Cultura, espiritualismo y creencias

Géminis – Gemini

El siguiente texto es un extracto del libro Géminis (ISBN: 9781683250265) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Costanza Caraglio  Chiara Bertrand, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

Cuando el editor me propuso colaborar en la colección de astrología que planeaba publicar, y me preguntó de qué signos podría ocuparme, elegí instintivamente los cuatro primeros. La razón, al principio inconsciente, se me reveló más tarde con toda claridad.

La elección de Aries y Tauro, como ya he explicado en los libros correspondientes, obedece a una especie de relación de amor-odio que siempre he sentido hacia el primer signo, en el que se sitúa mi Nodo Lunar Norte, es decir, la indicación del camino que debo seguir para mi evolución espiritual; y a la admiración que me inspira el segundo por la solidez que demuestra en toda circunstancia de la vida.

En este volumen explicaré por qué escogí Géminis.

Tengo un Saturno fuerte —planeta que simboliza también la racionalidad y la vejez— en Capricornio, en conjunción con el Ascendente. Aunque esta posición se relaciona armónicamente con el Sol y con los demás planetas, ha sido siempre un indicador de un riguroso sentido de la responsabilidad al que he tenido que someterme, a veces incluso por la fuerza, desde muy joven.

En contraste, la cúspide de mi quinta casa —que, entre otras cosas, representa también la dimensión teatral del individuo— cae en el signo de Géminis, el signo más joven, brillante y travieso del zodiaco. Dejo que sean los propios lectores quienes imaginen el drama interior que esto ha podido provocarme: cada vez que la representación del Yo se inclinaba hacia la ligereza, aparecían puntuales como relojes suizos los temibles sentimientos de culpa.

Muchas veces he soñado que era un nuevo Peter Pan y que disfrutaba de la vida con todas las aventuras posibles. Pero no. Poco a poco, he tenido que tomar conciencia de la severidad de ese Saturno, y al final, ahora, le estoy agradecida.

Por esta razón, cada vez que me encuentro con un Géminis puro me siento fascinada, pero también me invade un vago sentimiento de inquietud. ¿Dónde podríamos encontrar juntos tanta inteligencia y ligereza, astucia y encanto, curiosidad e inventiva, locuacidad y diplomacia como en el signo de Géminis? ¿Y cómo puede el nativo utilizar lo mejor posible estas cualidades en la difícil vida cotidiana? ¿Y cuántas veces debe fingir estar contento cuando, en realidad, no lo está?

Como ocurre con todos los signos, el Géminis puro rara vez existe; por tanto, para este extraño, encantador y cerebral amigo, convivir consigo mismo no siempre es fácil.

Entre mis amistades cuento con un Géminis muy inteligente, claramente por encima de la media, capaz de encantar a cualquier auditorio con la brillantez de su elocuencia y su infinita cultura. Sus estudios, desde la guardería hasta la universidad, fueron una auténtica carrera de obstáculos. Triunfaba donde los demás no conseguían avanzar, y se estancaba en las cosas más sencillas y banales.

Estar con él es como contemplar unos fuegos artificiales de ideas, de las más geniales e inimaginables. Su brío y su movilidad cautivan a quien lo conoce. Pero… hay un inconveniente: además de tener algunos planetas en posiciones difíciles, posee una dulce y vulnerable Venus en Cáncer, que representa su talón de Aquiles. Son pocos los que logran entenderlo, ya que su actitud exterior permanece inmutable incluso cuando se siente herido o sufre intensamente por alguna desilusión. Es también por esto que lo quiero tanto.

A él, y a todos los Géminis que leerán este libro, quiero dedicarles un poema del poeta ruso Serguéi Yesenin:

«Quiero vivir, vivir, vivir

Vivir hasta el mal, hasta el dolor, hasta el aburrimiento, incluso como un ladrón, como un minero, en cualquier infierno humano, pero ver en el campo a los ratones que saltan de alegría, pero escuchar a las ranas que cantan extasiadas en las cisternas.

Mi alma florece blanca como el manzano, el viento me ha consumido los ojos en un incendio azul.

Ahora decidme, decidme lo que tengo que hacer, pero en el huerto de los hombres nunca, nunca tiene que apagarse mi susurro.

COSTANZA CARAGLIO

Mitología y simbolismo

Una de las claves esenciales para comprender la astrología reside en el conocimiento del mito y su interpretación en clave contemporánea. En todo mito subyace una verdad de orden moral y espiritual, envuelta en formas alegóricas, que la astrología acoge como propia y cuyo simbolismo el astrólogo está llamado a descifrar. A través del mito podemos reconectar con nuestros miedos, virtudes y sombras.

Es mediante estos relatos fundacionales que accedemos a las estructuras arquetípicas del alma humana, reflejadas en el significado de los signos zodiacales y de los planetas que componen un tema astral. El propio C. G. Jung consideraba que el mito encarna la expresión del inconsciente colectivo, una suerte de memoria ancestral acumulada a lo largo de milenios de evolución humana.

Así, la astrología nos relata, a través del lenguaje metafórico de los mitos y de la secuencia de los signos, la historia de la humanidad y nos proporciona pistas sobre el camino que aún debemos recorrer. Porque, ¿qué es la mitología, sino la representación del mundo entero en nuestro interior —lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos?

En todas las culturas y mitologías, el signo de Géminis ocupa un lugar relevante. En sus diversas formas, ha simbolizado la coexistencia de dos naturalezas: una luminosa y otra sombría. Esta dualidad puede interpretarse tanto como oposición de fuerzas (el bien y el mal, por ejemplo) como complementariedad armónica (como en el ying y el yang del Tao, donde cada aspecto contiene y equilibra al otro).

El mito central en el que se inspira la astrología para este signo es el de Cástor y Pólux, los célebres Dióscuros. En la mitología griega existen también otros gemelos, como Anfión y Zetos, pero su historia se narra con menor detalle.

Cástor y Pólux eran hijos de Leda. Según la leyenda, fueron concebidos la misma noche, pero sólo Pólux fue reconocido como hijo de Zeus, mientras que Cástor habría sido engendrado por Tindáreo, el esposo legítimo de Leda. La historia relata que Zeus, cautivado por Leda, adoptó la forma de un cisne blanco para unirse a ella junto al río Eurotas. Esa misma noche, Leda fue también poseída por Tindáreo, y al cabo de un tiempo dio a luz un huevo del que nacieron ambos gemelos. Por esta razón, sólo Pólux recibió la inmortalidad de su padre divino, mientras Cástor permanecía mortal.

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