Familia y relaciones,  Niños

Entender a los niños – Hablémoslo entre mamá y papá

El siguiente texto es un extracto del libro Entender a los niños(ISBN: 9788431554682) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Silvio Crosera, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

Este libro constituye un intento de acercar a padres y maestros al complejo mundo de los comportamientos y actitudes de los niñosen edad preescolar y escolar. Se han recogido las preguntas dirigidas con mayor frecuencia al psicólogo, que ha tratado cada tema de manera informal y familiar. Así se ha hecho accesible a todo el mundo el universo de la psicología de la edad evolutiva, que se enriquece día a día con nuevas observaciones y teorías.

El mundo cambia… ¿y los niños de hoy son iguales que los de antes? ¡Parece que también ellos hayan cambiado! Desde el punto de vista físico han ganado estatura; desde el punto de vista intelectual muchos son vivaces y precoces, utilizan las tecnologías mejor que sus padres. Pero ¿sus problemas son los mismos que también afrontaron en sus tiempos mamá y papá? ¿Y si no fuese así? ¿Cómo se trata un problema nuevo con instrumentos viejos? Tal vez convenga detenernos en las nuevas cuestiones que nuestros hijos se plantean y nos plantean.

El adulto no puede pretender convertirse en creador improvisado de nuevas modalidades de solución de problemas sólo porque tiene experiencia en la vida. Debemos reconocer que la experiencia se obtiene en unas circunstancias determinadas, las cuales, por una serie de motivos complejos, se han modificado en una generación.

¿De verdad, dirá alguno, no basta la experiencia? Las preguntas de nuestros hijos son sólo en parte las que nosotros planteamos a nuestros padres. Además, debemos reconocer cierto adelanto en la formulación de las preguntas por parte del niño. A propósito del sexo, de la muerte, de la justicia, del sentido de la vida, se puede decir que el momento de las preguntas llega muy pronto, en estrecha relación con el progreso de la expresión oral del pequeño.

La experiencia de los padres en el papel de niños, alumnos, compañeros de juegos, hijos o nietos vivida en el pasado es importante para ellos mismos. Difícilmente podrá utilizarse como modelo para las nuevas generaciones que están creciendo. Con esta afirmación no pretendo poner en tela de juicio valores como la amistad, la solidaridad y el cariño entre hermanos, que se mantienen universales, sino su interacción con las experiencias sociales y la realidad, sin duda distintas respecto a los periodos anteriores.

El autor ha afrontado los diversos problemas según un enfoque que tiene en cuenta, por un lado, las más recientes teorías psicopedagógicas y, por el otro, la experiencia de treinta años de actividad con niños y padres enfrentados con los problemas de la vida cotidiana. Para facilitar la lectura, los temas se han dividido en cuatro grupos:

● «Hablémoslo entre mamá y papá» (en que se tratan cuestiones generales que deberían discutirse en familia antes de ciertos acontecimientos, como viajes, separaciones, etc.).
● «A propósito del colegio» (donde se afrontan los problemas especialmente relacionados con el ambiente escolar y la instrucción).
● «¿Y el tiempo libre?» (que contiene referencias al deporte, la vida social y los intereses).
● «Otros problemas de quien crece…» (con reflexiones a propósito de problemas particulares, como el pipí en la cama, los caprichos, las palabrotas y las mentiras).

Una última observación: como es lógico, ningún libro, aunque oriente al adulto para escuchar a los niños, puede sustituir la aportación de un experto y, sobre todo, el tiempo que debe dedicarse a los hijos. Sin embargo, el simple hecho de que esté leyendo estas páginas es señal de que quiere ocuparse de los pequeños intentando tomar conciencia de su forma de ser, de hacer y de saber en la realidad actual.
¡Feliz lectura!

Hablémoslo entre mamá y papá

El acuerdo educativo

Hay que reconocer que la forma de asumir este tipo de responsabilidad deriva en gran parte de la propia experiencia como hijo y como alumno. Además, las experiencias culturales (en sentido amplio) y las relaciones interpersonales iniciadas vienen a confluir en una idea de niño que hay que educar y de itinerario que hay que proponer.

Alcanzar un acuerdo educativo, o sea, una implantación lo bastante coherente de puntos de referencia que inspiren con constancia la acción de los padres, obliga a las dos partes a hablar de sí mismas, de sus propias vivencias infantiles, de sus propias experiencias con las figuras adultas, hasta llegar a la persona en la que se han convertido hoy.

Por lo tanto, una base importante para alcanzar este objetivo será un buen nivel de comunicación entre ambos miembros de la pareja.

Es evidente que esta regla también resulta válida para quienes se hallan en situación de separación o divorcio y que ya no viven bajo el mismo techo. Por el bien de los hijos este plano de intercambio, o sea, el acuerdo educativo, nunca debería faltar.

Acuerdo no quiere decir anulación de la propia forma de ser y de actuar para satisfacer las necesidades del otro o de los hijos. Significa expresarse a sí mismo, escuchando qué tiene que decir el otro, tener en cuenta la «materia», es decir, el niño con el que se deberá interactuar y también el ambiente circundante, que de forma creciente toma iniciativas pseudo o paraeducativas con respecto al niño (televisión, medios de comunicación, publicidad, asociaciones, etc.).

¿Por qué, sobre todo durante la edad evolutiva del hijo, es importante que el padre y la madre sintonicen la misma longitud de onda y sean percibidos como personas que comparten ideales y valores, aunque sea con matices distintos? Porque eso refuerza la imagen positiva que el niño tiene de sí mismo: recibir respuestas coherentes, constantes y serenas por parte de las figuras paterna y materna de referencia genera equilibrio y seguridad.

Recordemos también que los padres, de forma individual o en pareja, están expuestos a ataques de oposición por parte del niño y que gran parte de su equilibrio futuro dependerá de las respuestas que estos hayan sabido dar en esas ocasiones especiales. Por ejemplo, para crecer, el niño necesita vivir y demostrar sentimientos alternos de odio y amor.

Pues bien, quien recibe estos ataques jamás debe responder con la misma moneda, sino elaborar lo que está sucediendo. ¿Cómo? Recibiendo el impulso (odio o amor), trabajándolo un poco como adulto y respondiendo de forma atenuada, teniendo en cuenta la disparidad de roles: «Papá y mamá son mayores (up) y yo —como pequeño— estoy debajo (down)». El riesgo es que, si no se respeta la distancia, sea el niño quien sufra.

Si son los dos quienes soportan los ataques, se responde mejor, es decir, sin extremar la relación y evitando que se creen unas «gangrenas emotivas» difíciles de eliminar.

Como decíamos al principio, una función educadora requiere una toma de identidad y responsabilidad: «Yo soy tu padre (o yo soy tu madre) y decido que, en este caso…» El origen de una parte sólida de la seguridad que el niño alcance en su interior radica precisamente en esta afirmación.
No debemos tener miedo de tomar posición. Si, por el contrario, nos mantuviésemos inmóviles o diésemos unas respuestas contradictorias o ambivalentes, el niño se encontraría desfavorecido y desarrollaría inseguridad, falta de autoestima y una gran vulnerabilidad.

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