Las claves del espiritismo – The keys of spiritualism
El siguiente texto es un extracto del libro Las claves del espiritismo (ISBN: 9788431554453) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Alain Dufour, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Introducción
No hacemos más que traspasar: a otras vidas, a otros nacimientos; quizá varias veces, pero sin llegar a morir completamente. Nos gustan los cambios de identidad espiritual o corporal. Pero el camino no acaba nunca: la muerte es tan sólo un cambio más.
Para el común de los mortales, el espíritu es un principio que eleva el pensamiento, estimula la voluntad y marca una diferencia entre la inteligencia y el talento, entre el hambre y la avaricia. Por otra parte, el cuerpo también es el envoltorio que utilizan los espíritus para habitar el mundo material. El «periespíritu» es como un estuche que sirve de vínculo entre el espíritu y el cuerpo. En el momento de morir, cuando el espíritu abandona el cuerpo, puede utilizar el aspecto físico de su «periespíritu» o, cuando este desaparece, el de otra persona sensitiva y vigorosa que irradia energía con intensidad.
En el lenguaje corriente se utilizan indistintamente los términos alma y espíritu, pero la diferencia se ha definido claramente en casi todas las religiones y, sobre todo, en la doctrina del espiritismo. El alma es una parte individualizada del alma universal, el yo intangible, mientras que el espíritu es el alma relacionada con el «periespíritu», esa forma de energía imperceptible.
Cuando el espíritu se reencarna, no se refugia sólo en una parte del cuerpo, sino que lo ocupa en su totalidad y lo hace más fuerte. Después de la muerte, el espíritu guarda su individualidad, es decir la inteligencia y la voluntad que le son propias y que lo hacen diferente de los demás espíritus. No será lo mismo cuando haya conseguido su objetivo: volver al alma universal de la que se ha separado, como las gotas de agua se separan del mar.
Las manifestaciones debidas al espiritismo son la mejor prueba, en todos los sentidos de la palabra, de la existencia del espíritu: sobrevive en el más allá, con todas las facultades mentales y emocionales que tenía antes. El ingenio, la inteligencia, no termina con la muerte, pero se renueva durante otro nacimiento: tras la muerte, el espíritu vuelve al alma universal, con un grado de perfección que le permite fundirse en el fuego del espíritu, origen y fin de todas las cosas. Algunos espíritus encarnados desean conocer la realidad intangible que nos espera y en la cual el espíritu ha vivido durante mucho tiempo, pero tenemos que exponer algunas verdades para mostrar qué es lo que no se debe esperar del espiritismo.
Nociones sobre los espíritus
Orígenes de los espíritus
Al principio, el espíritu fue atributo exclusivo de Dios; después, lo fue de las divinidades creadas por Él: la Biblia las llama Elohim, palabra que en hebreo significa precisamente «dioses».
En su encarnación humana, el espíritu no posee carácter divino, como pretendían los maniqueos. No es tampoco una entidad abstracta, sino concreta.
La Biblia pone en relación el espíritu y el cuerpo con la comparación de la sangre y del aliento. Considera el espíritu como el aliento que Dios ha utilizado para crear al ser humano y el término espíritu, o alma (nefesh), aparece setecientas cincuenta veces en el Antiguo Testamento. Pero la alusión más indirecta es la siguiente: «Entonces Yahvé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, le insufló en sus narices el hálito de vida y así llegó a ser el hombre un ser viviente» (Génesis 2,7).
Los teólogos se han planteado muchas preguntas sobre el aliento divino, y actualmente, después de muchas investigaciones, creen que el aliento divino ha sido el punto de partida del ser humano como criatura inteligente. Situar ese momento, en el que la vida ha surgido de las aguas mezcladas con la tierra, como el punto de partida de la vida humana es exagerado. Todo parece indicar que el paso del homínido a la categoría de hombre se sitúa varios miles de años después de este relato bíblico, que explica el nacimiento de Adán y el de las demás criaturas nacidas sobre la tierra.
El aliento divino ha dado una «chispa» o un impulso al homínido, al otorgar a su cerebro una facultad de discernimiento superior: esto se confirma por el sentido de la palabra «aliento», —en hebreo rûah o nefesh—, que se utiliza en Génesis 2,7 y que se traduce por «hálito» desde el siglo V a. de C. Antes, este término significaba: viento o soplo transmitidos por un ser vivo o por una divinidad potente; en este caso, no se trata sólo de una prueba de vida sino de una transmisión de algo que supera el concepto mismo de vida: el espíritu humano.
Un error frecuente es imaginar el espíritu, antes del nacimiento del cuerpo que deberá habitar, en un estado de felicidad celestial, como creyó Orígenes, Padre de la Iglesia de origen griego (185-224) y representante de la gnosis llamada ortodoxa. Orígenes propuso un sistema completo del cristianismo en el que integraba las teorías neoplatónicas; tanto él como sus discípulos creían que el espíritu era expulsado del cielo al mundo material tras haber cometido una falta: era castigado a estar encerrado en un cuerpo mortal y perecedero.
El espiritismo procura no implicarse en asuntos religiosos. Sin embargo, hay que subrayar que el concepto celestial alude a lo que el espiritismo moderno denomina cuarta dimensión.
Orígenes de la práctica del espiritismo
La práctica del espiritismo se confunde con la magia negra desde el principio de los tiempos, cuando, sin duda alguna, el hombre utilizaba indistintamente sus facultades mentales (ayudado por sus cinco sentidos) y parapsicológicas. De hecho, el hombre usaba la telepatía, un tipo de comunicación entre vivos y entre muertos, para entrar en contacto con sus semejantes, antes de utilizar el lenguaje. También la usaba para detectar las piezas de caza y los eventuales peligros. Contamos con testimonios que muestran que el hombre prehistórico recibía la ayuda de los espíritus superiores. Esta ayuda fue tan importante que la especie probablemente no habría sobrevivido sin ella.
De hecho, algún día la humanidad deberá reflexionar y acabar por reconocer que debe tanto a la dimensión espiritual como a la propia Tierra.
Esto será así porque la humanidad surge del ámbito espiritual, avanza hacia lo espiritual y recibe del espíritu todo lo que necesita para desarrollarse completamente.
Toda manifestación sobrenatural implica un despliegue de energía, muy a menudo de tipo bioplásmico, pero también de tipo magnético, y en esa época, por lo que sabemos del hombre prehistórico, había una auténtica masa de esta energía. Se parece a la que conocen en mayor o menor grado algunos pueblos «primitivos» (es decir, los pueblos que conservan una cultura llamada primitiva): estos pueblos creen que hay una especie de alma en los animales, las plantas, los objetos, los elementos y los astros. Ellos saben que procedemos de un alma universal.
Hay que destacar que, muy a menudo, los pueblos que parecen los menos cultivados poseen un grado de madurez sorprendente en el ámbito espiritual.
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