Deporte y salud

Cómo se cura la diabetes – How diabetes is cured

El siguiente texto es un extracto del libro Cómo se cura la diabetes (ISBN: 9788431554385) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Giuseppe Lepore and Italo Nosari, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

Este libro está dedicado a los pacientes diabéticos, es decir, a aquellas personas afectadas por una enfermedad que, aun cuando ya no implique consecuencias tan graves como en otros tiempos, no por ello ha dejado de ser una patología potencialmente peligrosa. La diabetes continúa siendo un factor que afecta de una manera sensible la vida y los hábitos del paciente, en tanto que le obliga a controlar la propia alimentación, a seguir un tratamiento de forma constante y, tal vez, a administrar el propio tiempo de manera diferente.

Con todo esto, no queremos decir que el diabético deba considerarse o ser considerado un inválido, ni tampoco que deba sentir un complejo de inferioridad ante los familiares y amigos «sanos». Esta enfermedad no debe condicionar la existencia de quien la sufre hasta el punto de convertirse en fuente de pesimismo y amargura, unos sentimientos que acaban por ser más graves que la propia enfermedad.

La diabetes es una enfermedad crónica que si bien es de difícil curación en el sentido más amplio del término —es decir, con la completa y total desaparición de la sintomatología—, no obstante hoy en día puede evitarse en la mayoría de los casos el peligro de complicaciones agudas tales como ceguera, gangrena de las extremidades o coma diabético.

Todo aquellos males que con anterioridad al descubrimiento de la insulina, en los primeros años de nuestro siglo, representaban una consecuencia temible de la enfermedad y quizás el preludio del fin, hoy pueden curarse con un riguroso tratamiento médico prescrito por el especialista, que es el único que conoce el alcance real del problema.

En esta enfermedad, como normalmente ocurre con el resto de enfermedades, el éxito del tratamiento, las posibilidades de atenuar la gravedad de las manifestaciones patológicas y el hecho de evitar posibles complicaciones dependen esencialmente de la colaboración entre paciente y médico. No sirve de nada, por ejemplo, que el especialista establezca determinadas normas si el paciente no se aviene a ellas.

Con frecuencia los diabéticos están convencidos de poder excederse en la alimentación aumentando, después, la dosis de insulina o antidiabéticos orales; sería como lanzarse al fuego porque se tiene frío.

En realidad, salvo rarísimas excepciones, tan sólo se observa en pacientes graves una línea de comportamiento correcta, una atención constante a las prescripciones del médico y una actitud consciente y responsable.

La mayoría tiende, por el contrario, a minimizar la importancia de la enfermedad, aunque esta actitud no puede ser imputada tan sólo a la ignorancia ya que los profesionales y los medios de comunicación han dedicado grandes espacios y esfuerzos al problema.

La diabetes, en resumidas cuentas, debe considerarse como una lucha constante entre tres elementos: la enfermedad, el médico y el paciente, si bien los dos últimos están aliados contra la primera. Sólo si el paciente mantiene el pacto podrá hacer frente a la enfermedad. La diabetes, de hecho, debe estar siempre en jaque y no debe permitirse que emprenda una ataque relámpago que destruya el organismo en poco tiempo.

Si el paciente hace caso omiso de la enfermedad, pasando por alto las prescripciones del médico por lo que respecta al tratamiento médico y a las normas alimentarias e higiénicas pertinentes, conseguirá anular todo el esfuerzo del médico, que se verá obligado a combatir en dos frentes opuestos y contra dos enemigos: la enfermedad y el propio paciente.

Datos históricos

La diabetes es una enfermedad tan antigua como el mismo hombre, aunque es probable que este síndrome, en su variante más difusa, sea fruto de errores dietéticos, de una vida sedentaria y del cansancio o de la tensión nerviosa provocada por la vida moderna, factores todos ellos desconocidos para nuestros antepasados, cuya única preocupación era vivir.

Nuestro sistema de vida restringe la actividad física y modifica los hábitos alimentarios, lo que propicia la aparición de la gota, los cálculos biliares y la obesidad, alteraciones todas ellas frecuentemente interrelacionadas y concomitantes con la diabetes, si no determinantes en gran medida de una cierta predisposición a sufrirla.

Sin embargo, ya en la sociedad egipcia de los faraones encontramos por vez primera la descripción de una enfermedad que presenta una semejanza destacable con lo que hoy llamamos diabetes. El papiro de Ebers (1550 a. de C.), hallado en una tumba de la ciudad de Tebas, habla de la excesiva secreción de orina y de los medios para combatirla.

Sabemos que este es un signo común a otras enfermedades, pero en este caso ha sido aceptado como un ejemplo de diabetes por la autoridad del doctor Agustí Pedro i Pons (1898-1971), uno de los más célebres internistas españoles.

En el siglo I de nuestra era, Aulo Cornelio Celso, autor de la obra De Medicina y personaje muy controvertido (algunos lo consideran el «Cicerón de la medicina» o el «Hipócrates latino», mientras que otros lo definen como personaje de ingenio mediocre al que niegan incluso el título de médico), habla difusamente de la enfermedad, y le atribuye como síntoma principal el de la «emisión abundante de orina» (orinae nimia profusio) y añade que tal proceso es «indoloro pero caracterizado por el decaimiento» en tanto que provoca un acusado adelgazamiento del paciente y una intensa sensación de fatiga tanto física como mental.

Durante el siglo II se ocupó de esta enfermedad Areteo de Capadocia, quien parece haber acuñado el término diabete a partir de la palabra griega diabeinen, que significa «atravesar», «pasar a través», aludiendo a la rapidez con que los líquidos ingeridos son eliminados por el organismo enfermo. Sin embargo, este término cayó en desuso y no fue utilizado de nuevo hasta el siglo XVI cuando Bruno Seidel (1577), médico, poeta y humanista alemán, lo actualizó.

Por otra parte, la diabetes era ya conocida por la medicina oriental desde épocas muy remotas. En China predominaba una cultura caracterizada por su extremada ceremonia y protocolo, con tendencia a buscar elaboradas metáforas para cada expresión. La diabetes recibió, por consiguiente, el nombre de «la enfermedad de la sed».

Este fenómeno, que en medicina se conoce como polidipsia («sed excesiva»), y en la que el paciente siente una gran necesidad de ingerir líquidos, es una consecuencia lógica de la poliuria (aumento de la diuresis) y viene determinado por la necesidad del organismo de restablecer su equilibrio hídrico.

Mientras en Europa el hecho quedaba totalmente desatendido, la medicina india había individualizado, ya en tiempos muy remotos, la presencia de una sustancia azucarada en las micciones de los afectados de poliuria. En el Ayur-Veda, uno de los libros sagrados del hinduismo, se cita el sabor dulce de la orina de algunos pacientes que ejercía una fuerte atracción sobre las hormigas.

El interés por esta enfermedad no decayó ni en Oriente ni en Occidente. Su campo de acción se extendió, en mayor o menor proporción, a todo el mundo civilizado. El médico persa Abu ’Ali Ibn-Sina (980-1037), más conocido como Avicena, hombre de extraordinaria capacidad e inteligencia, fue autor a los veintidós años de un Canon de Medicina, texto básico de muchos estudios posteriores donde describe la gangrena diabética como una de las complicaciones diabéticas más temibles.

Entre los europeos debe citarse a una de las figuras más sabias, divertidas y pintorescas de la historia de la medicina: el suizo Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), que se hacía llamar simplemente Paracelso.

Según sus detractores —que a decir verdad fueron muchos—, con este nombre tenía la pretensión de situarse al mismo nivel que el romano Celso, a quien ya nos hemos referido. Su contribución al estudio de la diabetes fue la de obtener una «sal», que no ha podido identificarse, a partir de la evaporación de la orina de sujetos que acusaban poliuria.

De forma incompleta y lentamente se iban sumando las características de la enfermedad: poliuria, polidipsia, decaimiento, cansancio físico e intelectual, casos de gangrena y presencia de un residuo sólido observado con la evaporación de la orina.

En el siglo XVI, como ya hemos dicho, Bruno Seidel rehabilitó la palabra diabetes, reservando el término poliuria para otros trastornos, concretamente para la secreción excesiva de orina no acompañada de los fenómenos patológicos citados.

A finales del siglo XVII el médico inglés Thomas Willis (1621-1675) tuvo la idea de probar la orina de los diabéticos. En realidad, no sabemos si se trató de interés científico o de simple curiosidad, pero el hecho no debe escandalizarnos. En primer lugar, el concepto de higiene que tenían nuestros antepasados era muy diferente del nuestro, tanto que hasta una época relativamente reciente el hombre convivía sin mayores problemas con sus propios excrementos; en segundo lugar, para determinar la existencia de un sabor azucarado no se conocían otros métodos más allá del meramente organoléptico.

Todo ello hizo que tal método (sobre todo entre los pacientes que hoy clasificamos como «económicamente débiles») perdurara hasta nuestro siglo, a pesar de la posibilidad de efectuar pruebas con reactivos químicos.

La experiencia de Willis fue repetida y confirmada un siglo más tarde por Dobson (1776), concluyendo que la orina de los pacientes contenía miel o azúcar, de donde viene el nombre de diabetes mellitus.

Pocos años después, en 1778, Cowler demostró la existencia de lesiones pancreáticas en las necropsias efectuadas en pacientes afectados por la diabetes mellitus, mientras que William Cullen (1709- 1790) estableció la primera diferencia fundamental en el ámbito de una enfermedad que, hasta entonces, había sido considerada única: podía hablarse de diabetes mellitus o de diabetes insípida, según se diera una mayor o menor presencia de sustancia edulcorante en la orina.

Ello dio pie a la hipótesis de que podría tratarse, en efecto, de dos enfermedades diferentes, probablemente determinantes de alteraciones no relacionadas entre sí.

A fines del siglo XVIII los avances de la medicina se sucedieron prácticamente sin interrupción. El médico Giovanni Rollo, quien a pesar del nombre pertenecía al cuerpo sanitario del ejército inglés, describió, por ejemplo, la catarata diabética (1796), y Marshall (1798) señaló que en el aliento de algunos pacientes diabéticos se distinguía un olor a manzanas podridas.

Pero también el siglo XIX fue pródigo en descubrimientos en este campo. En 1815 Chevreul identificó el azúcar contenido en la orina de los pacientes como glucosa o azúcar de uva; en 1825 Gregory aisló la presencia de acetona en la orina del diabético comatoso; en 1850 Trummer y Frehling difundieron sus propios agentes químicos que permitían valorar la presencia de glucosa en la orina, tanto cualitativa como cuantitativamente; Lancereaux (1877) y su discípulo Lapierre (1879) establecieron la existencia de dos tipos de diabetes: el primero en forma grave y aguda con un acusado adelgazamiento, y el segundo en forma crónica, menos grave y, con frecuencia, acompañado de obesidad.

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