Las plantas bulbosas: Cultivo y cuidados – Bulbous plants: Cultivation and care
El siguiente texto es un extracto del libro Las plantas bulbosas – Cultivo y cuidados (ISBN: 9781683256533) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Edward Bent and Aldo Colombo , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Introducción

Casi todo el mundo conoce bien los tulipanes, los narcisos, los jacintos, los ciclámenes, los gladiolos y los lirios, pero existen otras muchas especies para apreciar y plantar en el jardín.
Este libro pretende dar información sobre el mundo de las plantas bulbosas y sus posibilidades de enriquecer los jardines con colores que se mantienen vivos durante muchos meses del año.
En efecto, las plantas bulbosas ofrecen un magnífico surtido de formas, flores y hojas, colores diversos e interesantes posibilidades para el jardín, entre otras cosas porque pueden naturalizarse bajo un árbol o en el césped. Se pueden cultivar provechosamente en borduras, arriates y rocallas; algunas destacan de forma especial como heraldos de la primavera, llevando los primeros colores al jardín; en cambio, otras variedades de bulbosas despiertan un interés creciente por sus colores estivales y otoñales.
Sin embargo, su uso no se limita al jardín; algunas bulbosas se plantan en recipientes para dar color flexible en macetas y jardineras de terrazas y balcones en distintas épocas del año. Ello se debe a la disponibilidad de bulbos preparados de una muy buena calidad que florecen deprisa y con buenas garantías de éxito.
Su cultivo es relativamente fácil incluso para los jardineros poco expertos, y las instrucciones de plantación suelen ser bastante claras y exhaustivas. Por último, si se dispone de una zona protegida en la terraza, con mucha luz, o, aún mejor, de un pequeño invernadero, frío o caldeado, también se pueden cultivar con éxito algunas especies de bulbosas delicadas.
Un poco de historia

El uso de las plantas bulbosas es muy antiguo: probablemente ya en la prehistoria nuestros antepasados se alimentaran de raíces carnosas. En China, desde hace miles de años las escamas y los bulbos de azucena se emplean de distintas formas para preparar tónicos y reconstituyentes. No cabe duda de que ya los antiguos egipcios cultivaban las cebollas, del mismo modo que los sudamericanos precolombinos producían las patatas y, hace también varios miles de años, los cretenses exportaban el azafrán (el cual se obtiene de la flor del Crocus, una planta bulbosa).
También el uso ornamental de las bulbosas se remonta a las antiguas civilizaciones de Egipto, Grecia, India, etc.
En China, por ejemplo, el uso de la peonía como planta ornamental en los palacios imperiales y templos se remonta a la dinastía Tang (620-907).
Desde la Antigüedad se ha atribuido un significado religioso a las flores de algunas bulbosas, en primer lugar la azucena (Lilium); en la Biblia, por ejemplo, se lee que se esculpieron flores de azucena como símbolo de pureza en los capiteles del Templo del rey Salomón (961-922 a. C.). Algunas simbologías fueron conservadas en la época cristiana, como en el caso de la azucena, emblema de virginidad o de castidad, vinculada tanto a la figura de la Virgen como a la de San Antonio de Padua.
El iris blanco (y no lirio, como es denominado comúnmente) se convirtió en el símbolo de Florencia desde el siglo XI: al parecer, los florentinos participaron en las Cruzadas con este estandarte, derivado del Iris germánica var. florentina, de flor blanca. En efecto, la primera bandera de la ciudad toscana llevaba un iris blanco sobre campo rojo: los colores fueron invertidos por los güelfos para distinguirse así de los gibelinos en el exilio, que habían mantenido los colores originales.
Un momento fundamental en la historia de las bulbosas es la introducción en Europa del tulipán: al parecer fue un embajador austriaco quien trajo varios bulbos a Viena desde Turquía, en 1544. Unos cincuenta años más tarde, Charles de l’Écluse, profesor de botánica, trajo consigo desde Viena una colección de bulbos dando inicio a la llamada tulipomanía, que estalló primero en Francia entre 1610 y 1620 (aparecen especies de tulipanes en algunas tablas coloreadas del Hortus Eysettensis, obra publicada en Alemania en 1613), para luego alcanzar la cima en Holanda en 1634.
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