Animales, Mascotas y Naturaleza

Asnos y mulos – Donkeys and mules

El siguiente texto es un extracto del libro Asnos y mulos (ISBN: 9781644617021) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Victor Siméon , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Prólogo

Más vale un burro que ande poco que un caballo loco.

El dulce y suave Platero, compañero de los más pequeños; Grison, el burro de los músicos de Bremen; Rucio, el leal asno de Sancho Panza; Modestine, la burra de Stevenson, símbolo de compañía y de trabajo… Siempre ellos, los asnos, en la literatura y el refranero… Y nunca como objeto de indiferencia…

Desacreditado por unos, adulado por otros, este animal participa en la vida ordinaria de nuestros contemporáneos, como hizo con las generaciones pasadas, paso a paso, pocas veces héroe pero siempre presente. Este animal ha sabido, además, ganarse el corazón del público, y sobre todo de los niños, gracias a lo cual debe su éxito actual.

Paradójicamente, es este éxito indiscutible lo que hace que nos preguntemos (cuestiones abordadas en esta obra), tanto en términos de cría como de uso:

— ¿qué raza y qué tipo de asno debe escoger un nuevo propietario?

— ¿cómo ocuparse de este animal?

— ¿cómo educarlo y utilizarlo en buenas condiciones?

— ¿con quién contactar?

— ¿cuál es la legislación vigente?

En España tenemos seis razas autóctonas de asnos, apoyadas por sus correspondientes asociaciones. Dichas agrupaciones promueven la protección de estos animales e incentivan mediante diversos proyectos la reproducción y el uso tanto de asnos como de mulos, con el objetivo de que no lleguen nunca a desaparecer, algo que ha estado a punto de producirse en el pasado siglo.

Pero aún queda mucho trabajo por hacer en torno a este animal. El conocimiento y la técnica vienen en general del mundo del caballo con, lo más corriente, una simple transposición sin fundamentos científicos, culturales o sociales. Podemos quedar asombrados, por ejemplo, acerca de la nomenclatura utilizada para describir los pelajes, que no corresponde del todo a los del asno.

El conocimiento en cuanto al comportamiento es también muy reducido y muy empírico; los aspectos sanitarios no se conocen bien; las funciones vitales, como la reproducción y la alimentación, no han sido nunca objeto de estudios profundos…

En contra de lo que podemos pensar, el asno aún tiene su lugar en nuestra sociedad. A pesar de que su uso agrícola ha quedado bastante relegado, se abren nuevas puertas para este équido: en su vertiente más ecológica, como desbrozador eficaz, o en su cara más lúdica, como compañero leal en diferentes rutas que se pueden llevar a cabo por el país.

Pero si su función de porteador es relevante en España sólo por sus fines lúdicos, no es el caso en un gran número de países en vías de desarrollo, donde constituye la mayor parte de la energía mecánica y es por este lado un agente de desarrollo ineludible.

En cuanto a la mula, me contentaré con citar una frase del doctor Guénon, veterinario militar del siglo pasado, que publicó Le Mulet intime, recuperado en La Grande Histoire du mulet, magnífica obra prologada por otra especialista, Olivier Courthiade: «Lo mejor que tiene el caballo es la mula».

Los orígenes del asno

Unos setenta millones antes de nuestra era, antes de que llegaran el asno y su primo, el caballo, vivía un animal pequeño, no mayor que una marmota, que los paleontólogos bautizaron primero con el nombre de Hyracoterium —del griego hyrax («ratón»), y terrino («animal salvaje»)— y luego, permitiéndose una licencia poética, Eohippus, es decir, «caballo del alba». Richard Owen, biólogo especialista en anatomía comparada y paleontólogo británico, descubrió el primer fósil de esta criatura en 1841, en Inglaterra.

Al parecer, este animal era originario de los densos bosques de América del Norte, donde se encontró una importante concentración de fósiles. Su expansión migratoria hacia Europa y Asia se efectuó, en este periodo tan diferente del que tenía lugar en nuestro continente, debido a la deriva de las placas, por el estrecho de Bering.

Su talla, que no alcanzaba los 60 cm de longitud y 20 cm de estatura, le permitía escaparse de los predadores ocultándose en la espesa y lujuriosa vegetación, que constituía su aliento principal.

Su dentadura, compuesta por 44 dientes no tan cortantes como para poder comer hierba, indica que su régimen alimentario estaba constituido sobre todo por hojas. Las extremidades anteriores terminaban en tres dedos, y las posteriores tenían cuatro.

A lo largo de un periodo de dos millones de años, en el que se produjo un cambio progresivo en el clima, los Eohippus tuvieron que adaptarse a un biotopo diferente que comportó unas nuevas condiciones alimentarias y, especialmente, la adopción de una nueva estrategia de defensa en los encuentros con predadores. Puesto que la vegetación ya no era tan densa ni tan propicia para el camuflaje su supervivencia, ante la amenaza o el ataque de otros animales, ya no podía seguir basándose en la huida.

Este nuevo contexto provocó importantes cambios, por selección natural y evolución genética, según la teoría de la evolución de Darwin. Los Orohippus (del griego «caballo de montaña») los sucedieron. Eran animales de una talla parecida, pero con el cuerpo más perfilado y esbelto, la cabeza más ovalada, los antebrazos más finos y las patas posteriores más largas y, en consecuencia, más potentes, más rápidas y con más capacidad para franquear pequeños obstáculos.

La fase siguiente, que tuvo lugar principalmente en América del Norte, significó la conformación del Mesohippus («caballo del medio»), que vivió entre 42 y 33,3 millones de años antes de nuestra era. Su talla siguió evolucionando para proporcionarle más rapidez.

Anticipando ya lo que serían el caballo y el asno, que son ungulados (mamíferos cuyas extremidades acaban en cascos), este animal empezó a apoyarse en el dedo mayor, mientras que los otros dedos iniciaron una tendencia a soldarse entre sí o a atrofiarse. A fin de aumentar el ángulo de visión, la cabeza se alargó y la inserción de los ojos se fue desplazando lateralmente.

Con el paso de los milenios, y siguiendo etapas sucesivas, este animal, al que cada vez se le daba un nombre diferente, evolucionó y se dividió en varias ramas y especies, algunas de las cuales permanecieron definitivamente y otras, a pesar de ser muy prolíficas —como fue el caso del hipparion—, se extinguieron para siempre.

Actualmente se acepta que antes de lo que llamamos especialización —diferenciación en especies y subespecies— el antepasado común de los asnos domésticos y de sus parientes cercanos (el hemión, el kiang, el onagro, el caballo doméstico, el caballo de Przewalski y las diferentes cebras) es el Equus, que apareció hace solamente 4 millones de años.

A partir del estudio de los esqueletos y otros vestigios, se deduce que este animal tenía una morfología bastante parecida a la del caballo actual. Su talla llegaba a los 125 o 135 centímetros, tenía los dedos atrofiados y las extremidades acabadas en un único casco, a diferencia de las vacas, las cabras y las ovejas, cuyos pies acaban en dos pezuñas. Los asnos y los caballos pertenecen, pues, al orden de los perisodáctilos (Perissodactyla), del griego perissos, «impar», y dactylos, «dedo». Esta evolución anatómica les ha permitido cubrir largos recorridos y efectuar importantes migraciones sobre terrenos a veces duros, accidentados y rocosos.

El casco recubierto de sustancia córnea, que tiene la particularidad de regenerarse, se ha convertido en una auténtica pieza de recambio. Únicamente subsiste, como vestigio del tercer dedo, la castaña, una pequeña excrecencia córnea situada en la cara interna del antebrazo, que a veces conviene amputar si se hace excesivamente prominente. No se sabe cómo se operó la diferenciación entre el asno y el caballo. Dejando de lado la metamorfosis genética, las necesidades provocadas por la adaptación tuvieron, sin lugar a dudas, un papel determinante.

El asno se distingue del caballo por su mayor rusticidad y por tener una resistencia del todo particular. Su alimentación es frugal y austera, y parece que soporta menos los climas secos y áridos. Todas las formas de équidos se extinguieron misteriosamente hace 11 000 años en el continente americano, en el transcurso de un periodo que se suele denominar de la extinción de la megafauna americana (durante el que desaparecieron todos los animales de más de 40 kilos).

A pesar de las muchas hipótesis formuladas —brusco cambio climático, impacto de un meteorito, erupción volcánica, exceso de caza de los primeros hombres…—, la razón sigue siendo una incógnita.

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