Los árboles frutales – Fruit trees
El siguiente texto es un extracto del libro Los árboles frutales (ISBN: 9781683253884) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por F. Lamonarca, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Necesidades ambientales de los frutales

Cualquier árbol frutal, para dar altos rendimientos de cantidad y de calidad, precisa unas condiciones atmosféricas adecuadas. Sólo cuando se cumplen dichas condiciones se puede garantizar un rendimiento máximo.
De ahí que el fruticultor deba escoger cuidadosamente el lugar de emplazamiento, sin perder de vista que cada especie y cada variedad cultivada tiene sus propias exigen cias de suelo y de clima.
Sólo en circunstancias particulares, por ejemplo, las explotaciones industriales, puede ser recomendable el empleo de correctivos para modificar o aprovechar suelos poco aptos, e incluso puede ser provechoso modificar hasta cierto punto las condiciones climáticas recurriendo a protecciones artificiales, como rompevientos, muros, invernaderos, etc.
Estos procedimientos, aunque logran el objetivo deseado, conllevan un importante gasto, con el consiguiente incremento del coste de producción.
El clima
Es preciso tener en cuenta, según la especie y variedad que se pretende cultivar, los siguientes condicionantes: temperaturas máximas y mínimas, intensidad de la luz, cantidad y distribución de las lluvias, época y frecuencia de las escarchas, importancia de las nieblas, frecuencia del granizo e intensidad del viento.
Temperatura

Respecto a las temperaturas extremas, las que más nos interesan son las mínimas, puesto que en nuestros climas los árboles se resienten más de los daños causados por el frío intenso que de los originados por las temperaturas elevadas. Evidentemente, las plantas pueden sufrir por exceso de calor, al sobrepasar ciertos límites de temperatura, en especial si este calor va acompañado de vientos secos.
Algunas veces, en la parte del fruto más expuesta a las radiaciones solares, especialmente en el caso de las manzanas, que es una de las frutas más sensibles, se evidencian unas manchas debidas a las escaldaduras. Estos frutos son menospreciados y susceptibles de podredumbre.
El exceso de calor también puede perjudicar las hojas, los troncos y las ramas, si después de haber permanecido en la sombra se les practica alguna operación de poda y se les expone a la acción directa de los rayos solares.
La resistencia al frío varía mucho en función de la especie y la variedad, incluso de una planta a otra, según sean su vigor, su estado de salud y el grado de significación de las partes jóvenes.
Otros factores externos que contribuyen a que varíen los límites mínimos de temperatura tolerables son el momento en que aparecen los fríos, su duración, el paso del hielo al deshielo, la presencia de nieve, la humedad del terreno y del aire, el viento, etc.
Las bajas temperaturas no resultan muy peligrosas cuando aparecen gradualmente. Mucho más graves son, en cambio, las consecuencias cuando a un periodo de días cálidos sucede de súbito una oleada de frío.
Uno de los peligros más graves para la cosecha son las heladas tardías de primavera, cuyas oleadas de frío se presentan cuando los frutales han iniciado ya la vegetación después del periodo de reposo invernal. Los tejidos jóvenes de los órganos florales, de los botones y de las hojas en proceso de crecimiento son extremadamente sensibles a las bajas temperaturas.
Cuando el descenso de la temperatura va acompañada de escarcha en la superficie de las plantas el daño se debe sobre todo, en el momento del deshielo, a la notable sustracción de calor por parte del hielo, que pasa rápidamente al estado líquido y, luego, de este al vapor. La defensa contra el hielo es siempre costosa.
Si el descenso de temperatura no es considerable y tiene lugar en días serenos y sin viento se puede proteger el huerto con espesas humaredas de fogatas de materiales diversos: paja mojada, estiércol, musgo, harapos embebidos de sustancias oleosas o alquitranosas, ramajes y hojarasca húmedos, etc.
La capa de humo producida impide la dispersión nocturna por irradiación del calor del suelo hacia la atmósfera, simulando la acción que ejerce la niebla al enfriar las capas más bajas de la atmósfera.
Este método de defensa sólo puede dar resultado si el humo se mantiene en una zona. Para evitar que se disperse por la acción de las corrientes de aire hay que crear una auténtica organización que se ocupe, en el momento conveniente, del traslado del material que se va a quemar. Según sea la dirección del viento, se encenderán fogatas en mayor o menor cantidad y ubicadas en un lugar determinado. En el mercado se pueden encontrar hornillos productores de humo de manejo práctico y capaces de producir en breve espacio de tiempo una gran cantidad de humo, pero aún resultan caros.
Otro sistema de protección, también gravoso, consiste en calentar la atmósfera con estufas de petróleo o de nafta. El principio en que se basa el caldeamiento de las huertas no es el de aprovechar directamente el calor de los hornillos en favor de los árboles, sino el de hacer que la corriente ascendente de aire caliente produzca por reacción una corriente dirigida hacia la parte baja de las capas de aire caliente sobre las copas de los árboles.
Efectivamente, el aire más frío se sitúa entre la superficie y unos dos o tres metros del suelo. Por efecto del calentamiento tiene lugar una mezcla entre las capas de aire frío y menos frío y, por consiguiente, una elevación de la temperatura del aire que está en contacto con los árboles.
Para agitar el aire se emplean, a veces, potentes ventiladores a motor con los que, bien provistos de fuentes de calor dispuestas convenientemente, se obtiene una mejora en la protección.
El sistema de lucha contra el hielo más eficaz es la irrigación por lluvia artificial que se fundamenta en el siguiente principio: el agua que cae sobre las plantas en forma de lluvia muy fina por la acción de la baja temperatura del aire se transforma en hielo y al congelarse cede calor a los órganos de las plantas que cubre y a las que, por consiguiente, protege de la congelación.
Para conseguir el efecto deseado hay que iniciar la irrigación antes de que la temperatura alcance 1 °C y continuar la operación hasta que la temperatura de la atmósfera ascienda a 2 °C; de esta manera, el deshielo se produce sin que la reabsorción del calor, durante el cambio de estado por parte del agua, pueda ocasionar daño a las plantas.
El coste de esta instalación, un tanto elevado, puede aceptarse si se tiene en cuenta que los gastos de manutención son limitados y que también puede emplearse para el riego en forma de lluvia durante el periodo estival.
Luz
Este elemento ejerce una acción de capital importancia para la vida de las plantas, ya que condiciona los principales fenómenos de su existencia, como, por ejemplo, la fotosíntesis, que es el proceso fundamental de la nutrición, la transpiración, la respiración, etc.
Es necesario que las diferentes partes de planta, incluso las menos expuestas, reciban luz en abundancia. No deben, pues, omitirse los cuidados debidos a la copa; si la vegetación de esta es demasiado espesa, la escasez de luz en su interior impedirá la formación de ramitos fructíferos.
Asimismo, si la insolación del tronco y de las ramas, especialmente en los árboles jóvenes, es excesiva pueden producirse desequilibrios entre la absorción radicular y la transpiración de las partes aéreas, con perturbaciones graves sobre la vitalidad de las plantas.
Agua
Lluvia, nieve, rocío, niebla, escarcha y granizo son los meteoros acuosos que más interesan al fruticultor, por la acción benéfica o perjudicial que ejercen sobre las plantas.
La lluvia constituye el principal suministrador de agua para el suelo. Incluso en aquellas regiones y circunstancias en que es posible proveer artificialmente de agua al suelo, un régimen de copiosas y bien distribuidas precipitaciones permite restringir el riego y reducir el gasto que ello representa.
Las lluvias persistentes en el periodo de la floración ejercen una influencia negativa sobre la producción, ya que al hidratar el polen por el lavado de las anteras y de los estigmas de la flor entorpecen o imposibilitan su germinación y al obstaculizar el vuelo de los insectos que realizan la polinización impiden que tenga lugar la fecundación.
Por regla general, la nieve tiene una influencia beneficiosa, pero si va acompañada de vientos helados puede dar lugar a la formación de costras de hielo en las ramas y los consiguientes perjuicios para el árbol. Además, cuando el espesor de la nieve es excesivo pueden producirse desgarros y cortes en las ramas.
La niebla es dañina, en especial durante el periodo de la floración, porque obstaculiza la fecundación. Además, favorece el desarrollo de enfermedades criptógamas, causantes de la destrucción de la flor y la prematuridad del fruto. La lucha contra la niebla sólo puede ser preventiva; debe evitarse cualquier plantación en las zonas donde predomine dicho meteoro. Al rocío puede considerársele útil, en particular en las zonas de clima cálido, porque atenúa la aridez estival.

En cambio, la escarcha nunca produce efectos beneficiosos. Los daños que causa a los frutales son semejantes a los producidos por las bajas temperaturas, agravados en algunos casos, con la vuelta de la temperatura por encima del cero, por la rapidez con que puede producirse el paso del agua del estado sólido al líquido. Casos de este tipo pueden presentarse tanto en otoño como en primavera, es decir, tanto en la época de maduración de los frutos como durante la floración.
Para prevenir los daños ocasionados por la escarcha se adoptan los mismos medios empleados para combatir las bajas temperaturas, pero, antes de decidirse por el montaje de instalaciones de cierta importancia, o juzgar la conveniencia de utilizar la defensa artificial, conviene cerciorarse de la frecuencia con que aparecen las escarchas.
El granizo perjudica a las plantas en periodo vegetativo; produce grietas en la corteza, trunca los brotes tiernos y arranca o echa a perder los frutos. Los perjuicios, siempre importantes, son mayores o menores según la época en que se produce el granizo, su violencia, su tamaño y duración, etc.
A los daños directos, que pueden llegar a destruir por completo la cosecha, hay que añadir a menudo los indirectos, como la aparición de enfermedades por microorganismos parasitarios que penetran libremente, a través de las heridas, grietas y desgarros, en los tejidos sanos de la planta.
Asimismo, hay que considerar el esfuerzo que la planta debe realizar para reparar las destrucciones de su aparato vegetativo o el descenso de temperatura consiguiente a toda granizada. Los medios hasta ahora ideados para impedir la granizada, desde los cohetes para ahuyentarla utilizados a principios del siglo XX hasta los más recientes cohetes antigranizo, no han tenido el éxito esperado.
El sistema de defensa más seguro lo constituye el empleo de redes montadas en forma de techo tenso, en general, de dos vertientes, para cada línea de plantación. La instalación de estas redes y el correspondiente sistema de soporte supone un gasto de consideración que no suele estar al alcance de todos los fruticultores.
Actualmente se emplean con buen resultado redes antigranizo de materiales plásticos resistentes a los agentes atmosféricos, bastante ligeros y manejables.
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