Deporte y salud

Los Juegos Olímpicos – The Olympic Games

El siguiente texto es un extracto del libro Los Juegos Olímpicos(ISBN: 9788431553234) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por François Laforge, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Los Juegos Olímpicos, un estado de ánimo sin igual

El más bello mitin de atletas, el acontecimiento más fantástico del planeta, una comunión entre deportistas que va más allá de lo estrictamente deportivo, todo esto representan para mí los Juegos Olímpicos. Durante casi tres semanas el mundo es como nos gustaría que fuera, generador de complicidad, de amistad, de reciprocidad, todo ello en un contexto de armonía y simplicidad que antes nunca había conocido. Tuve el honor de participar en los Juegos Olímpicos, en este sueño de infancia, en Pekín, como integrante de la selección francesa de balonmano.

Estando allí, uno puede cruzarse todos los días con atletas de la talla de Usain Bolt, Rafael Nadal, Nalbandian o Manu Ginobili, y encontrarse comiendo o cenando a su lado; uno tiene la ocasión de hacerse una foto posando junto a Kobe Bryant durante la ceremonia inaugural, con total naturalidad, porque el palmarés, el sueldo, la religión o el nivel de audiencia del deporte practicado no importan. Esto sólo es posible en los Juegos Olímpicos. Todos nos sentimos orgullosos y estamos felices de estar allí. No hay etiquetas, sólo una acreditación que te dice: «Formas parte de la gran familia del deporte». Será una tontería, ya lo sé, pero me parece maravilloso, especialmente por la comunicación que se establece entre las personas y el respeto que se palpa entre los pueblos. No es ningún tópico, es la realidad.

Inmediatamente después de la final del torneo, con la medalla en el cuello, nos saludamos con un voluntario chino en el gimnasio. Vi que miraba la medalla con tantas ganas de tocarla que se la colgué en el cuello. Al ver la situación, más de cien voluntarios se aglomeraron para hacerse una foto con la medalla. ¡Qué recuerdo! Y todo se prolongó semanas después de los Juegos, de París a Toulouse, con los saques de honor en los partidos de ceremonia.. Y cada vez experimentaba una enorme satisfacción viendo la felicidad en los ojos de los niños, en la sonrisa de los adultos (que por un momento se convertían en niños grandes).

Una medalla olímpica tiene el poder de dar felicidad a cualquier persona, ya sea el presidente de la República —que, a decir verdad, se la puso con algunas reticencias, ¿quizá por superstición?—, ya el hombre con quien hablé al regresar de China, que me contó las dificultades por las que estaba atravesando y me dio las gracias —a mí, un simple jugador de la selección francesa de balonmano— por la felicidad que le hicimos vivir en los Juegos.

También me di cuenta de que ser campeón olímpico te abre las puertas a un mundo que, semanas antes, no era más que un sueño.

La noche después de nuestra victoria, los deportistas franceses se reunieron todos en el club Francia de Pekín (el lugar donde los atletas franceses y sus familias pueden estar juntos). Aquella noche estaban todos los que me habían hecho soñar. No los citaré a todos, pero imaginad lo que representa estar allí, rodeado de grandes deportistas como Marie-José Perec, David Douillet, Richard Dacoury, Florence Masnada, Fabien Galthié… Y yo, un jugador de balonmano, viviendo un sueño despierto. Yo sólo quería participaren los Juegos, pero en aquellos momentos noté que las leyendas del depórteme daban la bienvenida y que pertenecía a su mundo. En tan sólo una nocheme había incorporado a su mundo. ¿No es algo increíble?

Más allá de los momentos mágicos relacionados con las victorias, me quedaría con la formidable historia humana que viví con mis compañeros de equipo —una aventura que perduró después de los Juegos— y con el descubrimiento del espíritu olímpico. Durante las tres semanas que duró la estancia, nunca vi a nadie triste o irritado en la villa olímpica. Y, sin embargo, alguien debió de pasar por malos momentos. Pero no se percibió ningún signo de frustración o de descontento estando juntos en la villa o en el comedor.

En efecto, los deportistas están tan felices de estar en los Juegos que pocas cosas más les importan: dan todo lo que tienen y aprovechan aquel momento fuera del tiempo, fuera del mundo, durante unos días. Estamos todos en lo que yo llamo «el paraíso de los deportistas».

Este libro es el mejor testimonio de ello y un gran homenaje a los Juegos Olímpicos, la cita planetaria de los deportistas, de los hombres, de las mujeres, todos reunidos para la belleza del deporte y de la humanidad.

Recibo el encargo de hacer este prólogo con mucha humildad, honor e ilusión, y con más razón por ser para una editorial española (se da la circunstancia de que jugué tres años en Irún y tengo un corazón universal). Estoy tan contento de formar parte de la historia de los Juegos que seré toda mi vida el mayor fan de este acontecimiento que cada cuatro años hace felices a todos los habitantes del planeta. Que este libro permita participar a todos los lectores de esta felicidad y esta alegría.

London Calling

Discóbolo (lanzador
de disco), de Mirón.
(© Thinkstock)

Cuando el 27 de julio de 2012 se encienda la llama olímpica que durante diecisiete días brillará en la capital del Reino Unido, cuando se declaren inaugurados los Juegos de las XXX Olimpiadas de la era moderna, que unos miles de privilegiados podrán presenciar en directo y millones de telespectadores verán a través de sus televisores, espero que nuestro viejo mundo se tome un respiro en su alocado destino.

Que el ideal olímpico instaurado por el barón de Coubertin, artífice del renacimiento de los Juegos, sea la única norma inmutable de esta nueva cita planetaria.

Que durante dos semanas sólo se hable de deporte, hazañas, atletas, récords, medallas, victorias, también de derrotas, pero siempre dentro del espíritu olímpico.

¡Un vasto programa, un deseo piadoso!

Elegida sede de los Juegos Olímpicos por tercera vez después de las ediciones de 1908 y de 1948, Londres se dispone a albergar 301 competiciones de 26 deportes diferentes, que agrupan 36 disciplinas y que disputarán 10 500 atletas representando a 205 países.

Todos estos atletas acudirán a la llamada de Londres, la London Calling de los míticos The Clash. La unión de este grupo inglés de punk-rock y un noble francés del siglo xix simboliza la apertura cultural y el respeto humano que mueve este acontecimiento deportivo único en el mundo.

Estos 10 500 atletas escribirán a su vez la gran historia de los Juegos, la que tanto nos gusta contar y revivir. Y esto es lo que haremos a través de las páginas de este libro.

Let’s go!

Nacimiento y renacimiento de una competición

Los Juegos Olímpicos, creados legendariamente por Heracles, desaparecieron por primera vez en el siglo iii de nuestra era por motivos culturales y religiosos.

Utopía pacifista para unos, instrumento ineludible para el entendimiento entre los pueblos para otros, el debate que rodeaba el posible renacimiento de los Juegos Olímpicos estaba en boca de todos a finales del siglo xix. Un francés, el barón Pierre de Coubertin, fue quien consiguió su propósito movido por el deseo de ofrecer al mundo un mensaje de paz mediante la organización en 1896 de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. ¡Noble voluntad para una causa justa!

Desgraciadamente, estos «nuevos Juegos», al igual que ocurrió con sus antecesores, no tardaron en ser utilizados con fines mucho menos loables. Sin embargo, como veremos más adelante, ni la propaganda, ni el terrorismo, ni los boicots lograron manchar la imagen de paz universalmente reconocida de los Juegos Olímpicos.

La llegada del profesionalismo al mundo del deporte, con la distorsión del espíritu olímpico que esto ha supuesto, no ha influido nada en la percepción del público. Los Juegos siguen siendo los Juegos. Nada los cambia. El público cesa en sus actividades durante quince días; toda la Tierra tiene la mirada puesta en una ciudad y vibra al ritmo de las zancadas de los campeones, acompaña el bote de los balones, vive pendiente del sonido de los silbatos, las ovaciones y los disparos… no del ejército, sino de los jueces de salida. ¡Empieza la carrera! Aunque, tal y como los conocemos hoy en día, no tienen mucho que ver con los ritos consagrados al culto de los dioses ni con las olimpiadas que había imaginado el barón de Coubertin, los Juegos Olímpicos siguen siendo un acontecimiento deportivo sin parangón, no sólo por su importancia, sino, sobre todo, por el mensaje de paz, apertura cultural y respeto humano que transmiten.

El mito de los Juegos

Templo de Olimpia, en
Atenas. (© Thinkstock)

Olimpia, antes de ser conocida por sus competiciones deportivas, era un santuario dedicado a la diosa de la fertilidad y las cosechas. En el siglo xi a. de C. cayó en manos de los helenos. Los nuevos ocupantes de la región la convirtieron en un santuario consagrado a Zeus, el dios de los dioses, y la ciudad fue bautizada con el nombre de Olimpia, en honor al monte Olimpo, residencia de los dioses según la mitología griega.

Cuenta la leyenda que en aquel lugar los dioses Zeus y Apolo derrotaron a Cronos, Ares y Hermes en las disciplinas que posteriormente se convirtieron en las bases de los Juegos Olímpicos.

Por ello, Heracles organizó allí las primeras carreras en pista y competiciones de lucha. El vencedor, además del inmenso honor de rendir homenaje a su dios, era premiado con una corona elaborada con una rama de olivo.

Olimpia no tardó en darse a conocer como el santuario de Zeus en toda Grecia y sus juegos se convirtieron en la celebración incontestable de su culto. Las olimpiadas adquirieron rápidamente una gran importancia en el mundo helénico y se instauró lo que se conoce con el nombre de tregua olímpica. Así, para que los atletas y los peregrinos pudieran desplazarse sin peligro, se proclamaba una tregua sagrada en toda Grecia. Los dignatarios helenos, organizadores de las ceremonias, enviaban a unos emisarios, los espondóforos, para que proclamaran por todo el Peloponeso el inicio de la tregua y anunciaran las fechas de las pruebas. De este modo, el periodo sagrado detenía las hostilidades entre las polis griegas durante un mes.

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