Familia y relaciones,  Niños

Nunca escucha

El siguiente texto es un extracto del libro Nunca escucha (ISBN: 9781683250098). Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Jean Luc Aubert, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Es evidente que ser padre representa, ante todo, una granalegría, un enorme placer. Pero no sólo eso, sino que tambiénsupone inquietudes, muchas preguntas y algún queotro enfado. Puede llegar incluso a convertirse en una verdaderaexasperación. Sobre todo cuando hay que repetirlecien veces lo mismo a un niño, con la sensación de queno te escucha.¿Qué padre no se ha planteado en algún momento estacuestión, la atención de su hijo? Mi experiencia comopsicólogo, así como la de compañeros que tratan estosmismos temas, me obliga a reconocer que la queja queacompaña muchas veces a los padres forma parte de loscinco o seis síntomas más importantes y recurrentes: nopasa un solo día sin que los profesionales nos encontremosante estas situaciones, y más de una vez.A su vez, cuando he expresado en mi entorno el deseode escribir este libro sobre la atención de los niños, lasreacciones han sido numerosas y, en ocasiones, hasta sorprendentes:cada interlocutor planteaba una preocupacióndiferente.

Escuchar: ¿obedecer, retener?

Para los padres

Para un padre, la mayoría de veces, el niño que nunca escucha es un niño que tampoco obedece, como si la obediencia fuera una consecuencia directa de la atención.

Esta queja normalmente se enmarca en un contexto más general: «No atiende a nada», o «Le entra por un oído y le sale por el otro»; aunque lo más común es que vaya acompañada de una puntualización restrictiva: «Nuncame hace caso… pero escucha a su padre [o a su madre]»,a veces formulada de otra forma: «Cuando su padre [o sumadre] le dice alguna cosa, entonces sí…».

La protesta suele venir de las madres. Lo cierto es que hay muy pocos padres que llegan a la consulta para esta clase de cuestiones. ¿Por qué? A pesar de todo, la educación de los hijos recae todavía en la figura materna. Son las madres quienes llegan normalmente preguntando por su hijo o hija. También padres nuevos, aunque en la realidad más cotidiana, suelen ser muy discretos —demasiado, sin duda—; en cualquier caso, hasta la adolescencia, en que la queja se hace conjunta, del tipo: «¡No me escucha!», que pasa a ser generalmente «¡Ya no escucha!», o en el mejor de los casos: «¡Ya no escucha tanto!».

La dificultad propia de las madres a la hora de hacerse escuchar, sin embargo, plantea otra serie de cuestiones,como la relación maternal, que además se encuentra privilegiada durante toda la infancia del hijo, pero que, paradójicamente, resulta también más difícil de llevar que la relación paternal. Su explicación llevaría a preguntarse si existiría una autoridad paterna «natural».

Independientemente de su carácter, la queja sobre una precaria e incluso inexistente atención constituye una preocupación real. Eso puede convertirse en algo perjudicialen la relación con los niños, o incluso en el seno familiar.Cuando llega a plantearse, sola o acompañada deotras preocupaciones, representa una verdadera llamadade socorro, un aviso del padre que «no da abasto» o que«no puede más».

Tras este lamento, normalmente se encuentran algunas dudas como: ¿Por qué no me escucha… y en cambio escucha a su padre (o a su madre)? ¿Por qué ahora? Y de manera más urgente aún: ¿Qué hago? ¿Podemos cambiar algo? ¿Cómo instaurar o recuperar su atención? ¿Cuánto tiempo llevará?

Detrás de estas preguntas implícitas, se plantean otras muchas que apuntan directamente hacia los profesionales:¿Escuchar o atender? ¿Hablamos de lo mismo? ¿La faltade atención puede interpretarse como un síntoma de algo? ¿La ausencia (o presencia) de esta especificidad puede ser un precedente de inestabilidades o contiendas futuras? ¿Cuáles? Durante la evolución del niño, ¿existen épocas más sensibles?

Lo que resulta cierto, es que el psicólogo no puede responder a estas dudas sin situarlas en un contexto, en una historia y en una dinámica propias de cada uno. Hay que empezar por diferenciar los fenómenos transitorios, poco preocupantes en cuanto al pronóstico, con las constantes de la personalidad, algo más significativas. En el primer caso, nos encontramos ante un incidente como reacción de algo concreto que se solucionará cuando los elementos que lo hayan provocado desaparezcan. En el segundo caso, la mejora de la situación, si no resulta imposible, exige mucha energía y, por lo general,una movilización activa de todos los implicados:el niño y los padres, por supuesto, el terapeuta y, en ocasiones,el o los profesores.

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