Las ciencias ocultas – The occult sciences
El siguiente texto es un extracto del libro Las ciencias ocultas (ISBN: 9788431554149) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Simonetta Vercelli , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.
Prólogo
Si bien la alquimia y la brujería han experimentado un desarrollo diferente a lo largo de la historia, siempre han sido definidas como prácticas que permiten ponerse en contacto con el diablo y el mundo de los infiernos. Lo más conveniente es examinar por separado sus respectivas evoluciones.
La alquimia nació en el siglo I d. de C. en los círculos helenísticos del antiguo Egipto. Las obras alquímicas más antiguas que han llegado hasta la actualidad están firmadas por el filósofo Demóstenes de Abdera; teniendo en cuenta la amplitud de las investigaciones especulativas que caracterizan el periodo helenístico, no es de extrañar que la alquimia, que más adelante se confundiría con la charlatanería, fuese entonces practicada por los filósofos. Hermes, Agathodaemon, Isis y María la Judía escribieron obras alquímicas.
A esta última debemos una primera definición, ciertamente muy poética, del nacimiento y los objetivos de la alquimia. En Litera de corona et natura de creatione narra la historia de una mujer que tuvo siete hijos, los siete metales, dos de los cuales se convirtieron en reyes, el oro y la plata, y los otros fueron pobres y miserables. Uno de estos últimos se quejó un día a su madre de su triste suerte y le pidió que le ayudase a alcanzar la condición de sus dos hermanos nobles.
Su madre le enseñó, al igual que al resto de sus hermanos «viles», la forma de fundirse en minúsculas partículas para que, reintegrándose en el seno materno, pudiera alcanzar la perfección. La alegoría es clara: la alquimia, la madre, descompone los metales viles y los recompone en la piedra filosofal, clave de la ciencia y la sabiduría.
Los alquimistas suelen utilizar un lenguaje simbólico para referirse a los metales. Zósimo el Panopolita, que vivió en el siglo III d. de C., no sólo les atribuye vida (hilozoísmo), sino también sexo. Al mezclar cobre y magnesio con otras sustancias se obtiene, tras una larga «gestación», un nuevo conglomerado de materia.
La relación entre la fuerza física y el espíritu materializado permite comprender el vínculo que existe entre la alquimia y el espiritismo; en realidad, este no es más que la concretización de las fuerzas psíquicas a través de un médium.
La sociedad moderna orienta al hombre hacia el desarrollo de la técnica, más que hacia la reflexión interior, lo cual explica el desinterés actual por estas artes tan especiales. Por el contrario, la filosofía y la religión orientales han favorecido desde los tiempos más remotos un grandioso progreso, paralelo a la influencia de la cultura oriental sobre la griega; en realidad, las artes mágicas fueron cultivadas sobre todo en Mesopotamia, Persia, Grecia, Egipto y, posteriormente, el Imperio romano.
A modo de ejemplo, Plutarco describió la visión del mundo de los espíritus experimentada por un tal Testapio de la siguiente forma: «Mientras su pesada alma se desprendía de su cuerpo, vio que las almas de quienes morían se elevaban del suelo y formaban una especie de esfera luminosa que permitía a los difuntos continuar su camino sobre esta tierra con una apariencia humana»; más adelante, añade: «No todas las almas se elevaban de la misma forma; algunas permanecían suspendidas en los aires, maravillosamente resplandecientes para, al cabo de un instante, desaparecer en las alturas sublimes; otras daban vueltas como una peonza y subían y bajaban alternativamente con movimientos confusos en medio de un diluvio de colores».
Testapio no conocía a la mayor parte de los difuntos, sólo entrevió a dos o tres parientes a los que intentó acercarse para hablarles, pero estos no lo oyeron, porque no tenían un alma completa y se hallaban en un estado de insensibilidad que les impedía cualquier tipo de contacto. «Al principio, giraban en círculo con los otros espíritus de su condición y hacían resonar unos versos extraños donde la alegría se mezclaba con el dolor».
Existe una similitud asombrosa entre el relato de Plutarco y el de la Demonomanía de Bodin; también podemos encontrar parecidos de este tipo en textos de otros autores antiguos, desde Aristóteles y Aulo Gelio hasta Nostradamus, y en los más recientes de Gauss, Borinsky y Ferdinand J. M. de Waele.
Los químicos alemanes de siglo XIX pensaban que la alquimia y el espiritismo eran fruto de errores humanos. Dante, en La divina comedia, considera que los alquimistas son meros impostores y su arte, algo parecido a un pecado: los encierra en la décima fosa de los infiernos junto a su discípulo Capochio Senese, que corrompió los metales mediante prácticas alquímicas, y Griffolino d’Arezzo, «que practicó la alquimia». Petrarca, en De remediis utriusque fortunae, afirma que el espiritismo no es más que «humo, cenizas, suspiros, palabras, mentiras e injurias».
Desde siempre, y por supuesto todavía en la actualidad, el espiritismo y la magia han sido ma- teria de estudio. Este libro extrae la sustancia de las investigaciones realizadas y expone cómo, cuándo y por qué realizar experiencias mágicas. Para que estas den buenos resultados, se requiere tener el espíritu libre de todo pecado y poseer una fuerte voluntad: sólo reuniendo estas condiciones incluso el hombre moderno podrá alcanzar los objetivos fijados.
Prólogo a la presente edición
Lo irracional forma parte integrante de la naturaleza humana. Ni los científicos ni los racionalistas han logrado detener la amarga búsqueda que desde tiempos inmemoriales han llevado a cabo los hombres para saber en qué consistirá el mañana. Todos los medios son lícitos: astrología, cartomancia, quiromancia, radiestesia, rabdomancia, runas adivinatorias, televidencia, premonición, telehipnosis, en otras palabras, ciencias ocultas.
Estos fenómenos paranormales y métodos adivinatorios no son privilegio de una sola clase social, más bien todo lo contrario. Desde el oráculo de la Sibila hasta los astrólogos «mediáticos», todas las grandes figuras han buscado a menudo refugio, es decir, una forma de seguridad, en los oráculos de los videntes, cuya técnica o «ciencia» no sabríamos si calificar de justa, aleatoria, poética o quimérica.
Con el ocultismo, todo el mundo intenta comprender las motivaciones que llevan a los hombres a abandonar el mundo de lo real o el camino de lo racional para dirigirse hacia la zona libre de lo desconocido donde se describe el futuro mediante rituales mágicos, tan frecuentes durante la Edad Media (prácticamente todos los ritos que aparecen en este libro ya no se utilizan en la actualidad).
¿Quién no recuerda a Alejandro y el oráculo del oasis de Siwa, a san Rémi frente a la hoguera infernal o a Gerbert, el papa mágico? Todos conocemos los vínculos entre Catalina de Médici y Nostradamus, o la historia de Montespan y los filtros consagrados en misas negras. Pero ¿qué podemos aportar a estas prácticas, además de nuestros conocimientos científicos?
Con el ocultismo penetramos en el corazón del mundo oscuro, prohibido o misterioso de una realidad denominada escondida. Al tomar unos caminos diferentes de los trazados por la ciencia tradicional, este nuevo enfoque confunde frívolamente lo sagrado y lo profano, lo físico y lo metafísico, lo real y lo imaginario. Desde la cábala hasta la alquimia, pasando por los meandros del la francmasonería y el catarismo, se dejan de tomar en consideración los campos del conocimiento escondido cuyas claves pertenecen a un pequeño número de iniciados…
Estrechamente unido al imaginario colectivo, el ocultismo (las ciencias ocultas) florece en favor de las crisis de Estado, los periodos de duda o los movimientos revolucionarios. Su forma de funcionamiento contiene más un reflejo religioso que un método experimental. Aparece también como un atajo de lo real o una respuesta irreflexiva a las sempiternas preguntas relativas a la creación o a nuestros orígenes. El ocultismo, que difiere del esoterismo porque este pone el acento en el campo todavía inexplicado de lo real, se sale del marco de la ciencia…
Ya en la Antigüedad grecorromana, los misterios de Eleusis proponían otra captación de la realidad que respondiese más a las aspiraciones personales de los hombres. Gozaron de un gran prestigio en toda la península griega, pues se suponía que abrían la puerta de la inmortalidad. Algunos, mediante ritos de purificación, evocaban un mundo oscuro y perfecto reservado sólo a los iniciados. Los encontramos en este libro de Mirella Corvaja, como parte integrante de las relaciones más extrañas con la sangre: la sangre del cráneo, la del colgado en la Edad Media, los más singulares filtros de amor…
De alguna manera, los movimientos ocultos o las corrientes místicas que salpican los dos mil años cristianos tienen su origen en la misma lógica. Lejos del campo experimental de los labo- ratorios de física, química o incluso biología, el ocultismo se erige a partir de la certeza o postulado de los presupuestos filosóficos sobre la verdadera naturaleza del universo y los orígenes del hombre. Y para finalizar, sólo los iniciados tienen acceso a las herramientas necesarias. Dicho de otra forma: la permanencia del secreto es indispensable para la supervivencia del mito. Con las ciencias ocultas se cierra de nuevo la era de las incertidumbres, las hipótesis y las experiencias…
Recurrir al conocimiento de las ciencias ocultas, incluidas las prácticas olvidadas, es interesarse por el futuro, por querer conocerlo. Se permitirá que un viejo filósofo transmita su sabiduría, sin rechazarlo sistemáticamente. Pues conocerse uno mismo requiere otros ejercicios que empiezan con el propio análisis psicológico, que conlleva unos riesgos que no hay que desdeñar. Por consiguiente, la alquimia, los filtros, la piedra filosofal, por lo que han representado en la historia (este es el objeto del presente libro), pueden constituir una forma de aprehender la vida, incluyendo una dosis de viveza de espíritu, sobre todo si se tiene el valor de comparar lo anunciado con lo constatado. Al fin y al cabo, nadie ignora que el azar preside nuestro destino…
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