Ponga a prueba su C.E. (coeficiente emocional) – Test your E.C. (emotional quotient)
El siguiente texto es un extracto del libro Ponga a prueba su C.E. (coeficiente emocional) (ISBN: 9781683250036) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Thierry M. Carabin, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
¿Test o juego?
«¿Habíais notado que tengo pulsiones homicidas?». La pregunta cayó, simple, directa, seca como un golpe de garrote o, mejor aún, como una cuchilla. Desconcertados, unos y otros se turbaron.
¿Había inventado Arturo un nuevo juego? ¿Había querido imponer silencio para ofrecer una de esas agudezas de las que sólo él parecía tener el secreto? ¿Hablaba en serio y su pregunta presagiaba el anuncio de un drama? ¿Íbamos a ser nosotros los testigos o las víctimas? Si explico esta escena hoy, es debido a que la sangre no corrió aquella noche.
¡Pero ninguno de los participantes la ha olvidado! Arturo nos explicó la emisión radiofónica, el presentador talentoso, el artista invitado en plena «visita casera», las comparsas a cada cual más alegre. Nos comentó la pregunta que había oído. «Está usted en una isla. ¿Qué ve? Si no ve nada, pulse la tecla 1.
Si ve un navío, pulse la tecla 2». Nos dijo que apretó el 1. Su bola de cristal estaba rota ese día y por eso no «veía» nada. ¡Arturo nos contó también que, unas ocho preguntas más tarde, se sentía decir que tenía pulsiones homicidas! Así lo testimoniaban sus respuestas a las preguntas.
Ya puestos en confidencias, Arturo nos explicó aún que la pregunta del barco había suscitado algunos interrogantes y comentarios, aunque también las demás. Un docto y bravo: «Se trata de la cuestión de la botella medio vacía o medio llena» propició la palabrería. Escogiendo la tecla 1, Arturo había demostrado, según el inventor del test, un pesimismo latente, cosa que podía —o eso parecía— revelar la existencia de pulsiones agresivas, a cada cual más lúgubre que la anterior.
La conversación que siguió fue particularmente animada. Juan fue el primero en indicarnos que la presencia de agradables isleñas le habrían hecho despreciar el barco. Javier pensaba que, en su caso, un periodo sabático habría sido bienvenido, y que se habría guardado bien de intere-sarse por los barcos por lo menos durante seis meses.
¡Bernardo puso en duda la interpretación de la respuesta, y precisó que aquel que tiene visiones cuando el tiempo está tranquilo se inclinaría más fácilmente a ceder ante pulsiones homicidas durante un gran vendaval! Con su pragmatismo habitual, Beatriz subrayó que, gracias a internet, vivir en una isla ya no representaba un problema. Los hermosos y sombríos ojos de Elvira se animaron para dibujar el ambiente de un puerto, tal y como la aficionó a hacer el gran novelista de Liège Georges Simenon.
Explicarle toda la conversación me llevaría tranquilamente unas diez páginas. La emisión radiofónica logró pues su objetivo: suministrar un tema de conversación permitiendo a cada uno hacer uso de su creatividad, agudezas y otras jovialidades. Si Arturo no hubiese estado solo con su aparato de radio, muy probablemente se hubiera reído de lo que no era más que un juego, y que no tenía más razón de ser que conceder alguna vía de escape.
Él y su banda de amigos jaraneros habrían pues, virtualmente y a distancia, tomado el pelo tanto al presentador desgreñado como a su árbitro sentencioso. En todo juego, es necesario un juez para enunciar las reglas. Y para que el juego de roles funcione, es necesario que cada uno se sumerja plenamente en su personaje.
La reflexión estaba hecha, Arturo así convino. Era un juego. Calificar este amable pasatiempo de test es realmente abusivo, pero es una manera de definir rápidamente el tipo de juego al que el oyente es invitado. Y encontrar pulsiones homicidas en diez preguntas barco no puede engañar verdaderamente más que a aquellos que no reflexionan más allá de la punta de sus narices.
Por otro lado, nadie ha definido aún el concepto pulsión homicida y, si la pregunta hubiese sido planteada seriamente, la respuesta habría sido prudente. Porque el foso es grande, entre el antojo de matar que proviene de un problema psiquiátrico y la pulsión excepcional que se siente en un contexto también excepcional.
¿No sería inhumano no sentir esa pulsión en presencia de un drama, en el que la víctima martirizada fuese un pariente o incluso un desconocido? ¿Quién no tendría, pues, ganas de acabar con la masacre? En un contexto así, ¿quién se pararía a reflexionar largamente antes de poner en peligro la vida, o siquiera la salud, del agresor desencadenado?
Dejemos aquí este ejemplo. Tenía el mérito de abrir un debate y de incitar a la reflexión. Es una deriva común la que consiste en utilizar un término genérico, en vez de usar la palabra adecuada. Esto revela pereza, y engendra el quid pro quo. Tomemos el ejemplo de ese buen esposo andaluz al que su mujer le ha pedido que le trajera pasteles. El hombre ha pasado por la pastelería y ha comprado uno bien grande.
Al volver a casa ha recibido una regañina porque la señora quería pequeños canapés para acompañar el champán en el aperitivo. Ella podría haber querido galletitas para el café, un bizcocho para el té, pero sin embargo sólo ha pedido pasteles. El empobrecimiento del lenguaje no es nuestro tema principal aquí pero hay que comprender que tiene mucho que ver. En vez de anunciar un test, habría sido mejor presentar un juego o un juego-test.
La prensa tiene como función informar. Ofreciendo páginas de juego al lector, este puede distraerse y, a menudo, realizar una reflexión útil. Interrogarnos sobre cuál podría ser nuestro comportamiento en tal circunstancia, reaccionar sobre tal acontecimiento social… todo esto se ha hecho posible por esos enfoques lúdicos de los que sólo los mejores periódicos tienen el secreto.
Tomar conciencia, a través del juego, del aspecto particularmente mezquino de algunas de nuestras actitudes puede hacerle bien a cualquiera, que tenga la preocupación por vivir lo más en armonía posible con el prójimo. Los periodistas también han recurrido al juegotest y a las anécdotas para hacernos palpar los nuevos hábitos de consumo, por ejemplo. Le dan un servicio al lector, haciéndole notar aquello que las relaciones no dan y que los buenos amigos no tienen tiempo de hacer aflorar.
Con los mini-test que publican, los periódicos informan también a los lectores, les muestran en qué consiste el test y, sobre todo, recuerdan todo aquello que este tipo de herramientas aporta. Cuando un periódico muestra la foto de un nuevo coche, todos sabemos que la vista ofrecida corresponde al ángulo escogido por el fotógrafo. ¡Ocurre exactamente lo mismo en los vastos dominios de la psicología!
Un verdadero test
Este libro presenta un verdadero test: ciento treinta preguntas tanto para la versión femenina como para la masculina. Hay preguntas que a primera vista se parecen mucho entre ellas porque giran alrededor del mismo tema, pero los enfoques son diferentes y los matices son tantos y tan diversos que el mismo término resulta inapropiado.
Alguna que otra vez, tendrá que escoger rápidamente entre dos opciones. Más allá, será invitado a concentrarse profundamente. Serán necesarias una o dos relecturas antes de que la verdadera elección designe su respuesta entre cinco o seis proposiciones. Lo que tiene entre las manos es un verdadero test, rigurosamente semejante al que podría utilizar un profesional a propósito de una consulta, una contratación o un informe.
En los test de conducta, las preguntas que se encabalgan son muy útiles porque desarman a los tramposos. A los que buscan la buena respuesta y no aquella que refleja mejor su verdadera naturaleza se les llama pequeños malvados.
La longitud del test es una necesidad. Garantiza su fiabilidad y su precisión. Redúzcalo a diez preguntas y tendrá entre las manos un enredo o, mejor aún, una muestra susceptible de revelar una tendencia bruta. Se puede comparar con un termómetro. ¿De qué le serviría a su médico si no hiciese la distinción entre 36,3 °C y 37,7 °C? Un test debe ser discriminador, sin esa condición resultaría totalmente inútil.
De alguna forma sería como fabricar un metro con material elástico y no con metal. La obtención de indicadores fiables, parecidos a los que le son dados en este libro, precisa de baterías de preguntas bien estudiadas, que permitan un barrido eficaz de las diversas facetas de un comportamiento. Esas preguntas no son imaginadas al azar. En realidad, llevan al sujeto a situarse sobre una posible reacción yendo del pesimismo al optimismo, por ejemplo.
El test de inteligencia emocional no es un test de ejecución. Es un test de comportamiento. Hay una ponderación de las preguntas por tipo o naturaleza, una ponderación de las respuestas a las preguntas, así como una ponderación de los temas abordados. En este tipo de test, el tiempo no es tomado en consideración. El psicólogo que administra el test no lo cronometra. Evidentemente hay un límite superior, más allá del cual muchas preguntas serán realizadas para conocer la capacidad de lectura y de comprensión del sujeto, su indecisión enfermiza u otra confusión.
En un test de ejecución, otra forma de ponderación natural reside en la dificultad creciente de los ejercicios propuestos. Son muy raros los sujetos que completan las respuestas a todas las preguntas de los llamados test de dominó, o de matrices, en el tiempo asignado.
En fin, un test de comportamiento no merecería ese nombre si las respuestas consideradas señalaran al sujeto evidencias. Sería el caso si las preguntas fuesen exageradas, o simplemente exentas de matices. Este también sería el caso si la formulación de las preguntas designase implícitamente una respuesta determinada.
Los verdaderos test son realmente útiles. Porque son el resultado de análisis precisos, son una muestra de la alta tecnología. Porque son el producto del ser humano, son perfectibles.
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