Curso de escritura automática – Automatic writing course
El siguiente texto es un extracto del libro Curso de escritura automática (ISBN: 9781639199129) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Bernard Baudouin, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Antes de abordar cualquier análisis de los mecanismos que rigen el funcionamiento de la escritura automática, será bueno recordar algunos de sus puntos esenciales.
A aquel que se interese por la escritura automática le conviene saber que su estudio y su puesta en práctica no pueden concebirse sin una dimensión espiritual previa. En efecto, reconocer la existencia de esta forma de comunicación significa, en primer lugar, acreditar la tesis según la cual un espíritu diferente del nuestro puede guiar nuestra mano.
Queda claro, de entrada, que esta noción puede poner en tela de juicio una educación tradicional, sea o no religiosa. El interés por la escritura automática nos conduce de forma irremediable a reconsiderar nuestros esquemas de pensamiento, a ver desde un nuevo ángulo nuestra concepción del mundo y de los seres que lo habitan.
Dejando a un lado su aspecto a veces espectacular, la atracción por lo sensacional, la búsqueda de un irracional insignificante y la aproximación de la escritura automática, empiezan, pues, a menudo, por un profundo replanteamiento de sí mismo y de la propia trayectoria. Es fácil comprender que este tipo de examen puede resultar desestabilizador para individuos que no posean una estructura mental y nerviosa lo suficientemente equilibrada.
Como todas las fuentes de conocimiento, la escritura automática deberá abordarse, por lo tanto, con la condición expresa de aceptar sus reglas fundamentales y, sobre todo, sin quemar las sucesivas etapas.
Introducción
Proponer un acercamiento racional a la escritura automática no deja de ser un reto, pues detrás de estas dos palabras anodinas se esconde una forma de contacto que rompe con todas las referencias y modalidades de nuestro universo material.
Si bien todos nosotros nos vemos cotidianamente enfrentados a un tipo u otro de escritura, ya sea como autores, copistas o simples receptores, otorgarle la función de «automática» confiere inesperadamente a ese modo de expresión, el más frecuente después del habla, una dimensión diferente.
Y precisamente de eso se trata: el simple hecho de evocar la «escritura automática» abre la puerta a otro universo. El campo de la conciencia se ensancha de golpe: aquello que nos parecía constituir la totalidad de nuestro mundo ahora lo vemos como una ínfima parte de lo que existe.
Podría compararse con un zoom que, partiendo de nuestra casa —que nos resulta perfectamente conocida y en la cual nos sentimos seguros—, nos llevará a descubrir, ampliando el marco inicial, una ciudad inmensa y, tras ella, extensiones infinitas.
En efecto, es hacia el infinito donde la escritura automática nos lleva, rompiendo todas las barreras de nuestros estrechos puntos de mira e invalidando las definiciones oficiales de los científicos más materialistas.
Pero entre las consecuencias ligadas al descubrimiento de la escritura automática, hay una que, sin lugar a dudas, destaca y su- pera a todas las demás: ese conocimiento —veremos más tarde que en realidad podría tratarse de un re-conocimiento— rompe las fronteras de nuestra existencia.
Si la escritura automática tiene una función que cumplir es con toda certeza la de mostrarnos, enseñarnos, explicarnos a través de innumerables testimonios y referencias que esa muerte que tanto tememos no es el final de nuestra vida, que la energía de la cual nosotros somos la expresión no desaparece sino que, simplemente, cambia de estado.
Resumiendo, que ese término que horroriza al hombre desde la noche de los tiempos, que genera tanto miedo, angustia e impotencia, no es una destrucción ineluctable y definitiva que nos sumerja de repente en la nada.
Ahí está la revelación, hecha a cada uno de nosotros, que nos ofrece sus palabras tan sencillas y claras: «La escritura automática, como toda escritura, es ante todo un vector de conocimiento». Por encima de su aspecto a veces espectacular y de los intentos superficiales que suscita, lejos de las modas pasajeras o del fanatismo orquestado por hábiles vendedores, es también —y sobre todo— la correa de transmisión de un saber esencial.
Un saber oculto, lejano, idéntico en las sucesivas civilizaciones, conocido en todas las épocas sólo por los iniciados y, no obstante, accesible a cada individuo por poco que se implique realmente en un aprendizaje y una búsqueda mucho más sutiles y significativas que los que se imparten normalmente en las escuelas tradicionales.
Mucho más que una sucesión de palabras anodinas y fríamente funcionales que vienen a enmascarar páginas blancas, la escritura automática es un verdadero vínculo que realiza la fusión química —o «alquímica»— entre el aquí y el más allá, un punto de unión fundamental entre el microcosmos de nuestra vida cotidiana y el macrocosmos al cual pertenecen tanto el sistema solar y nuestro planeta como el alma de cada uno de nosotros.
No obstante, no nos engañemos: por mucho que esté provista de un sentido muy particular, esta escritura no tiene de automática más que la puesta en marcha del proceso práctico. El sentido profundo del contenido no responde en modo alguno a las normas de un mecanismo bien engrasado.
La primera revelación que nos desvela reside en el hecho de que no puede haber evolución real para el hombre sin una dimensión eminentemente espiritual. Si bien esta concepción no pone en tela de juicio los beneficios de un intento de elevación social, no deja de subrayar, no obstante, la absoluta necesidad de una implicación del ser humano en los valores altamente espirituales, como único camino para llegar a esa paz interior y a ese equilibrio sutil entre lo material y lo inmaterial a que todo individuo aspira.
La escritura automática, pues, no se puede comprender ni percibir con una nitidez perfecta si nos fijamos únicamente en su expresión gráfica. Es a la vez medio, forma y también contenido, señal, mensaje… en una palabra, comunicación total.
¿Qué nos enseña la escritura automática? Que más allá de las palabras y de su combinación mecánica, detrás de las frases sabiamente articuladas, dentro del respeto de las reglas sintácticas o incluso en la sucesión de pensamientos que hallan a través de la escritura su materialización en el lenguaje, en determinados casos se da una comunicación que es algo más que práctica y cuyo nivel de intercambio intelectual y espiritual es a menudo insospechado por el común de los mortales.
Una comunicación que hace desaparecer de un trazo firme nuestra escueta frontera entre la vida y la muerte, devolviendo todo su sentido al instinto del hombre, así como a su trayectoria mucho más que humana.
Por todas estas razones, entremos en comunicación, demos a nuestra mano la capacidad de actuar, levantemos la pluma y dejémonos llevar por las palabras…
Definición
Escribir. Pronunciar esta palabra es ya todo un programa. La simple referencia a la escritura desencadena en cada uno de nosotros un torbellino de imágenes, letras y frases que se combinan de acuerdo con un código, ritmos cambiando al son de una puntuación sabiamente matizada.
Textos memorizados o simplemente ojeados, libros, artículos, referencias literarias, palabras garabateadas a toda prisa, largas misivas con destinos lejanos; todo ello nos viene de forma súbita a la mente.
Y desde ese momento, curiosamente, sin casi darnos cuenta, pensando en escritura hemos pasado al mundo de la lectura, esa otra faceta del escrito. Ahora bien, el escrito no es más que la finalidad del complejo proceso de la escritura, la expresión realizada —por la fusión de las palabras— de una de las necesidades más vitales del hombre: comunicarse.
Para convencernos de ello, borremos por unos instantes la barrera del tiempo y volvamos a los orígenes de la escritura.
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