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El sexto Sentido – De La Observación A La Constatación

El siguiente texto es un extracto del libro El sexto sentido(ISBN: 9788431553289) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Ursula Fortiz, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

El despertar de un sentido

En busca del sexto sentido

De la observación a la constatación

Según se observe a las personas de lejos o de cerca, se creerá que todas se parecen o bien que son muy distintas. Es bueno destacar esta diferencia de posición en el espacio, que haría que un marciano nos mirase sin comprendernos mejor que lo que nosotros mismos comprendemos a las hormigas o los cromosomas.

Una mirada distante conducirá a la constatación de que cada uno está dotado de dos brazos, dos piernas, dos ojos, dos orejas, etc., pero también, entre otras cosas menos aparentes, de cinco sentidos que son iguales para todos. En otras palabras, todas las personas están preparadas para tener la misma aproximación al mundo exterior y, por ello, las mismas relaciones con las demás personas.

Cuando, llevado por su curiosidad, un observador se encontrase entre las personas, constataría la evidencia de que no todas son iguales. Quizá sus gustos lo atrajesen más hacia unos que hacia otros, y al intentar comprender por qué de cerca son tan diferentes, se daría cuenta de que hay dos razones principales. Una es que no todos vienen al mundo en las mismas condiciones, cada uno llega con un capital y unos recursos diferentes. Unos tienen más capital que recursos y otros a la inversa. Son raros los que disponen de las dos cosas. Algo así como si se tratara de un negocio del que cada uno dispusiese al principio, con la posibilidad, a lo largo de su vida, de hacerlo fructificar o desaparecer.

La otra razón que hace a las personas distintas es que, si bien están todas dotadas de cinco sentidos que les permiten la relación con el mundo exterior y con las otras personas, no todas los utilizan de la misma manera. Se plantea entonces una cuestión: ¿qué más tienen aquellos que aprovechan mejor la vida, o aquellos que la construyen basándose en la utilización de un único sentido: perfumistas, cocineros, músicos u otros? Ya podemos preguntarnos, por lo tanto, si algunas personas no estarán dotadas de sentidos suplementarios: el sexto sentido, por ejemplo.

La imaginación

Es necesario precisar en qué consiste la imaginación. Decir: «Si esto no existe hay que inventarlo» es lo contrario de la imaginación porque se parte, en este caso, del estado de alguna cosa que no existe…y son muchas las que no existen. Así, se puede soñar con hacer existir cualquier cosa a partir de su ausencia. Por ejemplo: no hay un automóvil que pueda transportar cuatro personas consumiendo un litro de gasolina a los cien kilómetros, a ciento cuarenta kilómetros por hora de media. Respuesta: hay que inventar un automóvil ató-mico que llene este vacío. Esta es la clase de respuesta que demuestra una total ausencia de imaginación porque procede de un desconocimiento de la realidad. Para que la imaginación pueda ponerse en acción, es necesario que haya materia y problema, o al menos duda.

Yo…

Una persona es en sí misma un mundo, un ego. Se podría llamar a eso un mundo interno. En nuestro planeta conviven varios millones de mundos internos y el conjunto representa para cada uno el mundo externo, es decir, el otro, el alter. Cada uno puede decirse: el mundo externo está formado por todos los otros, salvo yo. Si esto se lleva bien, se puede decir que se trata de una relación altruista, porque va del ego al alter. Si se lleva mal, se trata, por el contrario, de una relación egocéntrica. La cuestión del sentido es importante.

La parte común impuesta a estas dos formas de una misma relación es la realidad, porque una misma realidad está al alcance de todos. La diferencia entre las personas es la manera según la cual ellas quieren moverse y sentir en presencia de esta realidad, porque hay dos maneras de comportarse. O bien uno se integra en el mundo y se adapta, o bien integra el mundo en sí mismo, y resulta lo contrario de la adaptación, porque para llegar a ello es necesario apremiar al mundo según las propias necesidades y naturaleza, y eso no es fácil. En el primer caso la relación es altruista porque se fundamenta en el reconocimiento del otro, lo cual permite su conocimiento y, por ende, un estado de equilibrio. Es patente en este caso que la persona acepta considerarse como una parcela del mundo, es decir, poca cosa. En el segundo caso la persona no soporta ser solamente una seis milmillonésima parte del conjunto. Por la misma razón no comprende que él, a decir verdad, el ser más interesante que conoce, no sea más importante, indispensable para el mundo. Se puede concluir constatando que entre el mundo y la persona hay una relación de sentido positivo o negativo según haya aceptación o rechazo del otro. En el segundo caso se podría hablar de un contrasentido agotador. De este modo, hay personas que pasan su vida batiéndose “contra» en lugar de batirse «para».

Así pues, cualquiera que sea la posición del individuo, en el buen sentido o a contracorriente, es el actor en el inmenso teatro dela eterna comedia humana. Este papel de actor y la presencia de los espectadores que llenan la sala implica la necesidad de comunicar con el objetivo de hacerse comprender por los demás, antes que comprenderlos a ellos, ¡ay! Eso es humano.

La comunicación

Es lo que permite permanecer en el mundo, integrarse en él a través de los sentidos, que están en el punto de partida de todos. Es preciso tener cuidado siempre de no darles un papel o una importancia que no tienen. En realidad, los sentidos son las compuertas que permiten la recepción de las informaciones procedentes del mundo material, en tanto que uno acepta asimilar a otra persona al mundo material. No son nada más. La manera en la que cada persona recibirá o no, es decir, acumulará u olvidará las informaciones, no procede de los sentidos sino del intelecto, el motor de ahora en adelante. Los sentidos pueden verse como los instrumentos del conocimiento, de los que cada uno, según su espíritu o sus necesidades, hará una utilización personal.

Aceptemos por un instante proponer que un clarinete sea, en tanto que instrumento, comparable a uno de nuestros sentidos, y facilitémoselo a dos personas. Apreciaremos sorprendentes diferencias en la utilización del instrumento. Cuando uno ya interpreté una sinfonía de Mozart, el otro estará todavía con El claro de luna. Detrás de cada uno de nuestros sentidos hay una noción del placer.

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