Familia y relaciones

Separémonos… pero protejamos a nuestros hijos – Let’s separate… but protect our children

El siguiente texto es un extracto del libro Separémonos… pero protejamos a nuestros hijos (Spanish Edition) (ISBN: 9781683255314) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Stéphane Clerget , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

Si usted lee este libro es porque piensa en la felicidad de su hijo, a la vez que se cuestiona sobre la suya propia. Para mí es habitual recibir a padres en desamor, que consultan antes de separarse para saber cómo deben actuar para no perjudicar a sus hijos. Esta actitud previsiva demuestra su profunda preocupación por los intereses de los niños.

También acuden, ya separados y con sus vidas rehechas, para pedir consejo cuando los acontecimientos recomponen la vida familiar. Una nueva pareja o un nuevo nacimiento recomponen la vida de cualquiera y hacen reaccionar a los niños. ¿Por qué y cómo hay que hablar de la separación a los niños? ¿Cómo se puede continuar ejerciendo el papel de padre o de madre cuando se está en guerra con el otro miembro de la pareja, y este te está desacreditando constantemente?

¿Cómo se puede conciliar la nueva vida de hombre o de mujer con la de padre divorciado? Hay infinidad de preguntas que justifican este paso. Los padres suelen acudir a la consulta cuando el niño cambia de comportamiento o muestra signos inquietantes que exteriorizan un sufrimiento que ellos creen, o no, que se debe, en parte, a su separación. Que nadie cuente conmigo para afirmar que la separación se ha convertido en algo tan banal que no afecta al niño.

Sigue siendo un acontecimiento fundamental en la vida del niño, potencialmente doloroso o incluso traumático, una etapa decisiva en su destino. Los efectos en el niño dependen de su edad, su personalidad y el lugar que ocupa en el seno de la familia. Las condiciones de la ruptura, el tipo de custodia, el temperamento de los padres y la evolución de su relación serán determinantes en las reacciones del niño. La depresión, la ansiedad, la agitación, las dificultades escolares forman parte de las numerosas reacciones negativas posibles.

Usted descubrirá lo que las motiva, y también los medios para prevenirlas o remediarlas. La separación parental también se refleja en las diferentes etapas del desarrollo psicológico y afectivo del niño, como por ejemplo el periodo edípico o la adolescencia. En esta obra se informa de la manera en que esto ocurre y cómo se acompaña. No se olvidarán los aspectos positivos, como el hecho de que un clima insoportable vuelva a la calma, que el niño descubra una autonomía nueva que le ayude a madurar o que vea que las relaciones con su padre toman un rumbo inesperado.

Este libro ayuda a responder a las preguntas de los niños, a las que hacen y a las que piensan pero no se atreven a plantear.Y, dado que la respuesta en el acto a veces es la mejor, veremos cuáles son las actitudes que se deben evitar y las que conviene adoptar con los distintos miembros de la familia para calmar las tensiones.

Esta obra también está dirigida al nuevo cónyuge, suegro, hermanastro, abuelos, profesores, que participan en la obra de teatro que se desarrolla alrededor del niño. Se analiza en profundidad el papel de cada uno y sus dificultades propias. No se debe culpabilizar a los padres que buscan su felicidad personal. El bienestar futuro de su hijo, la felicidad de todos, también depende de esa felicidad. La ambición de este libro es ayudar a que cohabiten dentro de las familias estas felicidades singulares a pesar de las divergencias, reales o sólo aparentes.

Le ayudará a proteger al niño, a salvaguardar su identidad y sus raíces, su salud, su equilibrio psicológico y afectivo, y su porvenir. El respeto del niño, y por ende el respeto a nosotros mismos, será el hilo que guiará estas líneas. Advertencia Las observaciones citadas en este libro han sufrido las modificaciones de rigor, por razones evidentes de confidencialidad. Todo parecido en cuanto a lugar, tiempo o nombre sólo puede ser fortuito. Pero no por ello estas observaciones son menos auténticas en el fondo y en el espíritu.

¿Por qué nos separamos?

Pasión consumida y consumación apasionada

«Todos los hombres son mentirosos, inconstantes, falsos, charlatanes, hipócritas, orgullosos y cobardes, despreciables y sensuales; todas las mujeres son pérfidas, artificiosas, vanidosas, cotillas y depravadas […], pero en el mundo hay una cosa sana y sublime: la unión de dos de estos seres tan imperfectos y tan horrorosos», escribe Musset en On ne badine pas avec l’amour (Con el amor no se bromea).

He tratado a los hijos de un matrimonio divorciado que, un año después de la separación, decidió volver a juntarse; el amor no había desaparecido cuando decidieron divorciarse, pero quedaba invisible tras la bruma de otros tormentos. Por otra parte, he hablado con padres que me han consultado conjuntamente cómo debían actuar para que su separación fuera lo menos dificultosa posible para su hijo y que, después de aclarar finalmente el funcionamiento de la pareja, han decidido continuar la aventura juntos.

Naturalmente, hay situaciones que están demasiado adelantadas en violencia y desamor para hallar remedio, pero la reanimación es posible en más ocasiones de lo que se cree, evitando así la muerte de la pareja. En ocasiones es suficiente con podar las ramas del árbol que tapan la luminosidad del amor para que la familia reanude la vida. Entender las razones de las fracturas de las relaciones, los cambios de valores que comportan nuevas combinaciones amorosas, permite que nuestros movimientos emocionales reaccionen y que seamos un poco menos títeres de nuestro inconsciente. La presencia de niños justifica esta reflexión previa a la decisión de separarse. Prevenir es curar, en adelante.

Nacimiento de un amor

Cuando pregunto a las parejas divorciadas sobre la intensidad del amor que inició su historia, nueve de cada diez me responden que se trataba de un amor fuerte o muy fuerte. El carácter oficialmente utilitario de una unión, el matrimonio «de conveniencia», tal como se conocía en el pasado o como existe todavía en otras culturas, ya no cuenta aquí y ahora. La independencia económica de las mujeres y sus nuevos derechos tienen mucho que ver en ello.

Sin embargo, la seguridad económica sigue siendo un argumento oficioso en muchas uniones. Esto no impide que haya amor, pero la fuerza económica de uno de los miembros de la pareja puede tener un papel fundamental en su poder de atracción. Igualmente, la juventud o la belleza son otros atractivos que valen su peso en oro.

Este tipo de unión no se produce cínicamente; simplemente, algunos se han construido afectivamente invirtiendo su libido en estas carencias. En su desarrollo afectivo (a causa, sin duda, de la forma en que fueron amados cuando eran niños) confundieron el verbo amar con el verbo poseer, mezclando posesión amorosa y posesión material, amalgamando el «ser amado» con el «tener», tanto aquel que «tiene» como aquel o aquella que «hace ver».

Cuando este decorado desaparece, cuando se está al margen de la necesidad o cuando la necesidad renace, entonces se produce el fracaso amoroso, a menos que surjan otros relevos. En el otro extremo del mapa del Amor, estaría el amor pasional. Normalmente lo genera un flechazo. El panorama amoroso entonces es más turbulento. Se congregan una atracción física intensa, una excitación sexual mayor, intensidad y violencia sentimentales, obcecación, exaltación emocional.

Este big bang provoca en los amantes una evasión de la realidad que los rodea. En estos momentos de locura amorosa nacieron niños: se les ha denominado los hijos del amor. El regreso a la tierra es crucial para la supervivencia. Un amor sereno, romántico, hecho de comunicación, ternura, confianza, deseo, solicitud, tolerancia y afecto espera a menudo a la pareja cuando la pasión se disipa. Pero a veces ocurre que la bajada se realiza sin paracaídas y sin nada que espere debajo.

En efecto, cuando estas dos personas se encuentran bajo el influjo del deseo y con la ilusión amorosa, el encuentro no va más allá del encuentro de los cuerpos. La unión es parcial y no va acompañada de eco emocional. Como los valores culturales y afectivos, el lenguaje, los centros de interés y la mitología personal no van al unísono, la camaradería no es posible. Y de estas uniones queda un recuerdo intenso y, a veces, un niño.

Si el flechazo inicia algo más de un tercio de las uniones, el camino más frecuente que conduce a formar una pareja es el conocimiento mutuo acompañado de un interés y una atención crecientes. Cuando existe deseo sexual, cuando los lenguajes de los corazones son complementarios y los valores culturales y afectivos se corresponden, la vida común se realiza.

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