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La píldora de la erección y vuestra sexualidad. Mitos y realidades

El siguiente texto es un extracto del libro La píldora de la erección y vuestra sexualidad. Mitos y realidades(ISBN: 9781683251538). Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Ronald Dr. Virag, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

La píldora de la erección y vuestra sexualidad. Mitos y realidades

Cómo Nació El Sildenafilo

El 27 de marzo de 1998, la todopoderosa FDA (Food and Drug Administration) autorizó la introducción en el mercado de un medicamento que, tomado únicamente una hora antes del acto sexual, provoca una erección.

El 15 de abril, la Viagra ya estaba en todas las farmacias norteamericanas, vendida bajo prescripción médica. Este medicamento provocó la mayor avalancha de la historia de los medicamentos: durante la primera semana se presentaron 66.000 recetas. A un precio de 9 euros por comprimido, y teniendo en cuenta que se vende en cajas de 30 comprimidos, se alcanzó una cifra de facturación de 18 millones de euros. La prensa escrita y la televisión mediatizaron el fenómeno. Time Magazine tituló una de sus portadas: «La Viagra funciona».

El fenómeno se multiplicó y llegó al delirio: los médicos duplicaban sus recetas con la fotocopiadora y prescribían el medicamento a los que lo pedían sin ni siquiera reconocerlos. Se organizaron las primeras «fiestas de la Viagra» en los ambientes homosexuales neoyorquinos. Dando crédito a los rumores que afirmaban que el medicamento podía ser efectivo en las mujeres, estas tambiéncompraron lo que todos esperan que seala gran panacea de todas las miserias sexuales de la humanidad.

Con la puesta en circulación del sildenafilo, nos encontramos frente a una extraordinaria afirmación reveladora en forma de perogrullada: la importancia de la sexualidad. El más antiguo sueño de la humanidad, que es ser sexualmente infalible, se encuentra por fin a tiro de comprimidos. ¿A qué precio? ¿En qué condiciones? ¿Con qué consecuencias?

Es bien sabido que las incapacidades sexuales causadas por la inseguridad son legión. Los fracasos generan ansiedad ante la actividad sexual, y la ansiedad provoca angustia. Esta conduce a algunas personas a una impotencia muda y devastadora; a otras, a la desviación, y a la mayoría, a una depresión solitaria.

Son aún más numerosos los que van con la cabeza gacha, los que no son héroes de guerra o los que han sido poco favorecidos por la naturaleza pero que desean ardientemente parecerse a los actores de las películas pornográficas para realizar sus fantasías. Todos ellos son candidatos a beneficiarse de la fórmula mágica de la erección infalible.

Para entender lo que puede provocar la noticia de un método aparentemente tan anodino como la ingestión de un comprimido en el imaginario de los que, dominados por sus temores y desalentados por sus médicos, no se atrevían a acudir a la consulta, tienen que haberse oído a los miles de valientes que han dominado sus temores a tratamientos más o menos apremiantes, a las prohibiciones del psicoanalista y a la indiferencia burlona del estamento médico cómo dan las gracias con un recurrente «Doctor, al ayudarme a resolver este problema ha cambiado mi vida».

También tiene que haberse vivido la desesperación de los pacientes ante el fracaso de ciertos tratamientos para saber que, en un tema tan sensible como el de la sexualidad, uno no tiene el derecho de fallarles con prescripciones intempestivas y promesas descabelladas.

Todas las encuestas demuestran que las disfunciones sexuales, como se denomina hoy pudorosamente a la impotencia, y especialmente a la falta de erección, afectan aproximadamente a un 25 % de la población masculina, y también a un número incalculable de mujeres cuyos problemas no se habían tenido en cuenta hasta ahora.

Hace apenas treinta años que la medicina moderna empezó a interesarse por el funcionamiento de la sexualidad humana, con su estudio reducido a su vertiente masculina, centrada en la erección. Después delos balbuceos de los años setenta, que tuvieron el gran mérito de liberar los trastornos de la función sexual de las garras rapaces y hegemónicas de los psicoanalistas, el estudio directo del funcionamiento del pene constituyó el verdadero inicio de la investigación y de la puesta a punto de tratamientos eficaces.

Era el momento de apogeo de la revolución cultural feminista. El hombre debía demostrar que era efectivamente un hombre. De hecho, la organización tradicional de la pareja se había colapsado bajo la presión de su elemento femenino que, en nuestras sociedades occidentales, había adquirido por entonces, gracias a la contracepción, la libertad de procrear y la posibilidad de reivindicar su placer. Combinando el acceso a los estudios y al mercado laboral, las mujeres abandonaron la dedicación exclusiva al hogar y se emanciparon del yugo material del esposo.

Por último, más allá del periodo de fecundidad, las mujeres podían seguir sintiéndose deseadas y querer continuar con una vida sexual activa. Las consecuencias sociológicas de todos estos procesos no se hicieron esperar. Las mujeres reivindicaron el placer. Los lazos del matrimonio tradicional, que ya se habían relajado por la laicización del sacramento, se aflojaron todavía más. Liberadas, las mujeres se dejaron tentar por el ejercicio solitario de su nuevo poder.

Un observador perspicaz puede percibir en este progreso aparente las premisas de una crisis compleja, que el pensamiento único igualitario ocultó durante mucho tiempo. Con el cuestionamiento de una supuesta primacía del sexo masculino, se ha identificado dominación física necesaria para la armonía sexual con poder masculino en sentido político. La igualdad entre los sexos que se pregonaba suponía, aunque fuera de manera inconsciente, el debilitamiento del sexo que supuestamente era el más fuerte. Por otra parte, ciertos intelectuales, alentados por un lobby homosexual extremista, que pedía una oportunidad suplementaria para expresar su normalidad, prolongaron y alimentaron esa fiebre igualitaria.

A pesar de sus genes, el hombre se vio debilitado en nombre de ese principio igualitario. Se dejó castrar más o menos voluntariamente. A esto se añadieron el estrés de la vida cotidiana y los efectos del envejecimiento. Los asesinos silenciosos de la erección (exceso de colesterol, tabaquismo, hipertensión, sobrecarga ponderal) también estaban al acecho. Puede comprenderse que haya colas ante las farmacias que venden «la pastilla que despierta la virilidad»2. En los oídos masculinos resuena la letanía recitada por todas sus compañeras, incluso las más feministas:«¿Pero dónde se han metido los hombres…?».

Actualmente vivimos más tiempo, con una mejor salud, pero no siempre sin problemas: accidentes, ingestión de medicamentos, intervenciones quirúrgicas, radioterapia… Por no hablar de nuestra vida afectiva: separación, viudez, flechazo… Cualquier evento influye en el funcionamiento de nuestra sexualidad, y las cifras están a la vista, obcecadas, mucho tiempo ocultadas, sacadas del olvido orgullosamente por los analistas financieros: decenas de millones de consumidores potenciales, el 50 % de los diabéticos, el 30 % de los hipertensos, la mitad de los parapléjicos, una gran parte de los operados de la próstata y de la vejiga.

Ciertos estudios revelan que más del 45 % de los hombres de más de 45 años padecen erecciones insuficientes. En cuanto a la sección femenina del planeta sexual, sigue tan poco explorada como siempre. Las estadísticas, poco numerosas, muestran en las mujeres tasas de dificultad próximas al 30 %. Durante lustros, apenas ha habido preocupación por preservar su capacidad de gozar. Las ablaciones del útero y del pecho se realizaban con total desprecio por su feminidad…

Por no hablar de una concepción más bien primaria de los síntomas que expresaban, que las situaban en dos categorías: las frígidas y las ninfómanas. Es hora de asumir que las mujeres también tienen órganos sexuales. El egoísmo masculino también saldrá beneficiado de este reconocimiento, ya que está orgulloso, según dice, del placer que proporciona a las damas.

No está claro, por otra parte, que la revelación al gran público de las hazañas sexuales del «hombre más poderoso del mundo», bajo la mirada compasiva de su ambiciosa esposa, no haya sido un detonador de la súbita búsqueda de virilidad de los norteamericanos, demostrada por las cifras de venta del sildenafilo. El falso puritanismo se desintegra.Time4 pone a la Viagra en portada con el dibujo de un hombre al borde del éxtasis. Algunos ya preguntan por los cambios que se producirán a partir de ahora en las relaciones entre hombres y mujeres. Se habla incluso de una subcultura Viagra.

Lo hemos olvidado todo de golpe, sobre todo las lecciones de un pasado reciente que ha visto, en los últimos veinte años, cómo la lucha contra la impotencia hacía progresos inmensos y preparaba el camino para lo que es, en realidad, solo una pseudorrevolución. Hace ya mucho tiempo que comprendimos que el hombre aspiraba a tener más placer para su equilibrio individual, para su felicidad, y que también quería llevar una vida normal.

El importante bombo mediático provocado por la aparición del sildenafilo anuncia una era nueva en la lucha contra las disfunciones sexuales. Los enormes beneficios expuestos provocan que a las compañías de la competencia se les haga la boca agua. Los estudios preliminares, realizados para analizar su introducción en el mercado, presentan casi siempre una imagen magnificada del producto estudiado. Hay que desconfiar de las exageraciones que amplifican las esperanzas invertidas en tal o cual molécula nueva antes de que haya pasado cierto tiempo, es decir, antes de que se disponga de experiencia en el uso del medicamento.

Esto ha podido comprobarse con el Prozac, rápidamente entronizado como «la pastilla de la felicidad». Y me asusto al ver el ya famoso sildenafilo bautizado como «la pastilla del deseo». La información actual es rápida y fragmentaria. El público no recuerda de ella más que la parte inmediatamente consumible. Sin embargo, un medicamento no es un detergente o un perfume nuevo, y conviene reflexionar teniendo en cuenta el capital de conocimiento adquirido en los últimos veinte años en el ámbito de los trastornos sexuales del hombre.

La llegada del sildenafilo, por muy espectacular que resulte su presentación, no es más que la prolongación de la revolución que en 1982constituyó el descubrimiento de que podían provocarse las erecciones actuando directamente sobre el pene. Con este hallazgo, el hombre podía por fin vencer la fatalidad de su impotencia y superar su temor ancestral al fracaso sexual. En la actualidad, con el sildenafilo, lo consigue casi con demasiada facilidad. Debe gestionar este nuevo poder.

Su comportamiento cambiará por fuerza, al igual que se modificó el de las mujeres en la época de la contracepción. Los responsables de estos cambios deben reflexionar sobre ellos y aportar las pautas indispensables para comprender la nueva situación. Si no lo hacen, darán argumentos a los que fustigan, siempre en los demás, la tiranía del placer. Porque se trata sin duda de la sal de la vida. Es cierto que cada uno le da forma en función de su propia moral. El placer, salvo si se adquiere contra la voluntad del otro o si se decide privarse de él voluntariamente, no le está prohibido a nadie. Es incluso recomendable, aunque a algunos no les guste.

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