Familia y relaciones

Superar el desempleo en familia – Overcome unemployment as a family

El siguiente texto es un extracto del libro Superar el desempleo en familia(ISBN: 9781644614341) Conocerlo, entenderlo, interpretarlo y ayudarlo, escrito por Ginette Lespine y Sophie Guillou, publicado por de Vecchi /DVE ediciones.

No tengo confianza en mí mismo

Cuando estamos en el paro, a menudo nos sentimos desamparados. Sin duda el trabajo es una parte activa en la construcción de nuestra identidad. Para no perder pie, lo importante es entender lo que sentimos y por qué.

Hace todavía poco tiempo echábamos pestes por tener una agenda sobrecargada, colegas mal educado su horarios desfasados impuestos por el trabajo. Hoy, casi echamos de menos todo eso. Porque ahora, nos encontramos en casa, confrontados al vertiginoso vacío de los días. Se acabaron los horarios fijos, el ritual colectivo en torno a la máquina de café, las tareas concretas que llevar a cabo: nos hemos quedados sin trabajo.

Perder el empleo representa siempre un trastorno. Aunque intentamos persuadirnos de que no es tan grave, de que no somos el primero al que le ocurre y de que en seguida saldremos de esta, el golpe es fuerte. Ante todo, claro está, porque el paro conlleva la angustia del día siguiente: «¿Cuánto tiempo estaré en paro?¿Podré encontrar un lugar de trabajo a la altura de mis expectativas? ¿Qué haré para llegar a fin de mes?». Incluso cuando no tenemos un carácter ansioso, esta incertidumbre oscurece el horizonte que se abre ante nosotros. Pero más allá de la preocupación material, el cambio de situación inflige también una auténtica herida: ayer todavía teníamos un rol, a veces un cargo, una utilidad en la empresa. Y ahora esa imagen se vuelve confusa: ¡no servimos para nada! Estamos fuera del circuito. Así es fácil que perdamos la confianza en nosotros mismos y que tengamos la moral por los suelos.

¿Por qué tanto trastorno?

No todo el mundo reacciona de la misma forma ante esta prueba de la vida. Todos tenemos nuestra propia historia y nuestro temperamento, lo que hace que cada una adopte comportamientos distintos ante una misma situación. Sublevación o abatimiento, recogimiento sobre nosotros mismos o actividad febril, ¡no hay nada escrito de antemano! Pero se encaje como se encaje, es un golpe duro para cualquiera.

¿Por qué nos afecta tan profundamente? Intentar entender este sufrimiento es un primer paso para no hundirnos. Eso nos lleva a preguntarnos sobre el lugar que ocupa el trabajo en nuestra vida. Porque incluso cuando no estamos enganchados al trabajo, este representa simbólicamente mucho más que un simple medio de sustento: forma parte de nuestra identidad.

Para empezar, es el que nos permite entrar de pleno en la vida adulta. Nuestras primeras nóminas representan nuestro acceso a la independencia financiera, tanto tiempo deseada. Por último, se corta el cordón umbilical para que podamos volar con nuestras propias alas. Un empleo es, ante todo, una forma de asumirnos completamente y, más tarde, un modo de asegurar la subsistencia de los nuestros.

El trabajo también nos proporciona una identidad a los ojos de la sociedad, la que figura en las tarjetas de visita, los documentos administrativos o los impresos que rellenan nuestros hijos todos los años en la escuela: profesión del padre, profesión de la madre…Sin duda, algunas profesiones tienen mayor prestigio que otras. Nos puede agradar o aburrir la que ejercemos, pero sea cual sea, nos asigna un lugar, un estatus social. Gracias a este, nos corresponde una casilla más o menos definida, y aunque a veces podamos soñar con cambiarla, ¡existimos!

El trabajo da sentido a la vida

Más allá de esta pertenencia social, el trabajo representa también una forma de afirmarnos y abrirnos personalmente. Como una base sobre la cual las personas construimos nuestra identidad. Antiguamente nadie se planteaba verdaderamente la profesión o el oficio que iba a desempeñar. A menudo se trataba de seguir el camino marcado por padres y abuelos: el hijo del médico ocupaba la consulta del padre, el hijo del panadero hundía a su vez las manos en la masa… Entonces no se trataba tanto de realizarse a través del trabajo como de ganarse la vida o adquirir poder. Hoy en día, lo primero que queremos es escoger una profesión que nos guste y que concuerde con lo que somos: «Mira lo que hago, sabrás quién soy…».

El modelo de éxito actual, además de ganar mucho dinero, es «destacar en el trabajo». Por ello invertimos en él mucho de nosotros: tiempo, energía, sentimientos… Como si fuera el trabajo el que tuviera que dar sentido a la vida. Ante esta exigencia no todo el mundo está en igualdad de condiciones: cuando se trata de un puesto poco considerado o poco remunerado, la búsqueda de sentido parece muy absurda… Este modelo incluye a todo el mundo: incluso los que desempeñan los trabajos más ingratos tienen que invertir en su trabajo. Hoy en día la realización de la persona pasa forzosamente por el trabajo: nos proporciona al mismo tiempo una imagen social y una representación de nosotros mismos.

La búsqueda del amor

En definitiva, lo que nos ofrece el trabajo es lo que buscamos en el fondo desde nuestra niñez: reconocimiento, consideración… Amor, simplemente. Durante la infancia, nos pasamos el tiempo buscando la aprobación de los padres mostrándoles lo que somos capaces de hacer. Así comprobamos nuestra capacidad de ser queridos. «¡Bravo, estoy orgullosa de ti!», nos decía mamá cuando lográbamos dar un paso después de otro, comer solos, leer nuestras primeras palabras… El reconocimiento de lo que éramos (y, con eso, el amor de nuestros padres) pasaba ante todo por el reconocimiento de lo que hacíamos. Hoy en día, sin duda, algo queda de todo eso…Y además no siempre hemos conseguido colmar esta espera de los padres. A veces, hemos decepcionado o hemos pensado que decepcionábamos. Entonces el trabajo actúa como una especie de revancha. «Les demostraré, a mi padre y a mi madre, que soy capaz de tener un buen trabajo», nos prometemos interiormente, en el momento de lanzarnos a la vida activa. Aunque no seamos conscientes de ello, la elección de nuestra profesión procede siempre de nuestra historia familiar: o hacemos lo contrario de lo que esperaban nuestros padres o bien seguimos sus huellas intentando igualarlos, incluso superarlos. Al construir nuestra identidad, el trabajo llena nuestras carencias, colmando todo lo que no ha sido satisfactorio en nuestra vida. A menudo nuestras debilidades, nuestras zonas oscuras, nuestras carencias…son la fuente de nuestros talentos.

Por todo eso, cuando el trabajo desaparece de nuestra vida, no resulta nada sorprendente que nos sintamos desestabilizados. Nuestras debilidades, que el trabajo escondía tan bien, quedan al descubierto. El despido cuestiona la idea que nos hemos formado de nuestra capacidad de ser querido. Y nos sentimos privados de una parte de nosotros mismos. Como mutilados. El trabajo participa en la construcción dela identidad y la afirmación de uno mismo; es por ello que, lógicamente, su pérdida hace vacilar el edificio. ¿Qué queda cuando se nos despoja de esta faceta? ¿Qué imagen enviamos al exterior cuando y ano tenemos un lugar tan definido en la sociedad? En resumen, ya no sabemos muy bien lo que somos a los ojos de los demás… ni en nuestro interior…

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