Los niños del sueño – The children of the dream
El siguiente texto es un extracto del libro Los niños del sueño (ISBN: 9781639190683) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Marianne Poncelet y Yehudi Menuhin, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Prólogo
La ilusión frustrada de un niño cuando cae en la cuenta de su impotencia, ¿en algo se asemeja a la de un adulto cuando comprueba la imposibilidad de mover a los hombres, ni siquiera para rescatarlos? Si así es, el sueño se hace pesadilla.
Como el protagonista de este cuento alegórico, yo viví ambas experiencias.
Entonces, ¿niños de sueño y adultos de pesadilla?
No puedo conformarme pues, a pesar de mis ochenta y dos años, sigo aferrándome a mis sueños de niños.
Después de todo, cuando veo la nutria jugando con su cría, en ese estado sublime que une una madre con su hijo, no estoy soñando.

Cuando veo una Tierra rica que se renueva adueñándose, a la par que la transfigura, de la muerte de todas las cosas (la hoja, el árbol, la hierba, el animal, el pájaro de mirada aguda volando por el cielo, o el gusano ciego reptando bajo la tierra), no estoy soñando.
Todos estos elementos son interdependientes, todos aspiran a la luz del sol y caen después en el seno de esta tierra de fe, de amor, de generosidad que a todos nos alimenta y nos sana.
Cuando toco o dirijo una música que mueve a llorar, sonreír, bailar y soñar, no estoy soñando.
Cuando veo, cuando oigo, cuando siento la alegría, la exuberancia, el amor, el cariño y el agradecimiento de los niños, de los artistas y de los profesores, que todos juntos cantan y bailan, no estoy soñando. Todo lo tengo ante los ojos, todo esto existe.
Y cuando sesteo en la hierba tierna y perfumada, bajo las ramas de un castaño en flor, o cuando me pongo a meditar con la encantadora melodía de un río, tampoco estoy soñando.
¿De dónde salen las pesadillas? De la frustración de los sueños que no se cumplieron…
De niño estaba convencido de que, si conseguía tocar bastante bien la Chacona de Bach, obra majestuosa a la vez que apasionada, si la tocaba de manera sublime y perfecta, entonces ningún ser humano se atrevería a destrozar el estado de gracia creado y que toda brutalidad, toda guerra, todo miedo, todo odio, toda venganza, toda envidia quedarían así abolidos.
Aquello era cierto, y lo sigue siendo. En lo hondo de esta música, del músico, del compositor, del niño que canta, del público que escucha, todo iba ocurriendo tal y como yo me lo figuraba. Y también era cierto que sólo dependía de mí, un «yo» pasado a ser «nosotros». A mí solo me incumbía interpretar bastante bien esta obra grandiosa y sublime: si la paz no brotaba de ella, entonces tenía yo la culpa.

La reciente pesadilla que tuve es la directa contrapartida de aquel sueño antiguo. La paz ya no depende de mí. Una terrible «anti-religión» se ha apoderado de los hombres que responden cada vez menos al llamado de la espiritualidad. Los cuentos de la niñez, los horrorosos hechos de los que somos testigos cada día, y el símboloídolo del metrónomo se fundieron para producir la imagen pagana del pájaro que pone huevos atiborrados de petróleo bruto, mientras el tic tac del maldito metrónomo, útil como esclavo, pero implacable como dios, a todos nos transforma en máquinas muertas, carentes de cualquier inteligencia, de cualquier creatividad, de cualquier alegría de vivir. Es un monarca que nos da la ilusión de que escapamos a la muerte, pero que va destruyendo nuestra vida sin que nos enteremos.
El hombre está, pues, perdiendo las raíces, porque huye de las interrogaciones fundamentales que lo caracterizan. Cierto oscuro materialismo está imperando sobre el sentimiento individual y colectivo de pertenecer al universo, sobre la instintiva y religiosa conciencia de estar vinculado con alguna inteligencia suprema, de formar parte de ella y de estar literalmente poseído por ella.
Si cediera este vínculo poderoso y propiamente sagrado que reúne a seres y cosas, que une lo singular a la totalidad, entonces nuestra potencia se pervertiría a la par que sucumbiría la hermosura.
Las pesadillas no proceden pues del equilibrio orgánico que existe entre potencia y hermosura, sino del estallar de la conciencia bajo el efecto del pensamiento y del razonamiento que a menudo desearían reducir esta unidad viva y orgánica a una suma de elementos separados hecha de funciones, de nombres y de categorías.
Tras romper la unión primera de la potencia con la hermosura ya no queda sino la desesperación por no conseguir nunca reunirlas en un organismo que palpita, respira, se mueve y canta.
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