Cultura, espiritualismo y creencias

Manual de grafología – Posibilidades y ventajas de la grafología

El siguiente texto es un extracto del libro Manual de grafología(ISBN: 9781683256137) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Elisenda Lluís Rovira, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Algunas notas históricas

La primera observación de la que se tiene noticia sobre las relaciones entre la escritura y la personalidad fue hecha por el escritor romano Cicerón, quien afirmó en uno de sus escritos: «El emperador César Augusto era tan ahorrador que prefería apiñar las palabras al final de un renglón en vez de empezar otro».

Pero, aunque hace más de dos mil años el hombre reparó en la correlación entre la manera en que pensamos y sentimos y la forma en la que escribimos, no fue hasta el siglo XVII cuando se prestó mayor atención a este fenómeno. Y todavía hoy una discusión acerca de la fiabilidad de los análisis de la escritura manual puede provocar reacciones escépticas o incluso sarcásticas.

Los primeros tanteos: Camillo Baldi y Marco Aurelio Severino

El primer grafólogo conocido fue Camillo Baldi, célebre médico y profesor boloñés, quien sentó las bases de esta disciplina en 1622 con la edición de su Tratado sobre cómo de una carta misiva se conocen la naturaleza y las cualidades del escribiente. Esta obra era un intento de crear un nuevo método de informe clínico parangonable en cierto modo al que proponía Della Porta en Sobre la fisonomía, con cuyo método de análisis posee alguna similitud.

Según Baldo, «es evidente que todos los hombres escriben de una manera determinada y que cada uno imprime en la forma de sus letras un carácter personal de difícil imitación. Si la escritura es lenta y se ejerce mucha presión sobre la pluma, es probable que el escritor tenga una mano dura, pesada y perezosa, por lo que será sensato y conforme al buen sentido suponer que no es muy inteligente ni muy rápido». De este modo, se establecía una relación directa entre la escritura, las características físicas y el temperamento y las cualidades intelectuales del escribiente. En algunos casos incluso, Baldo se atrevió a aventurar una interpretación en la que se contemplasen los atributos morales de la persona a la que se estudiaba: «Si la escritura es rápida y las letras son desiguales, las unas finas y las otras gruesas, podrá concluirse que es desigual en sus actos. Por otra parte, el que tiene una escritura rápida, igual y elegante, hasta el punto de sentir el placer material de escribir, nunca será un científico ni un genio. Raramente brilla por su inteligencia o prudencia quien tanto acaricia su grafía».

Con todo, estas primeras tentativas no llegaron a convertirse en un procedimiento sistemático que permitiera juzgar la escritura de cualquier persona según una tipología de rasgos. Baldo y otros estudiosos de la época se dejaron llevar por la intuición y consideraron el análisis grafológico como una herramienta auxiliar para el estudio de la psicología. Sentaron los primeros criterios de selección y lectura, ya que no todos los escritos podían ser considerados como muestras grafológicas válidas. Así, después de haber indicado otros signos, el médico boloñés añade: «Para adivinarla índole de una persona por su grafía, es menester analizar su escritura verdadera —no la artificial—, sobre todo la de las letras íntimas, y cerciorarse de que ha sido escrita en condiciones normales». Ciertamente, acababa de abrirse una nueva vía para acceder al conocimiento de los aspectos más recónditos del ser humano.

Las investigaciones de Baldo no fueron un fenómeno aislado: casi al mismo tiempo, Marco Aurelio Severino, profesor de anatomía y cirugía de Nápoles, inició la publicación de una obra sobre la adivinación del carácter a través de la escritura (Vaticinator, sive tractatus de divinatione litterali), pero murió víctima de la peste antes de poder finalizar su trabajo. A juzgar por los pocos testimonios que nos quedan de él, Severino concebía la grafología como un método que permitía ahondar en el ser humano y desvelar todos sus secretos —no en vano consideraba la interpretación grafológica como un procedimiento adivinatorio—, si bien no tenía ninguna aplicación terapéutica definida, ya que los resultados obtenidos servían para corroborar el diagnóstico del médico antes que para indicar posibles trastornos.

El empeño con el que Baldo, Severino y otros muchos especialistas afirman la necesidad de prescindir de escritos caligráficos no debe ser considerado un capricho; piénsese que en aquella época se había desarrollado enormemente la práctica de diversos estilos de escritura para facilitar la lectura. No eran pocas las personas que trabajaban como escribientes profesionales que conocían a la perfección diferentes modos de escribir según el tipo de documento que fuese necesario presentar. El propio Leibnitz escribió al respecto: «La grafía expresa casi siempre, en una forma u otra, nuestro talante a menos que sea obra de un calígrafo». Por ello, era preciso deslindar las prácticas escriturísticas oficiales de las personales, en un intento de obtener muestras más sinceras de expresión.

Johann Kaspar Lavater y su teoría acerca de la variación emotiva

El célebre Johann Kaspar Lavater, creador de la teoría fisiognómica, afirmó: «La idiosincrasia de un pintor, que se revela en sus cuadros, no puede dejar de traducirse en la grafía». Al hacérsele la objeción de que cualquier persona pudiese variar su manera de escribir cuando quisiera, respondió: «Esa persona actúa, o al menos así lo parece, de mil modos diferentes y, no obstante, todos ellos, incluso los más diversos, tienen la misma huella. La persona más dulce puede dejarse llevar por la violencia, pero esa cólera será siempre la suya propia, y no la de ningún otro. Si colocamos en su lugar a otras personas más vivaces o más tranquilas, no será la misma violencia, ya que su cólera será siempre proporcional al grado de dulzura que posee».

Lavater, siguiendo este razonamiento, fue más allá y aplicó estas distinciones a la escritura: «Así como un espíritu tranquilo puede dejarse llevar en ocasiones por la ira, de igual modo la más bella mano tiene a veces una escritura descuidada. Pero también esta última tendrá un carácter diferente de los garabatos de un hombre que acostumbra a escribir siempre mal. Se reconocerá la buena mano del primero en su peor grafía, en tanto que la escritura más cuidada del segundo dejará adivinar siempre sus garabatos. Estas variaciones en la escritura de una misma persona no hacen sino confirmar nuestra tesis, porque muestra hasta qué punto nuestro estado de ánimo influye también en nuestra escritura. Utilizando la misma tinta, la misma pluma y el mismo papel, una persona escribirá de forma distinta según trate un asunto desagradable o cambie cordiales impresiones con un amigo».

De este modo, Lavater consideró la escritura como un reflejo del estado anímico de las personas en el que podían diferenciarse rasgos permanentes, propios del temperamento individual, y otros de carácter transitorio que eran producidos por la respuesta que daba la persona al entorno. Incluso fue más allá y propuso la existencia de ciertos rasgos nacionales en la escritura, del mismo modo que se suponía que había caracteres nacionales, así como la analogía que se establecía entre el lenguaje, la forma de caminar y la escritura.

La aparición de la grafología moderna: el abate Michon y Crépieux-Jamin

Muchísimos otros estudiosos se interesaron por la grafología como contribución al análisis del carácter, pero el auténtico creador de esta ciencia fue un francés, el abate Michon, cuyo libro Los misterios de la escritura, publicado en 1872, fue recibido como una auténtica revelación.

«Los trabajos del abate Michon —escribió otro insigne estudioso a quien tanto debe la grafología, el francés Crépieux-Jamin— tienen gran importancia, pues descubrió un gran número de rasgos significativos que permitieron desarrollar notablemente la grafología».

Se trata, evidentemente, de una declaración harto modesta, sobre todo si se tiene en cuenta que, para resaltar los méritos ajenos, Crépieux olvidó deliberadamente los suyos propios. Si es cierto que Michon halló e ilustró muchos signos y les dio interpretación, no lo es menos que lo hizo sin un método preciso y que fue Crépieux quien los sistematizó. De hecho, buena parte de los criterios interpretativos que se emplean en la actualidad se los debemos a él. No en vano, definió los elementos significativos como aquellos signos cuyas deducciones «conducen a la modificación de un rasgo del carácter correspondiente o a la ilustración de un nuevo estado psicológico”. Cualesquiera que sean los méritos de los investigadores, el hecho cierto es que la grafología, tal como hoy la conocemos, nos permite establecer con bastante fiabilidad los elementos más representativos del carácter de una persona.

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