Deporte y salud

Aloe vera – Características Generales y Aplicaciones Médicas

El siguiente texto es un extracto del libro Aloe vera(ISBN: 9781646994045) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Olga Roig, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Características generales y aplicaciones médicas

El aloe vera es una de las plantas más fascinantes del mundo. Aunque a simple vista parece un cactus o una planta similar, pertenece a la familia de las Liliáceas (la misma familia en la que se encuentran, por ejemplo, la cebolla, el espárrago o el ajo).

Sus hojas son fácilmente reconocibles, ya que son muy características: tienen un color verde o verde azulado (todo depende de cuestiones como el lugar, el clima, la nutrición, etc.), son lanceoladas(es decir, tienen forma de lanza) y dentadas en sus bordes. Los pinchos del aloe vera no son muy agresivos, porque la planta, para disuadir a posibles depredadores, tiene un método mucho más efectivo: utiliza el sabor amargo de la savia o acíbar. Una de las características más típicas del aloe vera, por la que es fácilmente reconocible, es la forma en que crecen sus hojas: lo hacen alrededor del tallo, a nivel del suelo y en forma de roseta, de cuyo centro surgen hacia arriba uno o varios tallos que, cuando florecen, forman racimos de flores tubulares amarillas o rojas, parecidas a los lirios de Pascua.

Lo normal es que, bien cuidada, la planta alcance unos dos o tres metros de altura (siempre que crezca en tierra; en maceta, será mucho más pequeña), aunque hay algunas que pueden llegar hasta los seis metros. Sus hojas están compuestas de tres capas: la primera sirve para protegerse del exterior; la segunda es la que concentra, entre otras cosas, la aloína, un ingrediente activo que, gracias a su sabor amargo, le sirve a la planta para protegerse contra los predadores; y la tercera capa es un corazón gelatinoso, que no sólo le sirve al aloe vera para almacenar sus reservas de agua, sino que es el ingrediente con el que se preparan innumerables productos farmacéuticos.

Aunque tiene muchos nombres que ya veremos luego, los dos más conocidos son Aloe barbadensis miller, según la clasificación delos aloes de la isla de Barbados hecha por el botánico Miller, y Aloe vera (aloe verdadero), según la nomenclatura del médico y botánico Linneo (1707-1778).

Orígenes de la planta

Se cree que es nativa de África (probablemente del Congo), donde hay más de trescientas especies, y que de allí viajó a España, y luego a América. Sin embargo, algunos investigadores ponen en duda que el origen del aloe sea africano, porque es posible que alguna de las plantas encontradas por los colonizadores en América del Sur hayan sido, justamente, aloes. Sea como sea, se puede encontrar aloe en todos los países donde el clima sea cálido y desértico o semidesértico, es decir, zonas tropicales y templadas, lo que proporciona un buen hábitat para el aloe, que necesita muy poca agua para sobrevivir. Cuando se cultiva con fines comerciales, normalmente se elige un suelo arenoso o tierra porosa y, a ser posible, con una ligera pendiente. Para crecer, necesita poca agua; de ahí que sea fundamental que la tierra drene bien y que el agua no quede estancada.

En la actualidad, se cultiva principalmente en el sur de África, América Latina y el Caribe, aunque algunas variedades crecen en la región mediterránea del sur de Europa y del norte de África, de África meridional y Egipto. Las condiciones que necesita esta fantástica planta se dan sobre todo en ciertas zonas de EE. UU., como el valle del Río Grande, el sur de Texas, el sur de California, la parte central y sur de Florida. También se encuentra en la cuenca mediterránea, México, Sudáfrica, India, Australia, Curazao, Jamaica, Aruba, Bonaire, Venezuela…

Las heladas constituyen la única amenaza para esta planta (que, por otra parte, resiste prácticamente todo). Y como aquellas son difíciles de prever en los climas que no son cálidos o templados, sólo se cultiva a escala industrial en los lugares donde el clima es propicio. Las heladas afectan a la calidad de la hoja sin modificar su apariencia exterior. De esa forma, sus propiedades se pierden y el agricultor no se percata de ello hasta que abre la hoja. El mayor peligro es que la savia o acíbar penetre en el gel.

Culturas que han utilizado el aloe y aplicaciones que le han dado

Prácticamente todas. Sólo hay que mirar a través de la historia para darse cuenta de que el aloe vera ha sido apreciado en todos los continentes, en cualquier época. Aunque no ha podido constatarse, lo más probable es que el aloe se utilizara ya en la prehistoria. Durante el Paleolítico, el hombre basaba su supervivencia en los productos que tomaba de la naturaleza, así que, observando la asombrosa capacidad de auto curación y cicatrización que posee esta planta, resulta plausible pensar que sintiese el impulso de utilizarla para curar y cicatrizar sus propias heridas.

Tenemos constancia de la utilización del aloe desde, como mínimo, la época de los sumerios. Estos fueron los primeros en crear una escritura (en su caso, cuneiforme), y en una de las tablillas encontradas (que data del siglo XVIII antes de nuestra era) se describen las cualidades laxantes del aloe.

También sabemos que los asirios utilizaban el jugo del aloe para combatir los gases intestinales y otros síntomas relacionados con la ingesta de alimentos en mal estado.

En el antiguo Egipto, el aloe vera tenía un estatus muy especial: se la consideraba la planta de la inmortalidad y era uno de los regalos funerarios con que se enterraba a los faraones. Se creía que el aloe vera, colocado en los sarcófagos y tumbas de los difuntos, les podría proteger de todo mal en su último viaje. También se colocaba a la entrada de las pirámides, para que señalara el camino hacia la tierra de los muertos a los faraones fallecidos. Cuando florecía, indicaba que el difunto había alcanzado felizmente la otra orilla. Además, el aloe se utilizaba para embalsamar. El jugo de aloe formaba parte de una receta para embalsamar cuerpos que fue utilizada para conservar el del faraón Ramsés II.

Pero no sólo servía para conseguir la inmortalidad. Los vivos también le sacaban provecho, tanto en cuestiones medicinales como de belleza e incluso mágicas. La gente del pueblo creía, por ejemplo, que el aloe podía traerle suerte en el matrimonio, en los negocios o en cualquier actividad que iniciaran, por lo que siempre estaba presente en sus vidas cotidianas. Por supuesto, tanto Nefertiti como Cleopatra también utilizaron el aloe para preparar con él ungüentos medicinales y de belleza. Se dice que el brillo de los ojos de Cleopatra se debía, sobre todo, a un colirio hecho a base de aloe, confeccionado por una de sus esclavas númidas. Y los egipcios, inventores de la lavativa, llegaron a utilizar el aloe vera, asociado a otras hierbas, como enema purgante.

Con un uso tan extendido, no es de extrañar que aún hoy se siga utilizando esta planta en Egipto. De hecho, actualmente es considerada emblema de la felicidad y de la protección, por lo que es habitual encontrarla en tiendas, comercios, etc.

La India también conoció y utilizó aloe vera. No tenemos más que ver cómo, en el Ayurveda, hacia el 700 a. de C., ya se le atribuyen propiedades curativas y se utiliza para combatir dolencias relacionadas con el hígado y los aparatos digestivo y respiratorio. También se utilizaba tópicamente, para curar quemaduras, heridas, herpes, cortes, etc.

Los antiguos griegos y romanos, por su parte, también supieron aprovechar las cualidades del aloe vera, al igual que los árabes. Para los antiguos griegos, el aloe era símbolo de belleza, paciencia, fortuna y salud. Allí encontramos referencias de su utilización para tratar diferentes enfermedades. El primer griego en hablar de esta planta fue Hipócrates (460-377 a. de C.), el padre de la medicina moderna, concretamente en su Canon de Medicina, una gran enciclopedia médica de la que aún se conservan algunos tomos. Hipócrates recoge en sus escritos la utilización del aloe para tratar quemaduras, picaduras de insectos, heridas, etc. Un siglo más tarde, Teofrasto completó su labor, e incluso puede que sugiriera a Aristóteles la conveniencia de aprovisionarse con grandes cantidades de aloe para tratarlas heridas que las tropas sufrían durante sus innumerables conquistas.

Era tal el aprecio que le profesa banal aloe que, según cuenta una leyenda, Alejandro Magno (356-323 a. de C.), aconsejado por Aristóteles (su preceptor y mentor) y al frente de las tropas griegas, se lanzó a la conquista de la isla de Socotra, al sur de Arabia, con el único objetivo de intentar hacerse con todas las existencias de la planta en esa isla. Lo mejor de todo es que, según el relato, utilizó el aloe vera como bálsamo calmante y cicatrizante para curar las heridas que sus soldados se hacían durante las batallas. Él sabía bien de qué se trataba, ya que en el año 330, herido en el asedio de Gaza (Palestina)por una flecha enemiga, vio cómo se infectaba su llaga durante el avance conquistador a través de Egipto y del desierto de Libia. Un sacerdote enviado por Aristóteles lo untó con un aceite hecho a base de aloe que provenía, justamente, de la isla de Socotra, y le curó la herida.

Su utilización también ha quedado documentada en la Biblia, en varios libros sagrados, como los Números, el Cantar de los Cantares o los Evangelios. Las sagradas escrituras citan el aloe a través de San Juan: «También fue Nicodemo, el que había ido de noche a vera Jesús, llevando unas cien libras de mirra perfumada y aloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según la costumbre de enterrar de los judíos» (Jn 19, 39-40). Sin embargo, el historiador Flavio Josefo (37-95 d. de C.) aclara en su obra Antigüedades judías que ese aloe de la Biblia no es el aloe vera que utilizamos actualmente, sino una variedad de agáloco que, antiguamente, se llamaba palo de aloe y que se utilizaba para aromatizar y en carpintería: «Se lavaba el cuerpo con agua de nardos, incienso, clavo y palo de aloe, pero no el que resulta de machacar las hojas de la planta, sino el que procede de la India y los griegos llaman agáloco, de perfume exquisito…».

En Asia, por supuesto, también lo utilizaron. Se conservan documentos antiguos que atestiguan su utilización en el tratamiento de enfermedades cutáneas, sinusitis, asma, hepatitis, fiebres por parásitos, etc., en China, India, Malasia, el Tíbet, y la isla de Sumatra, entre otros lugares.

El paleobotánico Enrique Vicente nos cuenta que «la fama del aloe vera no conocía fronteras: antiguamente, en Oriente, existía la creencia de que quien tenía un aloe vera entre sus plantas nunca necesitaba visitar a un médico».

Durante la Edad Media y el Renacimiento, los médicos europeos no dejaron de utilizarlo y se sirvieron de él para tratar desde quemaduras o úlceras hasta enfermedades oculares o melancolía, ya que, en esas épocas, se creía que incluso las enfermedades del alma podían curarse con aloe vera.

El aloe vera fue relegado con el auge de la ciencia, que desechó durante años todo aquello que tuviera que ver con lo natural. En esas épocas, sólo se utilizaba como laxante natural. Sin embargo, tras la segunda guerra mundial, se empezaron a investigar sus propiedades al observar los buenos resultados que se obtenía en el tratamiento de las personas afectadas por las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki.

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