Familia y relaciones

El baby-clash. La pareja a prueba del niño – The baby clash. The child proof couple

El siguiente texto es un extracto del libro El baby-clash. La pareja a prueba del niño (Spanish Edition) (ISBN: 9781639190218) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Bernard Geberowicz and Colette Barroux, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Prólogo

Cuando nació nuestro primer hijo, fue como si nos arrollara un autobús, —dice una madre…

Todo cambia —añade otra—. De pronto, un pequeño ser capta toda nuestra atención, nuestro amor, nuestras emociones y nuestros miedos. Un ser al que ni siquiera conocemos, puesto que acaba de nacer. «Cuando nace un niño, el círculo familiar aplaude alborozado1 », declama el poeta.

Es cierto, pero también lo es que la pareja se convierte en un trío, que cada uno de los padres cambia y que la relación que les une se reordena. Este reajuste puede ser espontáneo, pero es posible que las tensiones, los choques, las disputas y las discordias den paso a resentimientos y rencores. Algunas parejas no logran recuperarse de este periodo, que consideraban que sería la apoteosis de su unión. Pocas veces se habla públicamente de estos desengaños, salvo en ciertas películas recientes.

Por ejemplo, en Lost in Translation, de Sofía Coppola, dos personajes se encuentran en Tokio. Él tiene cincuenta y tantos años y arrastra, desde hace veinticinco, un matrimonio fallido; ella, veinteañera, inició hace dos un matrimonio que no augura nada bueno.

— Y la vida… ¿eso tiene arreglo? —pregunta ella.

— Sí… —responde él, entre murmullos.

— Y el matrimonio… ¿también tiene arreglo?

— ¡No! El día más aterrador de tu vida es el día que nace tu primer hijo. Tu vida, la que conoces, se acaba y nunca volverá.

— Nadie te dice eso nunca.

Todo el mundo sabe que una pareja de cada tres o incluso una de cada dos, en los grandes núcleos urbanos, acaba separándose o divorciándose. Lo que no todo el mundo sabe (o finge no saber) es que, en la actualidad, dichas rupturas suelen afectar a las parejas jóvenes. Cada vez son más las que se separan cuando sus hijos son todavía pequeños (por lo general, cuatro años después del nacimiento del primer hijo o tras la llegada del segundo).

Por lo tanto, estas parejas tienen la impresión de haber estallado en pleno vuelo. Las causas de este bien denominado «fracaso» son diversas, pero muchas de ellas emergen durante las etapas precedentes, como el compromiso, el embarazo, la llegada del bebé y el aprendizaje de la parentalidad.

Ambos miembros de la pareja experimentan una serie de cambios internos (en función de su historia personal y familiar) y afectivos (con su familia de origen, su círculo de amistades y su entorno social y profesional). En la relación de pareja las prioridades cambian, el equilibrio se modifica y las fronteras de la intimidad (ya sea personal, conyugal o familiar) se redefinen.

Las imágenes y los modelos se imponen con tanta fuerza que a los cónyuges les resulta difícil expresar sus dificultades, pues no es fácil reconocer (a uno mismo, a la pareja, a la familia o a los amigos) que el nacimiento del bebé que tanto se deseaba, y que, por cierto, es adorable, ha sumido a la pareja en la confusión, la frustración e incluso el tormento. Hemos constatado que a los cónyuges les avergüenza la idea de expresar las dificultades que experimentan durante esta etapa que se suponía que tenía que ser tan dichosa.

Y, también, que les proporciona cierto alivio constatar que prácticamente todas las parejas tienen que enfrentarse a unos reajustes con frecuencia difíciles. Por lo tanto, la intención de este libro es advertirles de dichas dificultades, pues «una pareja prevenida vale por dos». Muchas parejas jóvenes desean tener un hijo para sellar su unión, para construir una familia o para completar su desarrollo personal.

Sin embargo, temen las consecuencias de su nueva situación, como las tensiones, la irreversibilidad de su compromiso, el miedo a repetir las discordias parentales o la limitación de su autonomía. Esta es la razón por la que hemos decidido desentrañar los primeros sobresaltos que experimenta la pareja, antes de que se conviertan en un seísmo que sacuda con fuerza los cimientos de la nueva familia. Todo arquitecto japonés sabe que los edificios más flexibles son también los más resistentes.

Introducción

«Y tuvieron muchos hijos y fueron muy felices», concluían muchos de los cuentos infantiles de antaño. Tener hijos representaba la culminación y, por lo tanto, la consagración del matrimonio. Los hijos eran la prueba evidente de que la pareja permanecería unida. La fecundidad garantizaba la longevidad del matrimonio y la esterilidad podía significar su condena. En la sociedad patriarcal, el objetivo del matrimonio era asegurar la descendencia.

Una familia estaba compuesta por un padre, una madre y los hijos, y la función de cada uno de ellos estaba bien definida en el interior de una serie de círculos concéntricos. Ya fuera por amor o, con más frecuencia, por conveniencia o interés, el matrimonio respondía a un propósito social o religioso, pues aseguraba la supervivencia de la especie y garantizaba que a la nación no le faltarían «brazos» en el futuro.

¿Cómo es posible que hayamos desarrollado la idea iconoclasta de un «baby-clash», de una crisis conyugal debida al nacimiento de un bebé?

¿Cómo es posible que la pareja, que antaño era reforzada por la llegada de un descendiente, ahora sea tan vulnerable?

¿Es posible que nos encontremos a años luz de los sistemas que imperaban en el pasado?

La historia banal de las personas corrientes. Antaño, el niño cimentaba el matrimonio y las contingencias de la vida conyugal formaban parte del contrato. En caso de desacuerdo o de infidelidad, ninguno de los cónyuges se lamentaba demasiado porque consideraban que «se habían casado para lo bueno y para lo malo». No había lugar ni tiempo para expresar las emociones y mucho menos para rupturas que tanto el orden social como las limitaciones económicas impedían.

El progreso de la sanidad y la medicina, la mecanización del trabajo, los avances tecnológicos (transportes, comunicaciones, electrodomésticos), la democratización de la educación y la cultura, la regresión de las guerras (según su forma tradicional) y unas leyes sociales que mejoran las condiciones laborales han conseguido alargar tanto la esperanza de vida (82,3 años para las mujeres y 74,6 para los hombres) que, en la actualidad, las parejas bien pueden plantearse cincuenta o sesenta años de vida en común.

Desde los años setenta, la vida de los hombres y las mujeres ha estado marcada por diversas «revoluciones», algunas de ellas relacionadas con el vigor del movimiento feminista. En España, por ejemplo, los anticonceptivos estuvieron prohibidos hasta el 7 de octubre de 1978; ese día se firmó el Real Decreto 2275/78, que modificaba los artículos del Código Penal en los que se establecía que vender, prescribir, divulgar u ofrecer cualquier cosa destinada a evitar la procreación era delito.

A partir de entonces, el embarazo dejó de ser obligatorio, y se permitió a la mujer decidir cuándo y con quién concebir un hijo. Esta inmensa libertad, que muchos hombres percibieron como una desposesión, estuvo acompañada por un avance en los métodos de fecundación médica asistida y por la despenalización del aborto (noviembre de 1985, fecha en la que fue despenalizado en tres supuestos). Todos estos cambios han provocado que, en ocasiones, el hombre tenga la impresión de ser prescindible para la supervivencia de la especie.

La situación se ha invertido y, ahora, aunque la naturaleza permite que los hombres sean padres a una edad avanzada, para hacerlo deben esperar al consentimiento de una mujer y a que esta deje atrás su «no deseo de tener hijos», según expresa la psicoanalista Monique Bydlowski. ¿Cuáles son las consecuencias de un cambio tan espectacular? Liberadas de la maternidad reiterada y de ciertas tareas domésticas, las mujeres han podido recibir una mejor formación que a principios del siglo pasado y han invadido de forma masiva el mercado laboral (hoy en día, el 59,8 % de las mujeres españolas trabajan; esta tasa de actividad laboral se encuentra por debajo de las europeas, aunque ha mejorado en los últimos años).

Esto significa que, en el seno de la pareja, la relación económica ha cambiado. Del mismo modo que los niños ya no se consideran trabajadores en potencia, el esquema que concedía al hombre el papel de «portador del pan» y a la mujer, el de «guardiana del hogar», también ha quedado obsoleto. En la actualidad, la pareja tiene un presupuesto que debatir, unos gastos que compartir, unas prioridades que definir y dos economías que respetar.

Además, la independencia financiera permite abrir de par en par las puertas de la casa-pareja en caso de insatisfacción. En el pasado, todas las familias se fundaban sobre una jerarquía y una autoridad verticales, pero, en la actualidad, la familia se ha convertido en una unidad democrática e igualitaria, al menos en sus principios. Las leyes se han hecho eco de estos cambios y, por ejemplo, el Código Civil ha sustituido la autoridad del padre por la autoridad del padre y de la madre.

El divorcio se ha convertido en una forma habitual de solucionar las desavenencias conyugales. Desde que la ley de 7 julio de 1981 introdujo el divorcio por consentimiento mutuo, estos se han ido incrementando de forma paulatina. Hasta mediados de los años noventa, la tasa se mantuvo relativamente baja (9 de cada 100 matrimonios) pero desde entonces se ha disparado de tal forma que, en la actualidad, de cada 1,5 matrimonios, uno se rompe.

Cuando se aprobó la ley, como no era necesario que la demanda fuera conjunta, solía ser la mujer quien tomaba la decisión de separarse, sobre todo porque tenía la certeza de que no le quitarían a los hijos (la guarda y custodia era concedida a la mujer en el 93 % de los casos si el niño era menor de cinco años y en el 87 % de los casos si era mayor).

Ya fuera por desconocimiento de la ley, por resignación, por desesperación, por falta de combatividad o por egoísmo, los padres solían quedar excluidos de la educación diaria de sus hijos y relegados al papel de distribuidores mensuales de la pensión alimenticia y animadores de los niños dos fines de semana al mes… a no ser que optaran por desaparecer de forma progresiva. Los ex cónyuges fueron arrastrados por la misma ola que se había llevado a la pareja parental después de haber engullido a la pareja conyugal y muchas separaciones falsamente consensuadas dieron pie a rencores y resentimientos que degeneraron en contenciosos posteriores al divorcio que nadie había anticipado.

En los años noventa, diferentes grupos de padres dejaron oír sus voces para que les fuera reconocido su derecho a seguir formando parte de la educación de sus hijos y lograron que la legislación fuera consciente de lo importante que era para el niño conservar los vínculos paternales y maternales. Entonces se estableció el principio de la autoridad parental conjunta o «coparentalidad», que resultó ciertamente paradójico debido a que implicaba a dos personas que estaban en conflicto y al borde de la separación.

El anteproyecto de Ley Orgánica de 19 de mayo de 2004, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, estableció el derecho del menor al cuidado y educación habitual de ambos progenitores y el equilibrado reparto de derechos y deberes de cada uno de ellos, como un derecho fundamental e irrenunciable de los menores afectados por la separación de sus padres. La legislación insistía en que la pareja parental debía mantenerse tras la disolución de la pareja conyugal, tanto para confirmar que el divorcio fuera una forma de escapar de los conflictos como para proteger los derechos del niño tras la separación de sus padres.

Un niño no nace de la nada, sino del deseo, el amor o el encuentro entre un hombre y una mujer, los cuales, durante el resto de sus vidas, deben compartir el cuidado de sus descendientes comunes. Es evidente que el entorno social ejerce tracciones opuestas sobre la pareja. Las fuerzas centrífugas alimentadas por la ideología individualista la empujan hacia las fuerzas centrípetas que en el pasado mantenían unidos a los cónyuges durante toda la vida.

Mientras la institución del matrimonio estuvo sostenida por ideales (religiosos o laicos), mientras los valores humanistas impregnaron los discursos de los filósofos y mientras las obligaciones predominaron sobre los derechos, fueron la familia y la escuela quienes dispensaron una educación convergente dirigida a la construcción de un ser social. El niño no era educado para satisfacer el narcisismo de sus padres, sino para adaptarse a la sociedad y servirla.

Se le inculcaba el valor del trabajo y el sentido del esfuerzo. Además, el futuro adulto debía obedecer a sus padres y a sus profesores para convertirse en un buen ciudadano. Los sindicatos y los partidos políticos, las iglesias o las asociaciones le hablaban de «esos otros» a quienes debía sacrificar su tiempo y su energía y también de ese mundo mejor que cada uno estaba llamado a construir. ¿No se suponía que el futuro tenía que ser radiante?  

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