Animales

El Schnauzer

El siguiente texto es un extracto del libro El Schnauzer (ISBN: 9781683255130). Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Valeria Rossi, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

«¿Un schnauzer? ¡Claro que me gustaría, pero hay que peinarlo!»; o también: «¿Un schnauzer? ¡No, no…, es demasiado testarudo!».

He oído muchas veces estas frases en boca de personas que querían un perro. Sin haber criado nunca schnauzer, suelo aconsejarlos, porque trabajando como adiestradora he tenido la oportunidad de apreciar en muchas ocasiones su carácter.

Estas suelen ser las dos objeciones típicas, y lamentablemente están muy arraigadas. Para algunos, la fobia al stripping es insuperable (¡como si el animal tuviera que ir todos los días a la peluquería!); otros creen que el schnauzer es cabezota y difícilmente se dejan convencer de lo contrario, y en la mayor parte de los casos prefieren otras razas más famosas por su docilidad… Hasta que un buen día se dan cuenta de que la testarudez no depende tanto de la raza, sino del carácter de quien lleva la correa.

Hace tan sólo un par de días, me crucé por la calle con un señor a quien le había sugerido que comprara un schnauzer gigante y que, sin embargo, finalmente se había decidido por un pastor alemán, aduciendo que era más fácil de educar. El encuentro fue breve: al señor en cuestión le habría gustado detenerse para conversar conmigo, pero su compañero de cuatro patas (de siete meses de edad) no opinaba lo mismo y le propinó un tirón tan violento que le hizo despegar có- micamente (en mi fuero interno no pude contener un cruel «¡te está bien empleado!»).

No tengo ningún deseo de que ninguna raza se ponga de moda, ya que en la cinofilia este fenómeno siempre es sinónimo de problemas y, en muchos casos, de regresión de la raza. Sin embargo, la raza schnauzer merece mucho más, sin ir más lejos porque los dos defectos que habitualmente se les imputa carecen de todo fundamento.

El tema de la preparación del manto se limita a tres o cuatro sesiones por año, exceptuando lógicamente los ejemplares de exposición, que necesitan una preparación más sofisticada. Este problema no me parece tan dramático como para influir en la elección de una raza.

Que el perro sea cabezota, obstinado y difícil de adies trar no es del todo cierto. El schnauzer, especialmente el gigante, requiere simplemente una mano firme pero cariñosa, porque tiende a ofenderse cuando no recibe el trato respetuoso del que cree ser merecedor. Cuando se instaura una buena relación entre el perro y el conductor, el schnauzer se convierte en un animal fácil y resulta muy agradable trabajar con él.

Y no sólo esto, lo mejor de todo es precisamente que no obedece a las órdenes mecá- nicamente. El animal reflexiona, se pregunta si merece la pena someterse al individuo que lleva la correa. Y si decide que sí, la satisfacción del dueño será mucho mayor.

El enano blanco, el más reciente, es todavía raro, pero poco a poco conquista el favor de los aficionados

Su proceso de aprendizaje no tiene nada que ver con la obediencia ciega (y que a veces peca de limitada) que se suele inculcar, por ejemplo, a los pastores alemanes. Hay que verlo para creerlo. Tampoco se puede comparar la fragilidad y el nerviosismo que muestran algunas razas con el comportamiento atento, fiable, alegre y deseoso de mejorar del schnauzer.

El concepto alegría no es aplicable sólo a la forma de obedecer del schnauzer: alegría es la palabra clave que lo define. En realidad, el aspecto grave y quizá un poco duro de su cara barbuda esconde un animal alegre, vital y juguetón hasta el final de sus días, un verdadero amigo de los niños que no se limita a soportarlos, como ocurre con muchas otras razas, sino que los ama profundamente y le encanta jugar con ellos.

Mi hijo, que tiene catorce años, juega desde hace seis en un equipo de fútbol formado por Marcos, Andrea, David, Johny, Enrique, Álex, Cristian, Francisco… y Devil. Marcos es un «máster» de 35 años (un adulto de 35 años infiltrado en un grupo de jó- venes de doce o trece), y Devil, un perro de ocho años, también «máster», porque a esta edad un perro ya ha rebasado ampliamente la adolescencia. No obstante, pese a la edad, tanto el animal como su dueño muestran el mismo espíritu de niños mayores y se encuentran totalmente a gusto en el equipo de fúbol. Es más, albergo la sospecha de que ha sido Devil quien ha enseñado a su amo a mantenerse joven y conservar tantas ganas de ju

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