrecerían bases interesantes para la doctrina de la reencarnación.
Dentro del animismo (fe primitiva que consideraba que existía un espíritu para cada animal o cosa) habían nacido unas convicciones particulares. Por ejemplo, se consideraba que en ciertos animales estaba presente el alma o soplo vital de algunos antepasados de la tribu o del clan.
Aún no se daba una explicación espiritual o moral; todo ello era sólo objeto de una especie de percepción extrasensorial. Si una planta o una roca eran animados por espíritus superiores, ello dependía de la extraordinaria potencia de la naturaleza, potencia que adorar o propiciar más que comprender. Se trataba precisamente de ese comportamiento un poco mágico que los estudiosos de los pueblos primitivos han llamado «participación mística».
La prehistoria, en conjunto, no fue capaz de producir una doctrina religiosa verdaderamente consumada. Sin embargo, animismo, idolatría y totemismo (adoración de los tótems, es decir, de los protectores animales o vegetales de las diversas tribus) habían dado lugar a una serie de símbolos y mitos que prepararon el terreno para las grandes religiones de la protohistoria (5000-2000 a. de C.) y de la Antigüedad.
Por ejemplo, el mito del renacimiento ya debía estar presente, aunque de forma muy fantástica y confusa. No obstante, la falta de testimonios escritos nos impide hacer valoraciones seguras.
La reencarnación en las religiones antiguas
La Antigüedad se caracteriza por la presencia de muchas religiones de tipo politeísta, es decir, dotadas de múltiples divinidades que eran adoradas de forma más o menos intensa.
Cabe afirmar que, mientras que en las religiones orientales (Asia oriental) la creencia en la reencarnación asumió poco a poco el carácter de auténtico dogma, en las occidentales, a pesar de resultar presente y relevante, asumió unos tonos más matizados, menos contundentes, o bien la profesaron cultos secundarios, heréticos o poco dominantes.
Se podría pensar que en Occidente, desde la protohistoria, la doctrina de la reencarnación se ha considerado demasiado profunda y delicada para ser impartida de forma directa y transparente a las grandes masas de fieles. Resulta muy significativo el conjunto de creencias que se desarrollaron en esa parte de la cuenca mediterránea —Egipto— que los historiadores consideran la cuna de la civilización.
Los misterios de Egipto
Así pues, hay que dirigir una primera mirada a los misterios de Egipto, que comprenden un tipo de enseñanza relativa al fenómeno de la supervivencia del alma.
Los egipcios creían en la «metempsicosis» o transmigración de las almas de un cuerpo a otro. No obstante, sólo los iniciados, es decir, aquellos que eran merecedores desde el punto de vista moral y cultural de conocer la verdad espiritual, podían acceder a los profundos secretos de las leyes supremas que regulan dicha transmigración.
Los «secretos de Isis» (máxima divinidad del antiguo Egipto) ya distinguían claramente entre el cuerpo material, Khat, el cuerpo intermedio entre materia y espíritu que los modernos llaman «astral» y en egipcio recibe el nombre de Kha, y, por último, el espíritu puro, o Khou.
Según los egipcios, el ser humano está compuesto de estas tres realidades, pero la verdadera esencia eterna que llena el universo (vegetales, animales y seres humanos) es aún otra realidad, llamada Ba (podríamos traducir este término con la palabra alma). Cuando el ser humano muere, la vida no termina sino que se retira a Ba. Ba puede volver a reencarnarse de tres formas:
a) reencarnación normal, que se produce sólo después de cierto periodo de tiempo;
b) reencarnación anormal, que se produce justo después de la muerte;
c) reencarnación mágica, que es llevada a cabo manteniendo a Kha y Khou dentro del cuerpo del difunto, a través de la técnica de la momificación, más compleja y delicada de lo que suele enseñarse en el colegio, precisamente porque se hace en función de la supervivencia.
En Egipto se consideraba que la reencarnación normal se producía incluso después de muchos cientos de años, porque la mayoría de las almas no ha cometido en vida unos actos tan graves que tengan que volver en seguida a la Tierra para ponerles remedio.
En cambio, tenía una notable importancia la reencarnación anormal para los malvados y, sobre todo, para los suicidas.
Por último, en lo que respecta a la reencarnación mágica, con la momificación se impedía la dispersión de las células de Khat (cuerpo material) y se retenía el cuerpo astral Kha, lo que permitía al difunto guiar la existencia de los vivos y actuar normalmente, como si nunca hubiese muerto.
Hermes Trimegisto
Las principales indicaciones sobre la reencarnación normal se encierran en las enseñanzas de Hermes Trimegisto, nombre legendario que sustituye el de anónimos pero sabios sacerdotes que compilaron la doctrina.
Hermes habla de traslados del alma por los cielos, con la consiguiente caída o recaída final en la Tierra. Sin duda, se trata de un lenguaje muy ambiguo, difícil de interpretar incluso en la versión que ha llegado hasta nosotros, en lengua griega. En el lenguaje común hermético es sinónimo de concepto difícil.
Es posible que Hermes no se refiriese a cielos reales, sino a cuerpos sutiles en los que el alma vive durante cierto periodo de tiempo. Sólo los iniciados podían conocer el verdadero significado de estas palabras, y, por otra parte, el conocimiento debía ser gradual y altamente seleccionado, porque aquellos que entraban en posesión de la verdad suprema podrían liberarse del cuerpo y del ciclo de las encarnaciones con mayor facilidad que la gran masa de las personas: ¡cada «milagro» tiene su precio!
El Libro de los muertos
Otro prestigioso punto de referencia para la espiritualidad del antiguo Egipto es el Libro de los muertos, cuyo título es muy significativo.
En él se daban unos consejos sobre la mejor forma de pasar del mundo terrenal a la dimensión ultraterrenal. Morir significa unir la propia alma a la gran alma universal, al menos durante el tiempo que se le ha concedido antes de una nueva encarnación. En este periodo de tiempo se concede el conocimiento de la divinidad, que también implica unión con ella.
Algunas almas pueden unirse definitivamente, otras se ven obligadas a encarnarse, ya no en un ser humano, sino en un animal; y otras pueden asumir incluso una nueva forma de vida, aún desconocida.
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