Deporte y salud

Correr – Running

El siguiente texto es un extracto del libro Correr (ISBN: 9781639197989) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Furio Oldani & Igino Floris , publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

Hace algún tiempo un amigo me preguntó qué era lo que me gustaba de la moto y qué era lo que me impulsaba a viajar asumiendo riesgos, exponiéndome al frío, al polvo y a la intemperie, cuando podía viajar cómodamente en una segura y espaciosa berlina. Le di varias respuestas, pero después de una larga y apasionada discusión, sólo una quedó encima de la mesa, que nada tenía de lógico y racional: «Me gusta, me divierto».

A partir de aquel día, he revivido mentalmente aquella conversación, para intentar justificar mi interés por la moto con otros motivos menos aleatorios y más concretos, pero cada vez me he encontrado en el punto de partida: si dejamos de lado los factores emocionales, no hay ninguna razón lógica para preferir la moto al coche.

Las personas a las que les gusta correr experimentan una sensación parecida, ya que basándose exclusivamente en la racionalidad de los argumentos resulta difícil transmitir a los demás lo que nos apasiona. Y de poco sirve el argumento que dice que correr es bueno para la salud. Es cierto que las apreciaciones de los médicos y las estadísticas coinciden en afirmar que corriendo disminuye el riesgo de padecer determinadas enfermedades.

Sin embargo, cuando hablamos de este tema con alguien que corre, descubrimos que, en el fondo, la salud no es lo que prima, ya que estas personas seguirían corriendo incluso si se demostrara lo contrario. Prueba de ello es que la mayoría de la gente que se inicia en la carrera a pie por prescripción médica, para recuperar la forma física o para evitar un decaimiento inminente, si les gusta siguen corriendo una vez finalizado el tratamiento.

En cambio, es raro que ocurra lo contrario (es decir, que personas a las que no les gusta correr acepten hacerlo para superar determinados problemas físicos). Es posible que alguna de ellas se machaque los huesos en un gimnasio, pero difícilmente se atreverá a sudar la camiseta en una pista de atletismo.

Correr no es sólo una afición o una forma de pasar el rato: es una síntesis homogénea y equilibrada entre gesto atlético y emotividad, un deporte que se explica en términos musculares pero que encuentra motivaciones y estímulos de índole mental. «Me gusta, me divierto»: un concepto simple y quizá banal, pero a la vez real, ya que el corredor lo experimenta en primera persona; una afirmación cuya validez puede comprobarse únicamente atándose las zapatillas y empezando a practicar el deporte más antiguo, natural y espontáneo.

Hemos nacido para correr

La estructura física del hombre está concebida para el movimiento, como lo demuestra el hecho de que el aparato locomotor humano, representado por músculos, ten- dones, huesos y articulaciones, constituye aproximadamente el 70 % de la masa corporal total. Precisamente por esta razón, y admitiendo que indudablemente el reposo es útil después del esfuerzo, los efectos de la inmovilidad prolongada repercuten inevitablemente en todo el organismo: los músculos pierden tono y volumen, las articulaciones pierden movilidad, los cartílagos se debilitan, y, en los casos más graves, se pueden originar patologías que influyen más o menos negativamente en la coordinación de los movimientos.

En los niños, la inmovilidad provoca el aumento de toda una serie de problemas relacionados con el desarrollo (cifosis, escoliosis, escápulas aladas, genuvalgo, pies planos, etc.), patologías todas ellas que paradójicamente sólo pueden remediarse mediante la gimnasia correctiva, es decir, con la acción, con el movimiento.

Los efectos de la inmovilidad todavía pueden ser de mayor gravedad en los órganos. El hombre sedentario tiene más probabilidades de padecer enfermedades metabólicas (obesidad, diabetes e hiperuricemia) que el deportista. Por otra parte, los fumadores empedernidos y los fumadores «pasivos» pueden contraer bronquitis crónicas, arteriopatías obliterantes o trombosis venosa en las extremidades inferiores. La falta de actividad física hace que aumente el riesgo de arteriosclerosis precoz: cuando las arterias pierden elasticidad se hacen más gruesas y se endurecen, y aumenta el riesgo de infarto de miocardio, que puede ir acompañado de degeneración y necrosis de los tejidos cardíacos.

Los efectos beneficiosos para el cuerpo

De todo lo dicho hasta ahora se puede afirmar que la vida sedentaria es perjudicial para la salud.

La carrera a pie reduce la frecuencia cardíaca en reposo, y aumenta la capacidad vital pulmonar, la capacidad pulmonar total y la oxigenación de los tejidos. El aumento del rendimiento muscular permite soportar mejor la fatiga física, incluso la que provoca el trabajo, y, en definitiva, reduce el cansancio al final del día. Además, corriendo se regularizan las funciones del aparato digestivo y se aumenta el apetito sin dar lugar a excesos.

Es bien sabido que el hecho de practicar un deporte reduce las posibilidades de enfermar. Esto puede explicarse si se considera el entrenamiento como una forma de estrés: al aumentar la preparación aumenta la capacidad de soportar entrenamientos cada vez más intensos y, por lo tanto, situaciones de estrés físico, como son las enfermedades. Tampoco hay que olvidar que la mejora de la forma física se refleja también en el plano sexual, con un aumento del número y de la calidad de las relaciones.

Este beneficio se ve incrementado además por el aumento del tono muscular de todos los vasos sanguíneos y del corazón. Para poder hacer frente al aumento del consumo de oxígeno requerido por los músculos, las venas y las arterias aumentan de diámetro y pueden llegar a originar nuevas redes de vasos sanguíneos que reciben el nombre de anastomosis, gracias a las cuales se mejora la irrigación sanguínea en todas las partes del cuerpo. Los nuevos vasos garantizan el aporte de oxígeno a los tejidos, incluso en caso de que se produjera una obstrucción de los vasos sanguíneos «tradicionales», y ello reduce el peligro de infarto.

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