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Técnicas de comunicación – Ironía y sarcasmo en la comunicación

El siguiente texto es un extracto del libro Técnicas de comunicación(ISBN: 9781683250173) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Mauricio D’Ambra, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

El valor sugerente de la palabra

Según la teoría clásica, se entiende por comunicación el hecho detransmitir una información o un mensaje desde una fuente emisoraa otra receptora.

El proceso de comunicación, según esta teoría, supone:

— un emisor: una fuente que envía el mensaje;

— un receptor: un destino que recibe el mensaje;

— un medio: palabras, imágenes, sonidos, etc.;

— un código: el significado del mensaje;

— el proceso de descodificación: la interpretación del mensaje, esdecir, lo que se quiere transmitir.

Una buena comunicación presupone la capacidad de expresarsede un modo claro, comprensible y, en la medida de lo posible, conclaridad de lenguaje.

Paul Watzlawick, investigador del Mental Research Institute de Palo Alto, California, ha introducido una nueva variable en el proceso de la comunicación: la recíproca influencia.

Según esta nueva perspectiva, la comunicación es un proceso deintercambio de informaciones y de mutua influencia.

En el acto de la comunicación tiene su importancia, además delcontenido (lo que se dice), la forma, es decir, el cómo se dice.

Pensemos, por ejemplo, en la obra teatral Seis personajes en buscade autor, de Luigi Pirandello. Esta pieza, puesta en escena por unacompañía determinada, apasiona, interesa, estimula la reflexión yagrada; representada, sin embargo, por otra compañía aburre, desilusiona e, incluso, puede llegar a irritar.

Sin embargo, el texto y las escenas son los mismos.

El mismo ejemplo nos sirve si pensamos en los chistes. El mismochascarrillo contado por distintas personas puede hacer reír, divertir o dejar indiferentes o, incluso, crear situaciones molestas. Si en la comunicación lo único importante fuese el contenido, «lo que se dice», no se daría esta pluralidad de situaciones. Sin embargo, se dan. Y se dan porque en el proceso de comunicación tiene una gran importancia también el «cómo se dice».

Un presupuesto fundamental de la comunicación, según Watzlawick, es que no se puede no comunicar.

Tanto las palabras como el silencio tienen valor de mensaje. Siqueremos iniciar una relación con una persona y le dirigimos la palabra, dicha persona podría no respondernos o, incluso, ni siquieradignarse a mirarnos. Tal persona nos está «comunicando» con estaactitud que no quiere entrar en relación con nosotros. El silencio, eneste caso, tiene un valor de mensaje tan fuerte como la palabra. Dejemos por ahora la teoría de Watzlawick para considerar el conceptoque da título a este capítulo: «el valor sugerente de la palabra».

Si la comunicación es un intercambio de informaciones con unainfluencia recíproca, es por tanto fundamental ser conscientes delpoder que posee la palabra. «Lo que se expresa impresiona».

En el momento mismo en que pronunciamos una palabra, creamos en nuestra mente y en la de nuestros interlocutores la imagensemántica del contenido de la palabra.

Imaginemos, por ejemplo, que un directivo dice a uno de sus colaboradores: «Señor García, le he mandado llamar porque la situación de su departamento no va como debiera. Los objetivos que noshemos propuesto todavía no se han alcanzado».

El apelado puede reaccionar ante estas palabras con desilusión, frustración y, quizá, con rencor por la falta de reconocimiento de loque ha conseguido, al margen de que luego pudiera conseguirse más.

Su disposición mental se ve orientada de forma negativa y, lógicamente, sus reacciones psicosomáticas serán negativas.

Supongamos ahora que otro directivo se dirige al mismo colaborador y se expresa de la siguiente forma: «Señor García, le he mandado llamar para discutir juntos y encontrar las posibles solucionesque nos permitan conseguir los objetivos que nos hemos propuestopara su departamento».

El contenido que se expresa es el mismo: las cosas no van bien eneste departamento.

En la primera de estas dos intervenciones se resaltan los aspectosnegativos de la realidad del problema y, por consiguiente, la incapacidad del responsable de dicho departamento que, necesariamente, se sentirá minusvalorado en su profesionalidad.

En el segundo caso, sin embargo, se evidencian las posibilidadesde solución de las dificultades y no se discute sobre las cualidades del responsable, sino que, al contrario, se le reconoce la capacidadde saber encontrar la solución más adecuada para resolver los problemas. El colaborador, al no sentirse minusvalorado ni experimentar que se duda de sus capacidades profesionales, estará más predispuesto al estímulo para trabajar de forma constructiva y satisfactoria.

Cada vez que pronunciamos una palabra damos origen, inconscientemente, a una determinada sugerencia. Para darnos cuenta deello basta pensar, por ejemplo, en la gran cantidad de personas quereaccionan ante la simple representación verbal de un mecanismofisiológico como el vómito. Pueden incluso llegar a sentir náuseassólo con oír hablar sobre el tema.

Existen personas más sugestionables que otras, naturalmente, pero todos somos sensibles al poder de las palabras.

La palabra evoca representaciones mentales, y las imágenes mentales dan origen a sensaciones y emociones.

Intentemos no pensar en un elefante…

En el mismo momento en que alguien nos propone no pensar enun elefante, toma cuerpo en nuestra mente la imagen del elefante.En el mismo momento en que se pronuncia la palabra elefante,nuestra mente «crea» la imagen del elefante.Un discurso rico en palabras como dificultad, esfuerzo, problema,necesidad, sacrificio, etc., creará después de un cierto tiempo unasensación de malestar, inseguridad y sugerencias negativas.

Es fácil suponer en qué estado de ánimo se encontrarán los participantes después de algunas horas de trabajo. Cundirá el desánimo, y observarán el futuro iluminado por una luz gris y opaca, conuna perspectiva de sacrificios, esfuerzos e inseguridades. Sin embargo, el ponente puede comenzar la reunión con las siguientes palabras: «El estado actual de la situación nos permite mejorar. Nos empeñaremos con todas nuestras fuerzas para conseguircrear espacios útiles para nuestro crecimiento profesional».

La realidad descrita en ambos discursos es la misma, pero en elprimer caso se subraya la dimensión negativa de la realidad.

Palabras iniciales con una carga sugerente negativa

Técnicas de comunicación

Son palabras que nos hacen comenzar mal nuestra comunicación.

«Le robo sólo un minuto»: el término robar crea el sentimiento depérdida de tiempo, y nos coloca en una situación de inferioridad.

Sólo quien no es importante nos hace perder el tiempo. Sólo los «pelmazos» nos «roban el tiempo».

Tan pronto como se pronuncia una expresión de este tipo, nuestro interlocutor percibirá inconscientemente una sugerencia muynegativa.

«No le aburriré»: cuando nos expresamos de esta forma, existe, enrealidad, dentro de nosotros la sospecha de que lo que tenemos quedecir es poco interesante, y paradójicamente, esta preocupación setransmite en la propia comunicación por medio del valor sugerentenegativo que evoca en la «escena mental» de nuestro interlocutor elaburrimiento que, precisamente, queríamos evitar.

«No quisiera molestar»: también en este caso evocamos en nuestro interlocutor el sentimiento de molestia que no deseábamos.

«¿Tiene unos minutos para dedicarme?»: en este caso nos situamos, de nuevo, en una posición psicológica de inferioridad, considerando nuestro mensaje poco importante y que no merece el «tiempo necesario» que se precisa para comunicar algo serio.

«¿Molesto?»: si nuestra presencia está motivada y se agradece, nohay motivo para provocar molestias. Pensemos en una persona querida a la que tenemos en gran consideración y que nos telefonea enhoras inoportunas. Si hay una verdadera relación afectuosa con esta persona, es difícil que nos moleste.

«No quisiera que pensase que estoy aquí para engañarle»: en este caso, el «mecanismo» es claro. A estas palabras sólo puede seguir, en el nivel de las «sensaciones», la sospecha de un posible engaño «escondido». Estamos ante una actitud defensiva, propia de quienteme un ataque.

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