Cultura, espiritualismo y creencias

Enciclopedia de la Magia

El siguiente texto es un extracto del libro Enciclopedia de la Magia(ISBN: 9781644615034). Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por B. Baudouin, A. Bolchini, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Enciclopedia de la Magia

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En su origen, la magia fue la doctrina y la práctica de los magos persa s, si bien poco después se denominó así al saber que domina las fuerzas de la naturaleza, así como al conjunto de prácticas que en el uso popular tienden a buscar el dominio sobrenatural mediante la brujería, el sortilegio, la seducción, el hechizo, etc.

La definición del término magia ha sido, y es todavía, muy discutida por los estudiosos de historia de las religiones. Al inicio de los estudios comparativos, orientados en el sentido de una evolución absoluta, la magia fue considerada como la más primitiva tentativa de determinar el azar y la casualidad: de este modo, el hombre primitivo, interpretando las simples sucesiones temporales y las asociaciones subjetivas, llegaría a crear una pseudoconciencia para controlarlas fuerzas de la naturaleza.

Más adelante se desarrollaron prácticas directas para producir determinados efectos sobre la naturaleza, paralelamente a los ritos religiosos, y de este modo nació el problema de la diferencia entre magia y religión.

Al principio se opinaba que la magia y la religión respondían a dos formas mentales opuestas. En efecto, para la religión el mundo está regido por seres sobrenaturales a los cuales nos dirigimos a través de plegarias y sacrificios, mientras que la magia presupone un sistema de fuerzas impersonales sobre las cuales es posible actuar de manera coercitiva. Algunos afirman que la religión es, sin lugar a dudas, posterior a la magia, es decir, que surgió de la desilusión humana producida por los continuos fallos de las operaciones mágicas; otros, en cambio, difieren de estas teorías y hacen sutiles distinciones. De cualquier manera, todo parecía indicar que la religión y la magia tuvieron raíces comunes, pero esta tesis fue rebatida cuando se pudo comprobar que incluso los pueblos más primitivos conocían divinidades y creían en seres supremos.

Llegados a este punto nos parece conveniente explicar el término magia abandonando la pretensión de ver en ella una forma rudimentaria de religión o ciencia. El significado de este término al principio se limitó tan sólo a las prácticas fundadas sobre la superstición, entendiendo por esta palabra toda creencia que no tuviera una base científica ni religiosa. De todos modos, hubo quien subrayó las semejanzas entre religión y magia, e intentó demostrar que entre estas dos creencias existía tan sólo una diferencia de carácter social, destacando el aspecto colectivo fundamental dela religión y, en la magia, la posición marginal respecto a cada culto organizado.

Hoy en día, el concepto de magia es más bien empírico y elástico: se refiere a una clase muy particular de actitudes, dirigidas a alcanzar, mediante técnicas no profanas, fines concretos e inmediatos y también extraordinariamente limitados. Tales actitudes están relacionadas con una concepción orgánica y religiosa del mundo.

Enciclopedia de la Magia

En cuanto a la fenomenología de la magia, se utilizan aún en la actualidad términos antiguos. Se distingue entre magia analógica (imitativa, simpatética y homeopática), en la cual lo similar actúa sobre lo similar, y magia contagiosa, en el seno de la cual la transmisión de fuerzas o cualidades se efectúa a través de un contacto.

Además, existen los ritos de transmisión y los de generación: los primeros permiten pasar un poder, una «virtud», de un objeto a otro, mientras que los segundos hacen surgir nuevas cualidades. Por otra parte, dentro de los ritos de transmisión podemos distinguir entre los imitativos u homeopáticos y los contaminantes o de contagio. Los ritos imitativos se basan en el principio de que todo lo semejante produce lo semejante (deshacer nudos facilita un parto, mientras que verter agua provoca lluvia). Por su parte, los ritos contaminantes se basan en el principio de que la parte vale el todo: basta con actuar sobre un elemento(cambiarse de ropa, cortarse las uñas o variar el estilo de peinado) para influir sobre todo el conjunto (por ejemplo, matar a distancia).

Se habla también de magia positiva y negativa, entendiendo con el primer término una actividad humana consciente(por ejemplo, recoger la enfermedad de una persona con un trozo de tela que sucesivamente deberá ser quemado)y con el segundo, todos los tabúes que exigen la abstención de la persona y cuyas infracciones provocan sanciones inmediatas.

Junto con la magia considerada como ciencia (llamada también magia blanca), se desarrolló una forma aberrante de magia, denominada magia negra o nigromancia, que tuvo vastísimas consecuencias. Hay que decir que se desencadenaron ásperas polémicas, promovidas por los magos más expertos, en contra de la magia negra, ya que restaba valor a la verdadera magia (o sea, la blanca) como forma de ciencia superior que posibilita al hombre nuevos caminos para el dominio del mundo.

El interés por la magia y por sus prácticas se extendió rápidamente en el Occidente latino a partir del siglo vii, momento a partir del cual comenzaron a aparecer numerosos tratados que versaban sobre estas artes.

Para los sabios de la época medieval la magia era considerada la ciencia por excelencia, la que revelaba la íntima estructura del cosmos y la que daba al hombre la capacidad de operar sobre él; de este modo, el conocimiento se convertía en un poder efectivo. Roger Bacon celebraba la magia precisamente por su carácter práctico, es decir, por la posibilidad que daba al hombre de dominar y dirigir el curso de los acontecimientos naturales. En el Renacimiento, el interés por la magia se acrecentó todavía más.

Muchos estudiosos afirmaban que la magia constituía uno de los pilares del pensamiento de la época, ya que alimentaba la inspiración hacia una religión cósmica, robustecía el concepto del hombre como microcosmos y parecía ofrecer los medios adecuados para convertir a aquel en dueño del cosmos. De todos modos, es un hecho innegable que gran parte de la renovación científica del Renacimiento nació de la magia, proclamada en aquella época como ciencia suprema.

El prestigio de la magia como ciencia se debilitó en el siglo xvii, pero volvió a ser reconocida en su plenitud durante los primeros tiempos del Romanticismo (con Novalis y su idealismo mágico).Generalmente, desde el punto de vista del racionalismo cientificista contemporáneo, la magia suele considerarse como un medio de evasión de la realidad fenoménica (es decir, de lo que se distingue de lo real) ilusorio y, en buena parte, pernicioso.

La magia a través de los siglos

Los Orígenes de La Magia

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Indudablemente, la magia ha ejercido una notable influencia en la evolución del intelecto humano; pero las investigaciones, los análisis y las discusiones de los estudiosos no nos han permitido saber si esta influencia ha sido perjudicial o no.

Muchos han considerado la magia como un medio de engaño, utilizada por los jefes de los antiguos pueblos para su propio provecho, y concluyen diciendo, como es lógico, que la ciencia ha liberado a la humanidad de los perjuicios de la superstición. Otros, en cambio, sostienen que la magia, aun siendo un engaño, ha generado resultados positivos para el progreso social y científico. Son también numerosos los antropólogos que afirman que el mago de nuestros antepasados no era en modo alguno un impostor; en efecto, de total acuerdo con los fi eles, se le consideraba verdaderamente dotado de poderes sobrenaturales, y el privilegio le era reconocido de forma unánime por el pueblo.

La psicología moderna tiende a aceptar esta teoría y rechaza la idea de que, durante el transcurso de millares de años, una minoría de magos, de brujos y de hechiceros haya podido y querido ocultar a la inmensa mayoría de los seres vivientes un conocimiento real de la naturaleza. Además, la supervivencia de la magia nos hace pensar que está profundamente radicada en la mente humana.

No obstante, conviene que recapacitemos. ¿Quién puede considerarse completamente libre del pensamiento y del acto mágicos? «En cada persona existe el deseo de sustraerse a la costumbre y a la certidumbre», escribió Malinowski. Estamos en el campo de los eternos deseos del hombre, y es muy fácil creer en la posibilidad de que cualquier promesa un poco satisfactoria encuentre un amplio campo para perpetuarse pasando por encima de dogmas y de cualquier otro tipo de esquema racional.

Son muchos los que afirman, incluso hoy en día, que la magia se camufla tras el pensamiento científico. A modo de ejemplo, podemos citar el maravilloso libro de G. Bachelard La formación del espíritu científico.

Las religiones de Occidente afirman que Satanás, con su rebelión, dividió el universo y dio lugar al mundo material. Por tanto, el creyente, que se halla siempre bajo el peligro de las tentaciones diabólicas, sólo podrá obtener una felicidad duradera después de la muerte. Los sistemas mágicos antiguos no han admitido nunca una carencia de armo- nía: centraban el conjunto de la creación, el bien y el mal, lo visible y lo misterioso, la vida y la muerte, en un todo contenido en el todo. Consideraban que lo sobrenatural no está separado de la materia, sino que se halla dentro de cualquier cosa. He aquí, por tanto, cómo el mundo mágico es, según estos sistemas, semejante a una enorme rueda que gira alrededor del hombre: si este faltara, si tan sólo una pequeñísima ruedecita del engranaje se rompiera, el tiempo de la vida se detendría.

Pero, atención, dicho razonamiento no sirve para el elegido, es decir, para el mago, ya que este se integra armoniosamente dentro de la totalidad y, al mismo tiempo, se halla en situación de actuar sobre ella y se consume en el ansia de conocer el mecanismo del funcionamiento del universo; además, está profundamente convencido de que es capaz de aferrar el misterio, descomponiendo la materia y penetrando en lo sobrenatural, conociendo a los ángeles, a los espíritus o a los demonios que habitan en la evocación.

Hay que decir que la magia, en el cristianismo, en su forma pura, se desarrolló gracias a la necesidad humana de participar en la divinidad mediante el conocimiento, y también por el deseo, digámoslo así, de obtener la felicidad en esta tierra, y no después de la muerte. Se trataba de una magia muy afín al misticismo, pero que contenía también algunos principios científicos, ya que acercarse a lo divino queriendo comprenderlo creado significa, al fi n y al cabo, profundizaren los principios de la naturaleza. Esto, en la época medieval, hizo que la magia se convirtiera en un estímulo para experimentar, para pensar y para estudiar paso a paso las formas mágicas en el mundo antiguo. Los estudiosos de entonces aceptaron las nebulosas tradiciones mágicas y se enfrentaron con la misión de cambiar los diferentes absurdos para convertirlos en un sistema mágico-religioso adecuado a su civilización. Esta creencia parecía extraña; por tanto, había que intensificar los esfuerzos para tejer a su alrededor un argumento filosófico y una doctrina trascendental.

Mirando hacia atrás y observando a los hombres primitivos, descubrimos que la magia tenía para ellos significados muy precisos: la misión del mago consistía en socorrer a la gente, asistiéndola contra el terror ante lo desconocido. He aquí cómo las fórmulas mágicas permitían a los hombres vivir su vida cotidiana y escapar a la opresión de una realidad hostil desviando la influencia de las fuerzas sobrenaturales. Es decir, que a través de la magia y gracias a ella era posible una relativa serenidad.

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