Deporte y salud

Masaje antiestrés

El siguiente texto es un extracto del libro Masaje antiestrés(ISBN: 9781644615027). Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Sabrina Bevilacqua y Silvia Pareschi, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

El masaje paso a paso – Introducción

Masaje antiestrés

El estrés es la causa de numerosos males de nuestro tiempo, entre los cuales figura el dolor de cabeza. El ritmo de vida agitado y los compromisos nos dejan poco tiempo para el reposo y la relajación. Y la tensión se acumula en detrimento del equilibrio general del individuo y de la salud.

El estrés en sí mismo no es perjudicial, puesto que representa una señal de alarma que indica que la persona se está alejando de su punto de equilibrio psicofísico. Las situaciones imprevistas, las emociones fuertes y las novedades que generan tensión pueden convertirse en un estímulo para la actividad y el cambio si se afrontan de modo equilibrado.

Así pues, distinguiremos entre eustrés (estrés positivo) y distrés (estrés negativo).El eustrés es necesario para el organismo, porque es el estímulo que permite al individuo superar las situaciones de conflicto. Por el contrario, se considera distrés el estado en que se observa una acumulación de estímulos superior a la necesaria y el organismo funciona demasiado deprisa.

Desde el punto de vista holístico, cada uno de nosotros está compuesto por tres cuerpos interdependientes (físico, mental y espiritual) que se encuentran en continua mutación. Del mismo modo que el estrés mental repercute en el plano físico, el trabajo orientado a la relajación del cuerpo puede aliviar una tensión mental. El masaje antiestrés se basa en este principio.

Masaje antiestrés

Toda acción provoca una reacción. Tensar un músculo causa una tensión, y soltarlo, una distensión. Cuando a cada tensión corresponde una distensión equivalente, el estrés se reequilibra. El masaje antiestrés consiste en buscar esta distensión o, lo que es lo mismo, el «punto de equilibrio» del individuo.

En el plano fisiológico, el masaje procura una serie de beneficios: tonifica y revitaliza la musculatura; alivia las tensiones profundas porque favorece la normalización del trofismo de los tejidos; aumenta las secreciones y las excreciones del cuerpo, lo que intensifica la eliminación de residuos metabólicos y toxinas; favorece la oxigenación y la circulación de la sangre, lo que repercute directamente en la irrigación y la nutrición de los órganos; estimula la circulación linfática, con el consiguiente beneficio para el sistema inmunitario; tiene un efecto sedante sobre el sistema nervioso; relaja los músculos; reduce la presión arterial; da luminosidad a la piel; adelgaza; reactiva los riñones; facilita la respiración y la hace más profunda.

Se usa para tranquilizar y para curar o estimularlos órganos internos. En el plano psicológico y emocional, el masaje responde a una necesidad de contacto y de estimulación táctil, que es una necesidad primaria del hombre. De los cinco sentidos, el tacto es el primero que se desarrolla en el embrión humano, y de él depende la consciencia que tenemos de nosotros mismos y buena parte de la percepción de la realidad que nos circunda. La necesidad de contacto físico y de estimulación táctil se mantiene a lo largo de toda la vida.

Al crecer, el ser humano encuentra nuevos canales de comunicación, como la mirada, la sonrisa, la palabra. Sin embargo, el contacto epidérmico sigue siendo una necesidad en los adultos. Es un contacto cargado de recuerdos y emociones ancestrales, y es también el punto de partida para nuestra individualización. El contacto físico es el lenguaje que usamos de modo instintivo para expresar nuestros sentimientos, para demostrar a los demás que los queremos y los apreciamos.

El masaje hecho con amor conoce el lenguaje del cuerpo y sigue los ritmos naturales de la vida: la respiración, las «ondas», las pausas, los silencios. El masaje tiene el poder de comunicar amor: el contacto cálido y envolvente transmite amor y hace vivir el amor. Podemos decir, por lo tanto, que el masaje es una lección de amor vivida y aprendida en nuestra piel, que nos distancia del mundo exterior, nos pone en contacto con nuestra interioridad y nuestras necesidades, y nos permite sintonizar con nuestro «médico interno».

Este contacto con la interioridad puede cambiar nuestra percepción de nosotros mismos, ayudándonos a cultivar las cosas agradables y a cambiar de actitud frente a las negativas. Todas las personas, con independencia de la edad, necesitan ternura y amor. Somos seres sensibles, y el contacto físico es uno de los medios más vitales para dar y recibir.

Está demostrado científicamente que mientras se recibe un masaje, en especial si es relajante, el cerebro produce endorfina, una hormona que entre otras cosas aporta serenidad y amplíala receptividad. Entre el cuerpo que recibe el masaje y las manos de quien lo da se instaura una comunicación sin palabras basada en la empatía. Para la mente, el masaje significa reposo, respirar aire nuevo, adoptar una perspectiva diferente ante los problemas de la vida cotidiana, de modo que se reduce su influencia negativa en nuestra salud.

Los orígenes del masaje

Masaje antiestrés

El arte del masaje es tan antiguo como la vida misma. El masaje es el medio más antiguo, natural e instintivo de regenerar el cuerpo y la mente. El masaje se ha practicado, junto con la fitoterapia, en todos los países y todas las culturas, adaptado a las diferentes concepciones del cuerpo y su funcionamiento. La idea según la cual la salud depende del equilibrio entre los elementos vitales es común a la medicina china, a la ayurvédica y a la inglesa hasta el siglo XVII. Los hindúes, los persas y los egipcios también lo consideraban terapéutico, y lo utilizaban para aliviar la tensión.

En el campo de la terapia manual, es decir, «de contacto», los japoneses desarrollaron el shiatsu, una técnica de reequilibrio energético que funciona con presiones en determinados puntos del cuerpo situados en unas líneas energéticas denominadas «meridianos». El objetivo del shiatsu es reactivarlos meridianos bloqueados y reforzarlos que están debilitados, para lograr el reequilibrio del flujo energético corporal, que es una condición necesaria para conservar la salud. El origen de esta técnica es muy antiguo, y representa una síntesis entre la medicina popular y la teoría médica clásica oriental, que se remonta, al igual que la acupuntura, a 4.000 años atrás.

El masaje zonal data de este mismo periodo. Este tipo de masaje establece diez «zonas de energía», que terminan formando los puntos de reflejo en las manos y en los pies, que pueden ser estimulados mediante presiones.

Los médicos griegos y romanos consideraban el masaje como una delas principales formas de tratar el dolor y cuidar el cuerpo. En Roma era muy apreciada la técnica de la percusión, que se llevaba a cabo con unas paletas de madera de forma parecida a las palas de tenis de mesa.

A principios del siglo V a. de C., Hipócrates, padre de la medicina occidental, escribió: «Los masajes son una de las muchas cosas que un médico debe saber hacer». Y, después de haber estudiado los efectos en los pacientes, dedujo que «todos los médicos deberían incluir el masaje en sus prácticas curativas como método para potenciarla salud y favorecer la longevidad». Hipócrates también descubrió que si daba un masaje a un paciente con movimientos fluidos en dirección al corazón, este se relajaba y sus hinchazones disminuían. En sus textos recomendaba el uso de presiones y fricciones para problemas relacionados con los músculos, los huesos y la circulación, muy frecuentes durante el embarazo.

Plinio, el famoso naturalista romano, recibía masajes para aliviar el asma, al igual que Julio César, este para aliviar la neuralgia y el dolor de cabeza. En Europa, la práctica del masaje descendió durante la Edad Media a causa del desprecio por los placeres corporales que imponía la Iglesia. En efecto, tratándose de una actividad basada en el contacto físico entre dos cuerpos, de una experiencia que utiliza el tacto como vehículo sensorial, no podía ser aceptada en un contexto social en el que el cuerpo, la desnudez, la capacidad sensorial e incluso el contacto físico se consideraban pecaminosos y, por consiguiente, estaban prohibidos. La influencia de estos tabúes ha llegado hasta nuestros días y se refleja en los contactos personales y sociales, a través del temor a tocar y ser tocado. Los beneficios del masaje se redescubrieron a partir del siglo XVI. El masaje tradicional occidental se desarrolló en una forma similar a lo que hoy llamamos «masaje sueco». La denominación «sueco» no se refiere a un método específico, sino que hace referencia al hecho de que las escuelas suecas eran centros de desarrollo y aplicación de las técnicas de masaje deportivo y terapéutico.

Masaje antiestrés

Precisamente en Suecia, en Estocolmo, se instituyó en 1813 la primera facultad universitaria que incluía en el plan de estudios un curso de masaje.

Más tarde, el estudioso inglés James B. Mannel sistematizó las técnicas de masaje conocidas hasta entonces y las aplicó al tratamiento de numerosas enfermedades, favoreciendo así su difusión en el ámbito médico estadounidense e inglés. El masaje se volvió a imponer después de la primera guerra mundial, por sus efectos de regeneración muscular y por su capacidad de calmar las mentes traumatizadas por el conflicto.

Sin embargo, el verdadero redescubrimiento del masaje en su concepción integral (física, psicológica y emocional) partió de Esalen, California, donde las psicoterapias corporales experimentaron una gran difusión durante los años sesenta. En aquel contexto se desarrollaron nuevas e importantes técnicas de manipulación global (holística) cuyo origen era, en su mayor parte, el concepto de la unidad biopsíquica y espiritual del individuo, según las intuiciones y las investigaciones de Wilhelm Reich, el principal representante de este ámbito.

En todas las culturas y en todas las épocas, el masaje siempre se ha utilizado durante el embarazo y para ayudar a lo largo del parto. También se ha considerado muy útil durante el periodo del puerperio y como «lenguaje» entre madre e hijo.

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