Paracelso, médico-alquimista – Paracelsus, physician-alchemist
El siguiente texto es un extracto del libro Paracelso, médico-alquimista (ISBN: 9788431552787) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Patrick Rivière, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Años de juventud e iniciación

Teofrasto (el futuro Paracelso) nació el día 10 de noviembre de 1493, en Einsiedeln, una población suiza de la región de Zúrich, en la ruta de los peregrinajes del Etzel. Fue el único hijo de Elsa Oschner y de Wilhelm von Hohenheim, descendiente de los ilustres Bombasto de Suabia que eran originarios de Hohenheim, cerca de Stuttgart.
Lo bautizaron con este nombre en recuerdo del pensador griego que fue discípulo y amigo de Aristóteles, Teofrasto Tyrtamos de Ereso, un físico especialista en las propiedades medicinales de las plantas y de los minerales por el que sentía una admiración sin límites el padre de Teofrasto, el doctor von Hohenheim, el cual ejercía la profesión de médico y al mismo tiempo se dedicaba al estudio de la química antigua, es decir, la alquimia.
Debido a las guerras suabas, el doctor von Hohenheim tuvo que trasladarse en el año 1502 con su familia a Villach, en la región minera de Carintia. Allí, además del tiempo que dedicaba a la actividad médica, se convirtió en instructor de la Escuela de minas, y también fue allí donde comenzó a ejercer gran influencia en el destino de su hijo, al hacerle descubrir cada día las maravillas de la Naturaleza.
Su madre, empleada en el convento de Nuestra Señora de la Hermita y gran piadosa, se encargó de inculcarle una fe inquebrantable en Dios, una fe que Teofrasto manifestó a lo largo de toda su vida.
Por desgracia, perdió a su madre muy pronto, cuando era todavía muy niño. A causa de su naturaleza débil y su propensión al raquitismo, el padre se ocupó de él muy atentamente, prodigándole cuidados constantes. Se ocupó también de forma admirable de su educación, uniendo lo útil con lo agradable; el doctor von Hohenheim visitaba a menudo a sus pacientes acompañado de su hijo, lo que permitía a este último sacar provecho de los beneficios que la vida al aire libre supone para la salud. Los largos paseos a los que estaba acostumbrado desde su más tierna infancia lo habían llevado por encima del Etzel, más allá de las poblaciones que se encontraban a orillas del lago de Zúrich. De esta forma, el joven Teofrasto entró muy pronto en contacto con la Naturaleza, a la que más tarde llenó de alabanzas, calificándola de gran laboratorio y exaltando de ella su propia luz, superior a la del sol. Pero por aquel entonces se conformaba con aprender de las páginas de su gran libro, que su padre ojeaba con gran delicia haciéndole descubrir las virtudes curativas de las plantas que se encontraban por los prados y los bosques cercanos al Sihl, en el que se sucedían por turnos, según los periodos de floración, prímulas, gencianas, salvia, ranúnculos, manzanilla, cólquico, angélica, adormidera, belladona, datura, dedalera, achicoria y toronjil. Por otro lado, los libros mágicos de esa época otorgaban propiedades especialmente mágicas a algunas de estas plantas; con toda seguridad, estos conocimientos impresionaron al niño, que de la mano del doctor asistía ya maravillado al milagro de la Naturaleza.
Padre e hijo también debieron recorrer a menudo los antiguos bosques de alerces que jalonaban la ruta de Bleiberg, en las pendientes de Dobratsch, para observar los minerales en sus diversos aspectos y las transformaciones que experimentan después de su extracción. Por otra parte, Paracelso evocará más adelante el gran interés suscitado por estas minas, cuya indeleble huella permanecería en el corazón de su memoria:
En Bleiberg se puede encontrar un maravilloso mineral de plomo que abastece a Alemania, Panonia y Turquía, desde Italia a Hutenberg; hay mineral de hierro que contiene un acero excelente y muchos minerales de alumbre, así como vitriolo muy concentrado, mineral de oro y mineral de cinc, un metal raro y que no se encuentra en ningún otro lugar de Europa. Hay también un excelente cinabrio que contiene mercurio y otros metales, pero no me es posible mencionarlos todos. Así pues, las montañas de Carintia son como un cofre que, al abrirlo con una llave, revelara preciosos tesoros.
(Crónica de Carintia)
Estas minas pertenecían a la famosa familia de los Fugger de Augsburgo, que habían fundado la Escuela de minas en la cual el doctor von Hohenheim enseñaba a los capataces las particularidades de la química metalúrgica.
Teofrasto seguía también a su padre en esos menesteres y asistía a los cursos que impartía, aunque se trataba de cursos para adultos. Es necesario aclarar que su padre realizaba un gran número de experimentos en el pequeño laboratorio que había construido en su residencia, en el número 18 de la plaza del mercado, en Villach, y que por lo tanto el niño estaba familiarizado desde muy pequeño con algunos rudimentos de la química antigua. Indudablemente, es fácil adivinar cierta predestinación en el futuro Paracelso.
Muy pronto llegó el momento en que el niño tenía que recibir la educación que correspondía a su edad. Entonces su padre decidió enviarlo a la famosa escuela de los benedictinos del monasterio de San Andrés, en Lavantha, en la que el joven cumplió con sus deberes religiosos. La instrucción religiosa que recibió animó su creencia en un Dios de amor trascendental, principio único del origen de todo, pero también en un Dios profundamente inherente a la Naturaleza y, como consecuencia, al hombre. La vida interior y espiritual del joven Teofrasto se desarrolló, por lo tanto, muy temprano. El encuentro con el obispo Eberhard Baumgertner, que también era alquimista, contribuyó a ello con toda seguridad, sobre todo porque el obispo practicaba la alquimia en los laboratorios de los Fugger.
No debemos olvidar que Wilhelm von Hohenheim era invitado igualmente con bastante frecuencia a practicar la alquimia, a veces en presencia de su hijo, que asistía maravillado a la magia del crisol al rojo vivo en un fuego de fusión que separaba el metal de los materiales inútiles. A continuación se realizaban los múltiples juegos de manos y operaciones secretas que participaban en lo que se podría considerar como una auténtica transmutación de la materia.
Seguramente, Teofrasto realizó allí su aprendizaje de alquimista, rematando los conocimientos adquiridos en la escuela minera de Hutenberg sobre el arte de la transformación de los minerales en metales y la observación del crecimiento de los minerales en el interior de la explotación minera de los Fugger. Sin duda, ya participaba en la dura labor de los mineros. La vocación alquimista tuvo que nacer por entonces en el futuro Paracelso.
Muy pronto, el joven Teofrasto mostró un carácter turbulento pero ávido de conocimientos, en el que ya se podían percibir los inicios de una fuerte personalidad. Seguramente, su carácter era en parte producto de la genética, pues su abuelo paterno estuvo dotado de una especial valentía, salpicada de fogosidad y de ímpetu. En efecto, George Bombasto von Hohenheim, caballero de la orden de San Juan, se había ilustrado acompañando a su soberano Eberhard el Piadoso durante un periplo aventurero en Palestina. Además, era un verdadero caballero andante, y actuó como caballero solitario en más de una ocasión. Tomó partido en contra de la dieta del Imperio mostrando su desacuerdo con vehemencia, así era el abuelo del futuro Paracelso: individualista, vengativo, incluso violento si lo creía necesario. El niño tenía de dónde sacar ese temperamento impetuoso que manifestaba sin vergüenza y que caracterizaría su tormentoso destino…

Sin embargo, esto no mancillaba de ningún modo sus preocupaciones místicas, alimentadas por sus preceptores eclesiásticos (que, como ya hemos visto, no eran personas corrientes), a las que podemos imaginar que se añadieron los conocimientos ocultos de un prestigioso abad de Sponheim, Johannes Trithemius, el abad Tritheim. Se dice que este dirigió una sociedad secreta de herméticos a la que parece ser que perteneció el joven Teofrasto. Se estudiaba, de forma paralela a los misterios de la Madre Naturaleza, los numerosos secretos disimulados detrás de las parábolas y las alegorías de las Sagradas Escrituras, a las que evidentemente el abad otorgaba una importancia primordial. El joven Paracelso heredaría sus preciosos conocimientos de tendencia pansófica o universalista.
Llegó después el tiempo de los estudios oficiales propiamente dichos. Teofrasto estudió desde los 14 años, como estudiante nómada, en las universidades europeas de mejor reputación. En efecto, este tipo de enseñanza era el más adecuado para formarse una opinión, puesto que entre las universidades existían divergencias de opiniones y aparecían a menudo fuertes controversias en materia de conocimientos médicos. Sin embargo, tras sus estudios superiores en la escuela de Basilea, obtuvo su diploma de bachiller en Viena (el humanista Joachim Viadam era su rector). Después decidió ir a Italia, y en el año 1513 se inscribió en la Universidad de Ferrara, de la que saldría en 1516 con el diploma de doctor en Medicina, Doctor in utraque medicina, siguiendo la fórmula utilizada en el norte de Italia. Teofrasto von Hohenheim se había convertido en Paracelsus unos años antes, en Basilea, donde existía la costumbre entre los estudiantes de helenizar o latinizar su nombre, como Erasmus o Frobenius, por ejemplo; aunque es posible que el origen de este nombre se encuentre en su padre, que quizás consideró que su hijo era más sabio que Celsus, un famoso médico romano de la Antigüedad, nacido en el siglo de Augusto y calificado como Cicerón de la Medicina por la pureza de su estilo al describir, en su obra De arte medica, aproximadamente doscientas cincuenta plantas con sus propiedades y aplicaciones terapéuticas, acompañadas de un tratado sobre hygiene médica. Es posible también que el seudónimo Paracelso tenga su origen en el propio patronímico de Hohenheim, que significa «el traslado de la morada o del hogar a las nubes espirituales».
Sea como fuere, Paracelso había nacido; este nombre se iba a hacer famoso con el tiempo, y no sólo en la historia de la Medicina, tal como veremos más adelante.
Pero, por ahora, el Paracelso que más nos interesa es el médico, y no podemos dejar de lado la enseñanza didáctica a la que se vio sometido durante sus estudios.
Con Hipócrates, la observación de la Naturaleza se legitimó; con Aristóteles (384-322 a. de C.) aparecieron las bases del método experimental. Galeno, médico griego del siglo II, se basó en las teorías de estos dos predecesores para crear sus obras, que perduraron como principal fuente de saber médico hasta medidados del siglo XVII. Un centenar de sus tratados se han conservado hasta hoy, aunque escribió muchos más. Al preocuparse del valor terapéutico de las drogas vegetales se convirtió en precursor de la farmacopea llamada galénica, que tan de moda estuvo durante siglos.
Fue el primero en conceder gran importancia al estudio de la anatomía, en una época en que nadie hubiera podido dedicarse a la disección de cadáveres. El hecho de observar y curar las heridas de los gladiadores de los que era médico le facilitó seguramente la tarea. Fue el único maestro de anatomía durante doce siglos. Hasta la Edad Media, esta ciencia se enseñó además según la fórmula: «Como afirmó Galeno…». Su obra descansaba sobre bases prácticas y teorías curiosamente trazadas y alejadas del sistema aristotélico.
Además, sus opiniones se encontraban frecuentemente en desacuerdo con las de Hipócrates, lo que dio lugar al nacimiento de la frase: «¡Hipócrates dice sí, Galeno dice no!». Su notoriedad fue tal, que cuando los árabes invadieron Europa, Avicena y Averroes se plegaron a su autori- dad, aunque le sumaron la originalidad de conocimientos específicamente orientales, expresados en obras como el Canon de la Medicina. A estas controversias evidentes que avanzaban a buen ritmo, hay que añadir las dificultades de traducción de los manuscritos, del griego al latín, del latín al árabe, y otra vez del árabe al latín, que produjeron, como es de imaginar, numerosos contrasentidos.
Así pues, ante toda esta confusión, Paracelso se encontraba más cómodo con la lectura de los escritos alquímicos y cabalísticos de Roger Bacon o de Johannes Tritheim. Si a esto añadimos su ya conocido inconformismo, no nos resultará difícil imaginar su fuego interior preparándose en silencio, esperando pacientemente para revelarse como un volcán en el momento de la erupción. El momento no tardaría en llegar.
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