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El gran libro del ajedrez. Cómo aprender a jugar al máximo nivel – The Great Book of Chess: How to Learn to Play at the Highest Level

El siguiente texto es un extracto del libro El gran libro del ajedrez. Cómo aprender a jugar al máximo nivel (ISBN: 9798894055787) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Natale Ramini, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Historia del ajedrez

El juego del ajedrez, cuyo nombre proviene del árabe axxatranch, es uno de los más antiguos que se conocen, aunque no se sabe con exactitud quién lo inventó; se supone que fueron los chinos o los indios hace ya unos millares de años.

Paulatinamente, al irse incrementando las relaciones comerciales entre los pueblos, pasó a otros países, especialmente a Persia, donde alcanzó rápida popularidad y las piezas adquirieron forma definitiva: el Rey, el Primer Ministro, el Elefante, el Guerrero, el Carro de guerra, y los Soldados.

Posteriormente, pasó a Egipto, donde lo dio a conocer un embajador persa, el cual intentó incluso enseñárselo al faraón. Este, entusiasta del juego y como testimonio de su gratitud, al terminar una partida invitó al embajador a que expresara un deseo, que le sería inmediatamente satisfecho. El interpelado le contestó que deseaba trigo: un grano de dicho cereal en la primera casilla del tablero, dos granos en la segunda, cuatro en la tercera y así sucesivamente, siempre doblando, hasta la sexagésima cuarta casilla.

—Poco me pides —exclamó el faraón, extrañado de que pidiera lo que consideraba una bagatela, y dio las oportunas órdenes al Gran Tesorero del Imperio para que procediera en consecuencia.

Diagrama 1.

Al cabo de una semana, el funcionario, que entretanto había intentado sacar las cuentas, se presentó ante el soberano y le dijo:

—Majestad, para pagar al embajador, no solamente resulta insuficiente la cosecha de trigo de Egipto, sino también todas las del mundo, y no solamente la cosecha del año actual, sino las del mundo en los diez próximos años.-

La historia no nos dice cómo reaccionó el faraón ante aquella noticia, pero debemos suponer que no debió ser de su agrado; si hubiera, entre los lectores, alguno que experimentara dudas sobre lo que acabamos de decir, le invitamos a que tome papel y lápiz y empiece a efectuar las correspondientes operaciones aritméticas. Y si no quiere tomarse esta molestia, las modernas máquinas calculadoras le facilitarán la tarea y le demostrarán, en unos momentos, que el funcionario faraónico dijo a su soberano la verdad.

Los romanos del tiempo del Imperio llevaron a Roma este juego, de los países de Oriente que habían conquistado, pero fueron los árabes quienes dieron el impulso decisivo para su introducción en Europa después de su invasión de Persia.

En aquellos tiempos, las reglas que regían el juego eran, en parte, distintas de las actuales. Por ejemplo, el Peón que conseguía llegar a la octava línea podía cambiarse por una Dama, que por aquel entonces era la pieza más débil. La potencia y movimientos de la Reina o Dama, tal como se le atribuyen en la actualidad, datan del siglo XVII. Algunas de las reglas características primitivas han sido alteradas hasta nuestros días: por ejemplo, antiguamente se podía iniciar la partida moviendo simultáneamente un paso los dos peones de Torre.

Así, con el transcurso de los siglos el juego del ajedrez fue sufriendo sucesivas transformaciones y modificaciones, y las figuras fueron adoptando formas más modernas, como las actuales, adaptadas a la mentalidad occidental.

Al Primer Ministro le sustituyó la Reina o Dama; el Elefante, especie animal casi desconocida en Occidente y que podía hacer movimientos y dar saltos gigantescos, cedió su puesto al Caballo, cuyo salto fue reducido a proporciones más limitadas. Las Torres ocuparon el lugar del Carro de guerra y los Alfiles el de los Guerreros.

Durante la Edad Media, el juego del ajedrez constituyó uno de los entretenimientos más en boga, el favorito entre las pocas distracciones de que disponía la nobleza de la época en sus largas veladas invernales, encerrada en sus castillos.

Asimismo era jugado por las clases populares, y confirmación de ello es la comedia Una partida de ajedrez, de Giuseppe Giacosa, que nos ilustra de manera eficaz sobre uno de los aspectos de la cotidiana vida medieval.

Diagrama 2.

Yolanda, hija del señor del castillo, y el paje Fernando inician una partida de ajedrez, en la que éste, si pierde, pagará con la vida, y si gana obtendrá la mano de la castellana: como en todas las comedias de final feliz, el paje resulta vencedor y se casa con la doncella.

Durante el Renacimiento, la pasión por el ajedrez no disminuyó: las familias más ilustres, los gobernantes, los científicos y los literatos, lo cultivaron con asiduidad e interés. Reyes y emperadores se pasaban horas y horas ante un tablero estudiando la mejor forma de derrotar a un adversario y pagaban sumas fabulosas a los pocos ajedrecistas que, en aquellos tiempos, eran capaces de enseñar las reglas del juego y nuevos movimientos que después aplicaban a la estrategia militar.

Federico de Prusia fue un gran apasionado por el juego del ajedrez. Aprovechando esta debilidad, el barón alemán De Kempelen construyó un autómata al que dio la figura de turco, dentro del cual hizo que se escondiera un enano. Según le indicaba por medio de hilos, el enano, desde el interior del autómata, hacía accionar los brazos del turco y éste movía las piezas en el tablero.

Después, el autómata fue presentado a la Corte del rey de Prusia, donde ganó todas las partidas que jugó y enriqueció a su inventor. Finalmente, el barón logró venderle el aparato al rey por una elevada cantidad, no sin antes tomar todas las precauciones para ponerse a salvo antes de que fuera descubierta la superchería.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, la manía del ajedrez invadió Francia: algunos cafés, célebres aún en nuestros días, se convirtieron en punto de cita de los más famosos jugadores y fueron testigos de partidas entre los campeones de entonces: De Légal, Philidor, Bird, Morphy (venido expresamente de América), Andersen y otros, partidas que a veces duraban toda una noche y el día siguiente, seguidas atentamente por numerosos aficionados, que se olvidaban de sus ocupaciones habituales para seguir de cerca el desarrollo del juego.

El mismo Napoleón se consideraba a sí mismo como un genio en el ajedrez, y para no quitarle esa ilusión sus adversarios, más hábiles que él, por regla general se dejaban ganar para no incurrir en su cólera.

En el siglo pasado las partidas duraban días enteros e incluso semanas; al no haber límite de tiempo, nada impedía a un campeón, después de haber movido una pieza, irse a comer o a tomar un refrigerio, mientras su adversario estudiaba con tranquilidad la posición.

Diagrama 3.

Esto era posible, en aquel entonces, porque no existía aún un reglamento internacional, sino que las reglas eran establecidas por los propios maestros; además, siendo sumamente raros los libros de texto, y la habilidad basada por lo general en la inteligencia y conocimientos ajedrecísticos de cada uno, parecía lógico que un campeón pudiera pasarse largo tiempo meditando una jugada —durante un día o más— para hallar la forma de contrarrestar una jugada secreta del adversario y que éste, a su vez, hiciera lo mismo con las del otro.

Hasta principios del siglo XX, en que se constituyó la Federación Internacional de Ajedrez (F.I.D.E.), no se establecieron normas precisas y definitivas y los jugadores no dispusieron de un reglamento, y con ello proceder a la designación anual de un campeón del mundo.

Mientras en los países occidentales se juega, por lo regular, con piezas estandarizadas y modernas, conocidas de todos (Rey, Reina o Dama, Alfil, Caballo, Torre y Peones), los eslavos, indios y chinos, así como otros pueblos asiáticos, juegan con piezas de formas distintas; no obstante, las reglas del juego son idénticas para todos.

Es sabido cuán difundido, promocionado y con cuánto interés es seguido el juego del ajedrez en los países del Este; en algunos de ellos es considerado como el deporte o juego nacional y se enseña en la escuela como asignatura obligatoria.

Ello explica, posiblemente, la imponente cantidad de ajedrecistas con que cuentan esos países, el alto nivel alcanzado en ellos por el ajedrez, y el entusiasmo y la pasión con que es practicado y seguido por las masas populares; también explica el predominio conseguido por los jugadores del este de Europa, en sus confrontaciones, sobre los de la Europa occidental. De hecho, aparte del prodigioso cubano Capablanca (que a los cinco años derrotaba ya a su padre), que detentó el título de campeón del mundo hasta 1927, y del holandés Euwe, que lo detentó durante dos años, en los últimos cuarenta siempre ha sido ganado por un jugador de los países del Este.

Diagrama 5.

Efectivamente, en determinadas épocas fueron considerados campeones mundiales diversos ajedrecistas que habían derrotado a la mayoría de sus contemporáneos. Entre ellos destacan el clérigo español Ruy López de Segura (siglo XVII), que según parece era natural de Zafra (Badajoz), el francés François André Philidor (siglo XVIII) y en el siglo XIX el inglés Howard Staunton y el francés Louis Charles de Labourdonnais.

Poco tiempo después surgió y desapareció como una estrella fugaz el norteamericano Paul Morphy, que derrotó a todos los ajedrecistas de su época incluyendo al alemán Adolf Andersen, que siete años antes, o sea en 1851, había conseguido el primer premio del torneo de Londres, por lo que se le consideró campeón mundial. Al morir prematuramente Morphy, Andersen fue reconocido como máxima estrella mundial (1884). En 1894 y 1896, el alemán Emmanuel Lasker conquistó y revalidó el título mundial al vencer a Andersen en sendas partidas, perdiéndolo en 1921 ante José Raúl Capablanca.

Después de Capablanca han sido campeones mundiales Alekhine (ruso), Euwe (holandés), Botvinnik (ruso) tras la Segunda Guerra Mundial e iniciando la serie de grandes campeones rusos Smyslov, Thal, Petrosian, Spassky, alternándose en ocasiones en la cabeza del campeonato mundial, hasta llegar al norteamericano Fischer, campeón desde 1972 a 1975, para recuperar los rusos el título para Anatoly Karpov, actual campeón mundial, título que revalidó en 1978.

En España, después de una floreciente actividad ajedrecística a finales del siglo pasado y principios del actual, parece que su afición y difusión pase por unos momentos de estancamiento, no llegando a comprender los motivos, por cuanto en nuestro país ha habido siempre grandes jugadores.

Sí, ya sabemos que no se trata de un juego espectacular, de masas, pero tampoco es menos cierto que constituye un maravilloso atractivo para todos aquellos que se han iniciado en su estudio, una gimnasia mental que, además de ser un pasatiempo útil, es al mismo tiempo una manera sin igual de llenar unas horas libres.

Es innegable que el ajedrez es un juego de base matemática con una amplia componente mnemónica, pero esto es válido únicamente para los grandes campeones, para los maestros internacionales que hacen del ajedrez su principal actividad e, incluso, su profesión.

El ajedrez no es un juego difícil, sino bastante más fácil de lo que generalmente se cree. Lo dice un apasionado que ha pasado una buena parte de su existencia entre tableros.

Para divertirse, para entretenerse, no es preciso conocer a fondo la materia; todo aquel que consiga asimilar y poner en práctica cierto número de conocimientos teóricos, siempre podrá hacerlos valer y tendrá una enorme ventaja sobre los que juegan por rutina. Si después, presa del entusiasmo, el joven principiante desea perseverar en el estudio y perfeccionar el juego por su cuenta, no le costará mucho formar parte del grupo de buenos jugadores, siempre que cuente con las suficientes cualidades de constancia y de cierto temperamento.

En estos últimos años se observa en España un acrecentamiento de la afición por el juego del ajedrez, sobre todo entre los jóvenes y muy jóvenes, lo cual hace esperar que en un próximo futuro habrá en nuestro país un considerable número de jugadores de calidad.

En todas las ciudades importantes del territorio nacional, incluso en localidades de escaso número de habitantes, existen círculos y clubs de ajedrez que realizan una meritoria y decisiva labor en la propagación de este noble juego.

Este tratado no pretende enseñar a fondo el juego del ajedrez, tampoco los más recientes descubrimientos teóricos sobre el mismo; sólo se propone tomar de la mano al lector y acompañarle en sus primeros pasos por el camino ajedrecístico de la forma más fácil y eficaz. Si con ello conseguimos alentar a algún lector a emprender un estudio más profundo de este maravilloso juego y hacer que persevere en él, nos consideraremos suficiente y ampliamente recompensados.

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