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El Libro Del Vino – Nuestro Vino De Cada Día

El siguiente texto es un extracto del libro El libro del vino(ISBN: 9781646999118) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Leandro Ibar, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Introducción

El vino, principalmente en Europa, es un producto de gran consumo. España es uno de los mayores productores (las estadísticas la ponen en tercer lugar, después de Francia e Italia, países que ocuparían el primer y el segundo puesto, respectivamente).Francia es conocida por sus caldos bien elaborados, sus clos y sus chateaux. Italia trata de ligar su viticultura tradicional con las técnicas más depuradas, modernas y comerciales de elaboración del vino. España, a la que le son muy favorables las condiciones climáticas, produce sus vinos según criterio personal de cada criador. Así, se pueden encontrar excelentes vinos fruto de la tradición y de la técnica —vino de Jerez, de Montilla, de Rioja, del Penedès, etc.— pero también otros caldos en los que sólo se ha buscado una buena graduación y que han sido exportados para dar vida a otros vinos, pobres en alcohol por falta de maduración dela uva.

La idea de valorar el vino solamente por su riqueza alcohólica hace que sede se chen las demás cualidades precisas para que este sea armónico y agradable. El vino se consume en la comida, y por lo tanto debe ser ligero al paladar, agradable y de riqueza alcohólica más bien baja, de modo que pueda tomarse una cantidad adecuada sin que se acuse la más mínima sensación de desarreglo. Por otra parte, los vinos de alta graduación, rancios, licorosos, etc., deben tomarse en poca cantidad preferiblemente durante los postres, en las sobremesas y con ocasión de celebraciones especiales.

El vino es un buen coadyuvante en la digestión siempre que sea de buena calidad y todos sus componentes se encuentren en una proporción adecuada. La calidad de un buen vino es consecuencia inmediata de una cuidadosa elaboración en cada una de sus fases.

La variada climatología y la accidentada orografía de España permiten encontrar siempre el lugar más adecuado para cultivar una uva determinada, que se desarrollará de la forma más conveniente para producir, posteriormente, un determinado tipo de vino. Así, encontramos en España desde el verde y ácido chacolí o el ligero y afrutado Ribeiro —consecuencia de las zonas poco soleadas del norte— hasta los pastosos tintos de elevada concentración alcohólica, producto de largos y soleados veranos.

Desde tiempo inmemorial se han cultivado cepas muy variadas, propias de cada zona vitícola, pero siempre será posible encontrar el lugar más adecuado para el cultivo de cualquier otro tipo de vid.

El cultivo del viñedo debe ser cuidadoso, procurando la perfecta maduración de la uva y que esta se encuentre en buen estado en el momento de ser vendimiada(es decir, uvas sanas, sin podredumbres, sin mohos, en completa madurez), lo cual no siempre es posible debido a factores climatológicos como lluvias y humedades en tiempo próximo a la vendimia, falta de insolación por exceso de nubosidad, etc. Suele ser bastante corriente que se destinen al cultivo de viñedos los terrenos que por falta de humedad o riego no son aptos para otras plantas, pues se trata de un cultivo poco exigente, que comienza a producir pronto y que no exige grandes inversiones. Sin embargo, esto es engañoso, pues si bien la implantación y posterior cultivo del viñedo no requiere grandes inversiones, estas son precisas para una correcta elaboración del vino, si no queremos limitarnos a dejar que la fermentación se verifique sin ningún control, con fermentaciones paralelas, causantes de picados y otras alteraciones. Por consiguiente, la correcta elaboración del vino requiere una fermentación controlada a baja temperatura, lo cual exige, superados ya los viejos sistemas de control de las fermentaciones por medio de antisépticos (como el gas sulfuroso, que siempre dejaba un regusto en el vino),unas instalaciones de grandes depósitos, provistas de medios adecuados de refrigeración y de grandes cavas subterráneas para conseguir una temperatura homogénea donde el vino envejezca en numerosas barricas de roble.

En la primavera, los viñedos despiertan y muestran sus primeros brotes. (Fotografía de Carme Farré)

Sin embargo, estas costosas instalaciones sólo son posibles si la elaboración del vino se hace en grandes cantidades, bien sea en las grandes bodegas de los elaboradores, empleando uva de su propia cosecha o comprada a los viticultores, bien en una bodega cooperativa que recoja las cosechas de sus socios.

En el arte de la fabricación del vino, las grandes casas elaboradoras tienen sus técnicas tradicionales que les han dado fama, como ocurre en las grandes bodegas de Jerez, Málaga, La Rioja, o de los grandes criadores-exportadores de Valencia, Alicante o Tarragona.

En las cooperativas se compaginan las viejas experiencias propias de la comarca con las más modernas y depuradas técnicas científicas, consiguiendo una gran calidad de vinos de mesa. En todas las naciones productoras de vino existe la tendencia a proteger los vinos comarcales por medio de la llamada «denominación de origen», en la que se dictan normas sobre la elaboración y calidad de cada vino. Esta normativa impide posibles imitaciones, no siempre correctas, que podrían dañar la buena imagen del vino de origen.

En España debemos seguir un criterio similar para acreditar nuestros excelentes caldos pero, a la vez, permitir el cultivo de cualquier tipo de uva procedente de otros países.

El que fue gran experto, Xavier Domingo, escribía en su página gastronómica de Cambio 16 que en un concurso de degustación de cepa Sauvignon, con participantes de todo el mundo, consiguió el primer premio un Sauvignon italiano, y el segundo, un Sauvignon español producido por las bodegas de Miguel Torres, de Vilafranca del Penedès. El problema estriba en producir los mejores vinos, sean del tipo que sean, prescindiendo un poco de la denominación de origen.

La exportación de vinos españoles se basaba, hasta hace pocos años, en el envío, principalmente a Francia, de grandes cantidades de vinos a granel, sobretodo manchegos y riojanos. La exportación de vinos embotellados se ha consolidado gracias a la indiscutible calidad de algunos vinos de nuestro país, entre los que destacan Jerez, Rioja y Penedès (Jerez, con su prestigio universal; La Rioja, como productora de vinos comparables o incluso superiores a los de Francia, y el Penedès, con sus finos vinos de mesa y sus espumosos). También se exportan vinos embotellados de otras zonas vitícolas, como Jumilla, Valdepeñas o Cariñena. La tendencia a embotellar vinos es cada vez mayor y los resultados obtenidos son también excelentes.

Esta obra tiene como objetivo ayudar a conocer los diferentes tipos de vino que se elaboran en España, para que los lectores puedan crear su bodega con excelentes productos, teniendo en cuenta que no sólo son buenos los vinos de grandes firmas, sino que también pueden serlo los vinos de cooperativas o de modestas bodegas comarcales.

En el presente libro, además de dar una idea sobre lo que debe ser una correcta elaboración y crianza del vino, se indicarán sus características propias y la forma de almacenarlo y conservarlo para que mantenga sus buenas cualidades. Se facilitarán también algunas notas sobre la mejor manera de servir y beber el vino, y finalmente se describirán todas las regiones vitivinícolas españolas indicando el tipo de vino que producen, para que el lector pueda tener una primera orientación a la hora de formar su bodega y pueda descubrir nuevos suministradores que darán personalidad y un carácter particular a esta.

Recuerdos antiguos de la vendimia

Vendimia clásica de la variedad Sumoll. (Fotografía de Carme Farré)

Para los productores de vino, vendimia es sinónimo de cosecha, como la de cualquier producto de la tierra. Sin embargo, esta va precedida de una labor tenaz, asidua, cotidiana, laboriosa: la fertilización del terreno, la poda y el atado de los sarmientos a sus adecuados soportes cuando la vid se cultiva en emparrado, el desherbado en primavera y en verano, las aradas entre líneas, las cavas alrededor de cada cepa, las frecuentes aplicaciones de soluciones antiparasitarias al iniciarse los primeros calores estivales, el caldo bordolés, el azufrado, la verificación cuidadosa y la limpieza de los lagares, de las cubas y de las tinajas donde se realizará el pisado, el prensado y la fermentación posterior, el cuidado y reparación de las herramientas especiales, la ardua limpieza de la bodega, y tantísimos trabajos hechos con minucioso detalle, todos importantísimos. No hay que olvidar tampoco la angustia y las preocupaciones que preceden a la vendimia debido a las condiciones climatológicas (el temor a las tardías heladas primaverales —cuando ya apuntan las yemas sobre los sarmientos, precursoras de las hojas y de las flores de uva— o al granizo —cuando la uva se encuentra en maduración—, o también el miedo a las lluvias persistentes a principios de otoño, causantes de la podredumbre de la uva cuando ya está madura y a punto de vendimiar).

De esto, muchos de nosotros guardamos recuerdos por nuestra infancia en el campo, debido a nuestro origen campesino o a nuestras vacaciones veraniegas, pero ahora corresponde que yo cuente algunos de los míos, sobre hechos ocurridos hace ya bastantes años.

En la vieja casa campesina ocupada durante siglos por mis antepasados, situada en la comarca catalana denominada Camp de Tarragona, donde ya en los remotos tiempos de Augusto se exportaba vino a Roma, recuerdo unos días cálidos de agosto con el cielo azul; el campesino, acompañado solamente por el monótono chirriar de la chicharra piensa, mientras enjuga su sudor, que este sol que ahora le fatiga, le recompensará aumentando la cantidad de azúcar de sus uvas, de cuyo abundante mosto obtendrá un buen vino de alta graduación; de pronto, observa que unas tímidas nubecillas blancas y algodonosas han manchado el cielo azul y transparente y que, poco a poco, han ido aumentando hasta convertirse en negros nubarrones que cubren todo el cielo y presagian tormenta; sopla un aire frío y caen gruesas gotas de agua seguidas de una fuerte granizada; los trozos de hielo, grandes como avellanas, pueden destruir en un momento la cosecha. El campesino corre a refugiarse en la pequeña casita situada en el centro del viñedo, donde guarda sus herramientas de trabajo y, desde el porche, contempla con desaliento cómo pueden quedar reducidos a la nada sus esfuerzos y desvelos de todo el año.

Mientras, en la vieja casa, las mujeres han acudido a la solana, desde donde contemplan la cortina de agua y granizo pensando en los que están en el campo, lamentándose de la pérdida de la cosecha, rogando a Dios para que cese la tempestad, e invocando a los patrones del pueblo, San Martín y los santos Abdón y Senén. Rezan la vieja oración a la Santa Cruz en recuerdo de la tormenta que se levantó en el Calvario, y a los santos protectores del granizo, San Marcos y Santa Bárbara.

Pero, una vez salvados los peligros y dificultades de las tormentas de agosto, y terminadas las labores, llega con el final del verano el inicio de la recolección dela uva, la anhelada vendimia, por lo que sólo queda esperar que las lluvias de septiembre no lleguen a pudrir el fruto, que los días amanezcan claros y soleados para permitir el perfecto desarrollo de la recolección, transporte y elaboración dela dorada uva.

Al pensar en mi lejana infancia me vienen a la memoria recuerdos de la vendimia del Camp de Tarragona, que seguramente se parecerán mucho a los de los habitantes de cualquier otra zona vinícola de España.

Durante los primeros diez días de septiembre, las uvas que los chiquillos habíamos picoteado aún verdes empezaban a ser dulces, por lo que ya se podía pensar en la vendimia, y más aún al saber que en Altafulla, Torredembarra, Vilaseca o Salou, pueblos del litoral, habían empezado ya la recolección.

Racimo de uvas de la variedad Parellada en su punto óptimo de maduración. (Fotografía de Carme Farré)

De pronto, llegaban grupos de hombres fornidos, con sus coloreadas mantas al hombro, sus hatillos y su inevitable lata de transporte manual de la uva. Eran los vendimiadores procedentes de la Segarra, de Urgell o del Bajo Aragón que, terminada la siega en las comarcas de donde procedían y eventualmente sin trabajo, venían a ayudar a los viticultores de las tierras tarraconenses. A finales de octubre, recorriendo diferentes pueblos, llegaban a Montblanc, en la Conca de Barberà, desde donde, después de recoger la uva, regresaban a sus casas para empezar las labores de siembra.

En este momento, todo se encontraba ya a punto: las aportaderas habían estado unos días flotando en una balsa para que la madera se hinchase y no dejara salir el zumo de la uva; en los lagares se había introducido una pajuela de azufre encendida para que, al comprobar la existencia de oxígeno en los mismos, pudieran bajarlos hombres sin peligro de asfixia, y luego se lavaban con agua y se desinfectaban quemando azufre para que el gas sulfuroso formado destruyera todos los fermentos, en especial el Microderma acetti, causante de la acidez o avinagrado del vino. Todo esto se hacía igualmente con las cubas, barricas, tinajas, etc. Empezaba la vendimia. En cada tira del viñedo se situaba una persona provista de unas tijeras de podar con las que iría cortando las uvas y llenando grandes latas, las cuales se vaciaban en las aportaderas, donde el capataz, a la vez que vigilaba la buena marcha de la vendimia, apretaba la uva con la ayuda de un pisón de madera.

Una vez llenas se cargaban en un carro para ser transportadas al local de elaboración del vino.

En las zonas montañosas, dos aportaderas con 90 kg de uva apretada eran transportadas por una robusta caballería, siendo el peso total de 180 kg. Una carga de uva (180 kg) constituye la medida comarcal de uva que, a su vez, producirá121 l de vino, que forman la llamada carga de vino.

Al llegar a la bodega, las aportaderas se pesaban por medio de una romana colgada del techo, mientras se determinaba el grado alcohólico del mosto con el fin de tener datos sobre el valor de la cosecha y calidad de vino a producir. Después, la uva se desmenuzaba finamente; ¿cómo?, pues pisándola a conciencia y acompasadamente. Un grupo de vendimiadores con sus pies descalzos y los pantalones arremangados hasta la rodilla, con los brazos cruzados detrás de la espalda, moviéndose cadenciosamente mientras cantaban la última canción de moda a un ritmo lento y alargando la endecha (ritmo que no tenía nada que ver con el de la canción, pero sí con otro ancestral propio de las riberas mediterráneas, desde Grecia hasta Andalucía, pasando por Sicilia y Cataluña, como un viejo «cante hondo» que hay quien dice que dejaron los moros o que, quizá, ya encontraron estos al llegar a las riberas mediterráneas); son los restos de las viejas liturgias orientales y mozárabes que han perdurado a través del tiempo.

La uva pisada soltaba un zumo, el mosto, que era conducido por medio de unos pequeños canales a los lagares; luego, el hollejo era comprimido en prensas de madera movidas a mano, que terminaban de extraer el zumo.

El que dirigía la vendimia procuraba, con su experiencia, mezclar los vinos delas distintas explotaciones con el fin de obtener un vino lo más homogéneo posible, completando los zumos procedentes de tierras grasas y de cepas de producción abundante, pero poco ricas en glucosa, con los de tierras más secas y decepas más licorosas, para obtener así un vino de unos 11-12° de alcohol.

Después todo volvía a quedar solitario, y en los oscuros lagares empezaba la lenta fermentación alcohólica con el susurrante burbujeo producido por el anhídrido carbónico liberado. La vendimia se había realizado de la misma manera durante siglos. En plena calle del antiguo barrio de labradores, los viticultores instalaban sus prensas para extraer el vino tinto, producto resultante de la fermentación de mosto en contacto con el coloreado hollejo durante unas tres semanas, vino que ellos mismos venderían más tarde directamente en su bodega y cuyo emblema sería el mismo que empleaban sus antecesores: una rama de pino colgada de la puerta de la bodega. Todo como se hacía en épocas remotas.

Un viejo libro de historia explica que la ciudad de Narbona, en la Galia romanizada, un día hace ya casi dos mil años, sufrió por sorpresa la invasión de unas huestes de bárbaros, aprovechando estos que las puertas de la ciudad estaban abiertas por el continuo trajín que ocasionaba la vendimia.

Así pues, la vendimia, la elaboración y conservación del vino, parten de la antigua cultura que atesoramos desde hace siglos.

Sin embargo, hoy en día la vendimia no es tan pintoresca: no hay tanta gente elaborando vino; ya no acuden los vendimiadores, que han sido sustituidos por máquinas; las barricas de las viejas bodegas familiares han sido también sustituidas, en las grandes cooperativas, por depósitos de cemento o de acero inoxidable refrigerados, para regular la temperatura de fermentación de miles de litros de capacidad. Pero todavía resulta bonito presenciar el trajín de los tractores cargados que son pesados en grandes básculas, así como contemplar a los mozos pisando la uva, llevada luego a las prensas hidráulicas, que rezuman sin parar un chorro de mosto que pasa a los grandes lagares, donde la levadura verificará la labor más importante: transformar la glucosa en alcohol y el mosto en vino, mientras se va desprendiendo, lentamente, con un suave susurro, el gas carbónico.

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