Familia y relaciones

El psicólogo en casa – The psychologist at home

El siguiente texto es un extracto del libro El psicólogo en casa (Spanish Edition) (ISBN: 9788431554699) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Angelo Musso and Ornella Gadoni , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

Este libro constituye una ayuda para profundizar en el conocimiento de uno mismo a lo largo de un recorrido que va de los aspectos físicos a los psicológicos y sociales. Las entrevistas y contribuciones de reconocidos estudiosos hacen que este libro sea eficaz, real y actual.

¿Qué significa conocerse a sí mismo? En el templo de Apolo en Delfos podía leerse la inscripción «conócete a ti mismo». Han pasado muchos siglos desde entonces, pero el ser humano es tan complejo que todavía nos quedan muchas cosas por descubrir. Si queremos conocernos mejor y que nuestra forma de vivir y nuestro estilo de vida mejore, además de modificar nuestros comportamientos, hemos de tomar conciencia de lo que somos en el marco de algunos parámetros de referencia. Sin una guía que nos oriente es difícil alcanzar, en la práctica, una idea que refleje la complejidad del ser y del microcosmos humano. ¿Quién no es conciente de ello?

¿Existe algún ser humano que no sepa que existe? No, ciertamente no hay nadie que piense de esta manera, a excepción de los afectados por graves patologías psíquicas y los niños en las primeras fases de su infancia. Durante el segundo año de vida aparece la facultad, específicamente humana, de poder referirse a uno mismo diciendo «yo», lo que denominamos autoconciencia, que es algo más que la conciencia. En un principio, el niño habla de sí mismo en tercera persona; reconoce la comida, a sus padres, su habitación, e incluso su propia presencia, pero todavía no es capaz de identificar al sujeto pensante con aquel objeto particular que experimenta, no precisamente ante sí, aunque sea mucho más cercano que cualquier otra cosa, y que es una incesante fuente de sensaciones: su propio cuerpo.

De esta identificación nace la conciencia de sí o autoconciencia, que es un concepto complejo, de un nivel superior al de la propia existencia del mundo. Si la autoconciencia está presente en todo ser humano desde la infancia, ¿por qué hemos de preguntarnos sobre ella y sobre su relación con la psicoterapia? Desde esta perspectiva un tanto escéptica, el antiguo aforismo «conócete a ti mismo», que Apolo dirigió al hombre, parecería un tema propio de los antiguos filósofos, quienes disponían de mucho tiempo libre para pensar.

Goethe afirmó: «el gran y altisonante mandamiento “conócete a ti mismo” me ha parecido siempre una astucia de los sacerdotes, confabulados para confundir a los hombres con pretensiones irrealizables para desviarlos de la actividad mundana y llevarlos a una falsa contemplación interior». Según estas acreditadas palabras, parecería que la autoconciencia no debería ser estudiada, ya que hacerlo sería inútil.

Este problema tiene una solución fácil. La autoconciencia no es una cualidad del tipo «todo o nada»: o conozco todo sobre mí y mis relaciones con el mundo o ni siquiera puedo saber si existe. La primera forma de autoconciencia, que se refleja ya en el niño pequeño, nos lleva a comprender de forma genérica qué somos, pero no nos permite entender todavía quiénes somos, cómo somos y seremos, si somos inmutables o evolucionamos, si nuestra alma es inmortal o está destinada, junto con nuestro cuerpo, a la muerte, qué fuerzas residen en nuestro espíritu, qué hay en nosotros que sea «genéricamente » humano y cuál es nuestro verdadero yo.

Las filosofías, las religiones y las místicas de todos los tiempos han intentado dar una respuesta satisfactoria a estas preguntas. Pero hoy ha llegado el momento de realizar una búsqueda personal, porque el hombre moderno rechaza confiar en revelaciones ajenas. Podemos renunciar a las respuestas, pero no a plantearnos las preguntas y a la necesidad de contestarlas. No resulta superfluo seguir leyendo a Goethe: «El hombre sólo se conoce a sí mismo en la medida en que conoce el mundo, del que tiene conciencia en sí mismo de igual forma que sólo tiene conciencia de sí mismo en el mundo. Cada nuevo objeto, si se observa bien, abre en nosotros un nuevo órgano ». Así pues, para Goethe, la autoconciencia necesita la ciencia y es un efecto colateral de ella. La investigación objetiva hace crecer la interioridad humana hasta «abrir nuevos órganos» del alma. La auto contemplación, sin embargo, origina una falsa imagen de nosotros mismos. Difícilmente se puede contradecir este argumento de Goethe, que, al mismo tiempo, nos plantea el problema de la objetividad de la auto observación.

El mismo Goethe puede ayudarnos a proseguir el razonamiento: «De todas formas, el mayor impulso procede del prójimo, que tiene la ventaja de podernos comparar con el mundo desde su propio punto de vista y, por ello, nos permite alcanzar un conocimiento de nosotros más preciso de lo que nos sería posible en solitario. Así, en los años de madurez, he observado siempre con atención hasta dónde podían conocerme los demás, a fin de saber más sobre mí mismo y mi naturaleza en ellos y con ellos, como si fueran espejos que me reflejaran».

El papel del psicoterapeuta en el proceso de autoconocimiento es precisamente este: servir de espejo para el paciente y proporcionarle observaciones objetivas que, de otra forma, resultarían distorsionadas inevitablemente por la propia subjetividad y por los propios mecanismos de defensa, como nos ocurre a todos cuando nos observamos a nosotros mismos. Cuando el psicoanálisis nació y se desarrolló en sus distintas formas, primero con Freud y después con Jung, Adler, Reich y muchos otros, tenía ya presente estos objetivos: la toma de conciencia de sí mismo es el eje sobre el que gira todo proceso psicoanalítico y terapéutico y, consecuentemente, la transformación de la relación entre el Yo y el resto de instancias psíquicas.

«Donde está el Ello, está el Yo», expresa una máxima freudiana que sintetiza perfectamente lo que acabamos de decir. En este sentido, toda la acción psicoanalítica es un instrumento al servicio del hombre para conocer su mundo interno a traves del externo, de comprender su inconsciente a través del consciente para alcanzar la libertad, de acuerdo con las más profundas necesidades evolutivas. Hasta aquí, los aspectos comunes de las psicoterapias de tipo analítico. Sin embargo, existen notables diferencias entre las escuelas. En un proceso analítico puede acentuarse este aspecto citado, pero también otros.

Por ejemplo, una atención excesiva a las relaciones infantiles del paciente con sus propios padres, como sucede a veces cuando se sigue el método freudiano, aporta menos al crecimiento de la autoconciencia que un tratamiento más vasto, que incluya también las actitudes y los comportamientos actuales, además de las perspectivas de futuro. Así, una psicoterapia orientada de una forma más amplia y atenta a los diversos aspectos de la vida interior estará, evidentemente, mucho más en consonancia con el objetivo de profundizar en la autoconciencia que un tratamiento reducido sólo a algunos aspectos de la vida emotiva.

Hablamos de una psicoterapia que, junto a la vida de las pulsiones, los deseos y las necesidades, sepa comprender la vasta gama de inclinaciones, aspiraciones, ambiciones, anhelos, intenciones, aparte de los sueños, las ilusiones, las esperanzas, las decepciones y cualquier otro sentimiento de los que alberga el espíritu humano. En otros términos, una psicoterapia que sepa reunir y permitir la maduración de todos los aspectos emotivos, sentimentales, cognitivos y volitivos con sus recovecos psíquicos, corporales y espirituales.

Cuando deseamos que alguien nos conozca, al hablar de nosotros y sin caer en la cuenta, tendemos a mostrar alguna característica psicológica, un rasgo de la personalidad, como, por ejemplo: «Soy un tipo ansioso, tímido, tranquilo, agresivo, abierto o sociable en mis relaciones con los otros». Pero si el aspecto psicológico puede ser suficiente para iniciar un conocimiento recíproco, un recorrido de orientación, la sensibilización ha de comprender tanto el cuerpo como la mente, es decir, los aspectos físicos, psicológicos y sociales de la personalidad.

Muchos estudiosos creen que basta con «escribirse», es decir, anotar todo aquello que nos viene a la mente sobre nosotros mismos y pasar después al aspecto físico para tener una referencia de lo que conocemos y lo que deberíamos saber sobre nosotros y nuestra relación con el cuerpo a fin de poder mejorar nuestra «calidad de vida». Pero todo esto ha de ser englobado en todo lo que la moderna psicología ha descubierto sobre las técnicas y las formas de conocimiento e identidad de los individuos. Este libro abre las puertas a estas investigaciones y a las metodologías científicas más actuales y acreditadas.

Del Concepto Del Sí Mismo A La Construcción Del Carácter

Estoy firmemente convencido de que en nuestro mundo no existen dos personas idénticas: nadie tiene las mismas huellas digitales, labiales o vocales que otra persona. Ni siquiera dos briznas de hierba o dos copos de nieve son iguales. Ya que cada uno de los individuos es distinto de los demás, no creo lógico que deban pensar, nutrirse y comportarse de la misma forma.

Si cada uno de nosotros «reside» en un cuerpo dotado de puntos de fuerza y de debilidades diferentes, y también posee distintas necesidades nutricionales, es indispensable tener en cuenta estas peculiaridades para conservar la salud y combatir las enfermedades.

Del Temperamento Al Carácter

Teofrasto fue un filósofo peripatético que sucedió a su maestro Aristóteles en la dirección de su escuela de filosofía hasta su muerte, en 288 a. de C. En su obra Los caracteres, describe las variantes de comportamiento de la personalidad que permiten discutir las definiciones de la estabilidad del carácter. En aquella época, la descripción del carácter de una persona implicaba identificar su rasgo de comportamiento más estable y constante. De hecho, la palabra carácter proviene del griego charakter, «huella».

Términos como locura, moral, avaricia, prolijidad, mentira, descontento y locuacidad acompañan a una especie de clasificación que Teofrasto realiza en el contexto de su exposición filosófica, la cual conjuga las categorías de los caracteres con previsiones sobre el destino.

Desde esta vertiente del pensamiento antiguo, que no sigue una modalidad lógica de razonamiento, sino analógica —que es característica del pensamiento de los sofistas y de los filósofos—, se puede llegar a las reflexiones de Aristóteles sobre la ética. Este condena las investigaciones sobre los caracteres de las personas porque las encuentra incompatibles con las situaciones comportamentales que son consideradas normales. De hecho, las observaciones que realizan los filósofos sólo resaltan los comportamientos deformes, viciosos o ridículos.

En estos tiempos, en que la filosofía era una ciencia sobre la vida, los intentos de responder a los interrogantes sobre el destino como fuerza determinante de los comportamientos humanos fueron ampliamente estudiados por Aristóteles y también por Platón. Ambos sostenían que tan sólo en una vida planteada sobre un correcto equilibrio entre virtud y placer es posible encontrar la salvación de la salud del espíritu y del cuerpo. El consejo que daban era el de mantener un equilibrio ideal de relación entre el propio ambiente y el cosmos, para superar las circunstancias del momento y de los propios humores. Las múltiples combinaciones de estos elementos condicionaban la organización y la estabilidad del carácter de los individuos.

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