Las dietas y la libertad – Diets and freedom
El siguiente texto es un extracto del libro Las dietas y la libertad (ISBN: 9781683251484) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Emilia Landaluce, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Introducción: herencia judeocristiana
Hasta hace tres años mi vida giraba en torno a una misma idea: hacer régimen. Desde el nacimiento de mi consciencia, este pensamiento se convirtió en una obsesión que me acompañaba a todas partes.
Era mi primera resolución al despertar, y el último propósito antes de dormirme; aparecía de improviso para invadir mi soledad y presidir soliloquios en los que se convertía en premisa indispensable para la consecución de mis planes de futuro.
En mi imaginario moral la delgadez se fue transformando en sinónimo de triunfo. Me imaginaba, por ejemplo, como la presidenta de Citibank, con todo lo que ello implica, embutida en un ajustadísimo mono de cuero negro, por supuesto.
Esbeltísima. Arrolladora. Imparable. Mis elaboradas fantasías de éxito profesional y amoroso estaban protagonizadas por una proyección de mí misma, mucho más delgada, mandando, apabullando, triunfando…
Poco a poco la dieta comenzó a infiltrarse en todas las parcelas de mi existencia: en la educación, en el esparcimiento, en la diversión, en el trabajo, en el amor… Era la autoridad. Conclusión: el régimen regía mi vida. Era una dictadura brutal, un régimen totalitario que, como el comunismo o el fascismo, se inmiscuía en cualquier parcela de mi actividad pública y privada.
¡Ah…!, pero yo era una empecedora del régimen, una inconformista, una disidente que aprovechaba cualquier signo de debilidad, cualquier excusa o relajo, para rebelarme y comer. Probé todos los métodos médicos y creí cualquier superchería. Sin embargo, todo fue en balde. Ahí estaba yo, gorda. Una auténtica activista del 68 —kilos, o más— plantando cara a aquel totalitarismo gris y dietético, pero sin adelgazar…
El régimen se implantó de improviso. Sin embargo, cuando logró alzarse con el poder, tuve la certeza de que, desde hacía mucho tiempo, había estado infiltrando a sus secuaces discreta y traicioneramente. Su advenimiento al frente del gobierno de mi cuerpo fue consecuencia de un proceso silencioso pero constante que significó el fin de una época convulsa, plagada de irresponsabilidades e inopias.
En teoría, la infancia, como la anarquía, es irreal, inocente y crédula. La primera vez que tomé conciencia de mi propio cuerpo tendría unos tres años. Estaba desnuda, buceando entre las sábanas de hilo de la cama de mi madre.
Recuerdo haber mirado mi torso plano y estrecho. Uniforme, informe, delgado. Con un solo golpe de vista podía entrever mis costillas. Respiraba y ahí estaba aquel sarcófago perfectamente definido. Por una lógica asociación de ideas, producto, cómo no, de la televisión, los esqueletos eran para mí sinónimo de muerte y hambruna.
¡Iba a morir!, no había duda. Recordaba con pavor el hambre de aquellos niños escuálidos y moribundos que aparecían en las noticias. Niños negros, de vientre hueco y rostro afilado, de enormes ojos blancos y ahuevados, que pronto se cerrarían para morir.
En la pared de la derecha, mi madre había colgado un cuadro que representaba la Crucifixión de Cristo. Recuerdo perfectamente el costillar sobresaliente de Jesús expirando. Raquítico, pálido, ¡tan lejano de la carnosidad del niño de Belén! Al pie de la cruz, había una calavera y unos huesos. La Biblia da respuestas infalibles. La incógnita de la ecuación se había despejado: huesos y muerte eran conceptos íntimamente ligados. Más tarde supe que la iconografía cristiana vincula esta osamenta con el primer hombre, Adán, y que simboliza la resurrección de la carne (sin connotaciones gastronómicas).
Pero si había algo que realmente me atemorizaba eran los marcados pómulos de la Sábana Santa, a la izquierda de aquel lecho monumental, fascinante y masoquista. Recuerdo que, cuando las lámparas del pasillo se quedaban encendidas, un haz de luz alcanzaba de refilón aquel lienzo, subrayando los rasgos sufrientes de Jesucristo. Los ojos desorbitados, la sangre goteando de la corona de espinas, la cabeza aparentemente flotando, despegada del cuerpo.
Entonces me invadía el pavor y me arropaba hasta las orejas, sacando sólo la punta de la nariz para poder respirar y evitando mirar directamente aquel cuadro tenebroso. Me parecía que aquellas imágenes se hallaban bajo el influjo de algún sortilegio maligno y que al mirarlas me arrastrarían, con sus huesos, al sufrimiento, a la desnutrición, a la muerte.
Mi teoría seguía sin ser desmentida. La inevitable mujer de negro estaba en todas partes amenazándome guadaña en —su huesuda— mano y dejando adivinar, bajo la capa, los temibles y terribles pómulos y costillas. Juré solemnemente que comería hasta hacer desaparecer aquel prominente costillar de mi cuerpo.
Siempre me ha parecido interesante culpar a estos anacolutos forrados de hilo de la llegada de la dictadura. Supongo que, para parecerme a Europa, me gusta explicar mi historia a partir de raíces judeocristianas. Empecé a comer para que esas costillas se hundieran bajo mi esponjosa barriga. Desde luego, la carne era mucho más atractiva que esos huesos antipáticos, fríos y ganchudos.
Cuatro años después empecé a darme cuenta de que nacemos para morir, para intentar convertirnos en esqueletos andantes hasta desfallecer o fallecer en el intento. Y ese, sin duda, debía ser mi destino. Pero, como siempre sucede, la revelación llegó demasiado tarde. Las anchas caderas de la Venus de Willendorf han pasado a la historia y un costillar bien visible es lo que realmente conmueve a la sociedad.
En mi detrimento, debo decir que no me resultó muy difícil deshacerme de los terribles huesos, pues siempre fui una niña bastante comilona, que desde la más tierna y rolliza infancia devoraba con auténtica delectación callos, foie-gras y queso picante. En mi defensa, he de decir que nunca fui obesa, quizá tan sólo me sobrasen cinco o seis kilos, lo cual aumentaba el absurdo de esa intensa pasión obsesión: adelgazar.
A los ocho años era ya redonda y carnosa, la viva imagen de la salud y del primer mundo. En aquella temprana edad se implantó una dictadura que duró casi quince años. En este tiempo probé todas —o casi todas— las dietas existentes. Me informé acerca de medicamentos. Tomé pastillas. Del mismo modo que los liberales españoles del siglo XVIII asistían a las tertulias políticas e intelectuales de París para empaparse de las figuras de la Ilustración, yo mantenía acalorados debates con partidarios de Atkins o Montignac.
De estos dos autores, los Montesquieu y Rousseau de las dietas, llegué a atesorar más de una docena de títulos diferentes. Lo intenté todo. Sin embargo, aquella cruel tiranía dietética me tenía a su disposición. Aterrada. Acomplejada. Siempre presa del miedo a que, en el juicio sumario presidido por la sociedad, se me declarase culpable de ser gorda. Y repito: tan sólo me sobraban unos kilos.
Antes de alcanzar la edad crítica de veintiún años ya había visitado más de veinte consultas de médicos especialistas en nutrición. Sus métodos, más o menos represivos, me enseñaron que cualquier régimen, por absurdo que sea, si se cumple a rajatabla, funciona.
Por otra parte, como todas las restricciones, la dieta provoca ansiedad y frustración, sensaciones que al comer se transforman en un extraño complejo de culpabilidad, lo cual, no obstante, no impide que los ataques al régimen impuesto se repitan e incluso se incrementen. Asimismo, cualquier dieta hace que la comida se vuelva tan atractiva que llega a divinizarse. Este anhelo de lo inalcanzable se traducirá en actos revolucionarios: ataques compulsivos que tendrán como primeras víctimas todos los alimentos vetados. Es decir, nos saltaremos el régimen y engordaremos.
Por este motivo, el primer paso para adelgazar es el libre compromiso con uno mismo. El deseo de adelgazar debe ser propio, nunca impuesto. Por lo general, en las dietas la mentalización se asocia a la coacción que supone la báscula. Sin embargo, se suele olvidar la importancia de la voluntad y la soberanía del individuo en cuestión. También aquí puede establecerse un paralelismo con el régimen político. Para la consecución de la libertad es necesario un pacto entre la sociedad civil y el Estado.
La justicia debe ser administrada por un poder objetivo e independiente, el judicial. No en vano este suele estar representado por una balanza. En nuestro caso, el poder judicial es la báscula; el legislativo, los regímenes, y nuestro propio cuerpo, la sociedad. La coacción del peso, es decir, de la justicia, no garantiza nuestra delgadez, ni tampoco la paz social.
La sociedad debe formarse y participar activamente en este proceso. El cuerpo ha de mentalizarse. La anarquía desaparece con la renuncia de la sociedad a infringir las leyes, a recurrir a la violencia. La educación (o mentalización) hace más fácil toda esta tarea.
Por ello, el compromiso con el cumplimiento del objetivo (adelgazar) es fundamental a la hora de seguir un régimen: cuanto más mentalizados y comprometidos estemos con la causa, más libres seremos y menos leyes necesitaremos, esto es, podremos seguir una dieta menos severa.
Yo lo he logrado. He convertido mi cuerpo en una nación liberal en donde la intervención del Estado, de las dietas, es mínima, pese a que sigo respetando las leyes fundamentales. En estos momentos puedo decir que soy una persona delgada. Y lo he conseguido mediante un método inconsciente y espontáneo que, tras mucho meditar, he decidido plasmar en estas páginas.
No busque en ellas tablas de calorías, índices glucémicos o intrincados corpus legislativos dietéticos. Tampoco complicados menús, ni recetas complejas. Aquí encontrará los factores que han influido en mi recientemente adquirida condición de delgada. También analizo las causas y condicionamientos de la gordura, conceptos sobre los que se han publicado numerosos estudios, pero a los que creo aportar una visión nueva y objetiva basada en mi propia vivencia.
Cuando estudiaba Historia, una de la preguntas más repetidas a lo largo de los años de exámenes fue: «Causas de la Revolución Francesa: la quiebra del Antiguo Régimen». Pese a las diferencias notables con la historia de los pueblos, me gusta concebir la dieta como una imposición, una dictadura, algo que no emana de mi soberanía ni de mi voluntad.
Desde niña la televisión, mi familia y la presión del entorno social me han abocado a acatar unas normas contra las que mi cuerpo se ha rebelado a medida que estas se han vuelto más duras y han tratado de injerirse en mi vida. Para lograr la felicidad, la anhelada libertad, el régimen debe ser derribado. Afortunadamente yo lo he conseguido, pero no mediante una revolución (esto es lo que recuerdo de los exámenes de Historia), que suele implicar ruptura y violencia, sino a través de una transición tan poco traumática como democrática, que me ha hecho delgada. ¿Cómo lo he logrado? Espero que mi experiencia le ilustre, aunque ya se sabe que no hay régimen político —ni siquiera el democrático—, ni dietético, que sea perfecto.
Los Cimientos De Los Regímenes Totalitarios
Para conocer los cimientos sobre los que se sustenta el régimen y las causas de la implantación del totalitarismo dietético debemos remitirnos a la antropología y a la historia. Toda confrontación política, guerra o revolución tienen un motivo, un origen, un germen. El de la dictadura dietética lo podemos encontrar en factores tan dispares como la genética, los hábitos de vida, el estrés, la ansiedad…
Mi familia siempre ha estado a régimen. Desde que tengo memoria, en nuestra casa ha habido tres temas de conversación predominantes: el campo, los perros y los regímenes de adelgazamiento. Más tarde, tras los atentados del 11 de septiembre, comenzamos a hablar de política. Supongo que esto explica este relato pormenorizado de mi vida.
Mis progenitores fueron fervientes combatientes contra el régimen, personas en permanente intento de adelgazar. Tras pasar por una clínica de adelgazamiento de la Costa del Sol, léase gulag o centro de tortura y adiestramiento para borrar todo indicio de disidencia y rebelión, fueron rehabilitados y pasaron a formar parte de su brutal aparato de coacción.
Luchando contra un destino que preconizaba gordura, mis padres sacrificaron enormes sumas de dinero, creyendo que, una vez delgados, podrían acceder libremente a una de sus pasiones: la comida. Pero su esfuerzo fue en vano. Nada pudo liberarles de la implacable persecución del régimen. La disidencia fue rápidamente doblegada y su voluntad, consecuentemente quebrada. Había que implantar la delgadez a cualquier coste. El precio pagado: una alienante renuncia a la libertad.
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