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El enigma de Nostradamus – ¿Anunció el coronavirus? – Anna Lamberti Bocconi – Kindle version/ Tapa blanda

El enigma de Nostradamus – ¿Anunció el coronavirus?

«El siguiente texto es un extracto del libro NOSTRADAMUS LAS PROFECÍAS DESDE HOY HASTA EL AÑO 2200 (ISBN: 9781646998647) , escrito por Anna Lamberti Bocconi, publicado por las Ediciones de Vecchi /DVE

El enigma de Nostradamus – ¿Anunció el coronavirus?

Las impresionantes, misteriosas y celebérrimas cuartetas del más famosos vidente de la historia se muestran al hombre del fin de siglo. Es un patrimonio desconcertante y muy vasto, en el que desde hace cuatro siglos los exégetas ponen a prueba la brillantez de su propia intuición. La línea de lectura que se ha seguido ha sido la histórico-cronológica. Debido a que Nostradamus citaba lugares de su patria y de los países cercanos o que formaban parte del escenario histórico de la época (Francia e Italia sobre todo, después Inglaterra, Europa central con Bohemia y Hungría; lugares míticos y lejanos como Grecia, Oriente Medio, la Tierra Santa, Asia; Turquía y el mundo árabe) cuando hablaba de monarcas y de guerras —otro contenido histórico muy actual—, los intérpretes se han legitimado (con pleno derecho) a buscar recorridos principalmente históricos en la interpretación de los mensajes de Nostradamus. Gracias a este tipo de lectura, hoy sabemos y estamos aún sorprendidos de que Nostradamus haya preconizado con desconcertante precisión tantos sucesos históricos. Puede ser interesante seguir la primera profecía que dio gran popularidad al vidente, difundiendo su fama por toda Europa. Se trata de la profecía que inaugura todas las lecturas «históricas» que se han venido realizando hasta hoy sobre las enigmáticas Centurias. De hecho, el episodio, que tuvo lugar durante la vida de Nostradamus, presenta una evidencia que supera cualquier escepticismo. Se trata de la muerte del rey de Francia, Enrique II. Era el año 1556, y Nostradamus, que ya era famoso, recibió una carta de París en la cual los soberanos Caterina de Medici y Enrique II le invitaban a su corte. La reina Caterina, muy interesada en el esoterismo, también había invitado al conocido profeta alemán Ulrich de Maguncia. El motivo de esta doble visita de tan elevado rango era una profecía que recibió Enrique II y que había realizado el astrólogo italiano Luca Gaurico, que le aconsejaba evitar cualquier combate cuando estuviera cerca de los 41 años de edad porque corría peligro de sufrir graves traumas en la cabeza, pérdida de la vista y heridas mortales. Nostradamus confirmó el consejo y encuadró el suceso en la cuarteta I, 35, que dice: El joven león dominará al viejo, en campo bélico, por duelo singular, en jaula de oro le saltará los ojos, dos clases una, luego morir con muerte cruel.

Pero, al cabo de un tiempo, el rey hizo de todo para ignorar estas profecías, que además fueron confirmadas por Gerolamo Cardano y por un astrólogo hebreo de Roma. El 30 de junio de 1559, Enrique II desafió al destino en una fiesta y decidió participar en una justa. Las justas eran juegos donde los caballeros, protegidos por una armadura y blandiendo una lanza, se lanzaban al galope uno contra otro. A menudo, la lanza se partía con violencia contra el escudo o la armadura, pero los caballeros debían intentar permanecer en la silla y no ser descabalgados. La finalidad no era herir al contrario, sino dar un espectáculo de potencia y habilidad. Los palacios se adornaban con muchos colores, las damas se refrescaban con sus abanicos, y apoyaban a sus preferidos; los caballeros estaban majestuosos y todos olvidaban los problemas cotidianos durante las justas. Ese día maldito, Enrique II se sentía más enérgico y optimista que nunca. Rompió tres lanzas contra Emanuel Filiberto de Saboya, el duque de Guisa y Gabriel Montgomery. Este último casi logra desmontarle del caballo y el rey le exigió la revancha. En este momento, las personas más cercanas a Enrique empezaron a sentir que el destino estaba siendo forzado. Tanto el caballero Vieilleville como la reina le instaron a abandonar el campo, a respetar el vaticinio de los presagios. Enrique no les escuchó, así que una vez rotas las lanzas tras el primer ataque, con los caballeros aún al galope, la base de la lanza del caballero rival chocó con violencia contra la visera de Enrique, la cual, por una trágica fatalidad, se levantó. En una fracción de segundo, la lanza rota penetró en el ojo del rey, le traspasó el cráneo y le salió por la oreja. El 10 de julio, tras once días de atroz agonía, el rey murió. La dramática confirmación de esta profecía solidificó definitivamente la fama profética de Nostradamus, fama que no se ha apagado nunca hasta hoy. A partir de esta primera adivinación, cualquier persona que se haya interesado en las Centurias con seriedad y apertura mental habrá podido leer presagios sobre casi todos los sucesos históricos importantes: la sucesión del rey de Francia, la Revolución francesa, las campañas de Napoleón, las guerras mundiales, el comunismo, el nazismo, la evolución de la Iglesia, las catástrofes naturales, las epidemias, los descubrimientos más importantes, etc. Con el apoyo de las palabras de Nostradamus se puede intentar acertar en la predicción del futuro, siempre moviéndonos en el eje histórico-cronológico. ¿Estallarán nuevas guerras? ¿Cuáles serán los sistemas políticos dominantes? ¿Emergerá del magma del tiempo algún personaje especial que imprimirá un cambio al curso de la historia humana? Para leer a Nostradamus desde esta perspectiva —consolidada, como se ha dicho, por siglos de hermenéutica— es necesario entrar en contacto con el lenguaje cifrado que utilizaba, buscar las llaves que puedan abrir las cerraduras de las cuartetas. Se trata de un trabajo difícil, debido al empeño del vidente en velar los significados inmediatos de sus palabras mediante el uso de ocultaciones de todo género. Desde cierto punto de vista, puede tratarse de un propósito imposible, ya que nunca habrá pruebas definitivas de la validez de un método interpretativo. Incluso la verificación de los hechos, es decir, una profecía que, interpretada de un cierto modo, después se confirma, podría tratarse, siguiendo esta lógica, de una simple coincidencia. Pero el empeño hermenéutico ha dado sus frutos, sobre todo por el complicadísimo problema de fechar las profecías. Este es el carácter más oscuro del «Nostradamus desvelado».

Pero, debido a que tantos estudiosos importantes se han dedicado a descifrar y clarificar las Centurias, estableciendo y recorriendo un territorio de lectura que tiene, al igual como la superficie terrestre, un número cada vez menor de regiones inexploradas, podemos intentar proponer una clave de lectura más amplia. La idea es partir de los grandes temas que nos sean más cercanos, las grandes problemáticas de nuestra época, las salas de juego de tiempo donde la humanidad puede perderse o ganar en un instante. Teniendo siempre presente el método tradicional, que en primer lugar intenta encontrar en las cuartetas referencias veladas a hechos muy precisos y, que en segundo lugar, con el auxilio de la interpretación, intenta desvelarlas y ver si corresponden a la realidad (algo que, por supuesto, sólo es posible para sucesos ocurridos en el pasado) —un método en el que el papel prevalente de Nostradamus es el de adivino— se intentará ampliar el campo. Se intentará hacer convivir dos momentos: el encuentro entre profecías decodificadas y (aunque sea en potencia, al tratarse del futuro) la efectiva verificación de los hechos, por un lado; y por el otro, un halo de significado más amplio, obtenido de precisas puntualizaciones que se derivan al descifrar el vasto y sibilino mundo simbólico de las intrincadas estrofas de Nostradamus. Es como si sus profecías, en estos instantes precedentes a la fecha fatal del año 2000, tuvieran un objetivo más importante que adivinar sucesos y levantaran dudas, advertencias, espirales de despertar, puntualización de temas imprescindibles y atisbos de meditación. Todo ello también es válido para la lectura profético-apocalíptica que puede ser analizada en su conjunto como la gran expresión metafórica del tema muerte-purificación-renacimiento. En otras palabras, tomaremos en consideración la hipótesis de que hoy para nosotros, habitantes de un mundo asediado por problemas angustiantes y sin solución que pone en tela de juicio nuestra propia supervivencia, puede ser útil el eco de las profecías y no el contenido puntual de las mismas.

Una vida de pensamiento y valor

Michel de Nostredame, hombre serio y taciturno, gran sabio de ánimo noble y no violento, culturalmente puede considerarse fruto del más maduro Medievo, el que desemboca en el Renacimiento como un río que vierte al mar la continuidad histórica, aportando gran riqueza de sabiduría y moral, así como un modo de entender la existencia basado en la aceptación del misterio y en la dirección de la mirada hacia planos más sutiles de la realidad. Uno de sus discípulos, Jean-Ayme de Chavigny, lo describe como un hombre robusto, no alto, con una gran frente despejada, un buen color de piel, ojos de color gris claro con una mirada dulce y comprensiva y a la vez con un aire severo que infundía respeto. Al hablar usaba una delicada ironía, un acentuado sosiego, típico de quien conoce bien el lado oscuro de la vida y por ello sabe apreciar todos los aspectos, pero sin darles demasiada importancia. Nostradamus valoraba las palabras, prestando atención a lo que decía y tenía bruscos cambios de humor, pudiendo pasar de la más abierta disponibi- lidad al enfado, casi con apatía. La iconografía tradicional nos ha hecho llegar una imagen de un hombre sereno, elegante, con una densa y bien cuidada barba blanca. Los grabadores de la época intentaron transmitir una impresión de humanismo a todo el mundo, típica de las mentes renacentistas más elevadas. En esto, la época de Nostradamus era profundamente distinta a la nuestra.

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El ideal de Nostradamus en su estudio. Esta es una de las pocas imágenes del vidente francés que nos han llegado cultura era el más amplio posible. No era, como hoy, la fragmentación del saber, es decir, la tendencia a la especialización en campos cada vez más limitados. Por el contrario, un sabio debía tener conocimientos vastos y profundos sobre el hombre y sobre el mundo en todos los aspectos, visibles e invisibles, naturales y misteriosos, cuantificables y no cuantificables. Por esta razón, las mentes más privilegiadas de la alta Edad Media y del Renacimiento se dirigían hacia un saber de amplios horizontes, que explicaba y sugería la realidad usando cada vez, con la misma brillantez, la matemática y la poesía, sin la obsesión ni la ilusión —que en estos últimos tiempos la ciencia comienza a rechazar— de poder interpretar el mundo de forma unívoca e infalible, en el mito de un progreso que se revela cada vez más burlón. Nostradamus fue un médico de vida tranquila y afortunada. Es sorprendente ver cómo este hombre, tan dueño de la visión del tiempo, también se vio inmerso en un destino extraño y lleno de paradojas. Él, que contribuyó a curar a Francia de varias epidemias de peste que causaron la muerte a más de 30.000 personas, en 1535 perdió en una de ellas a su adorada y joven mujer y a los dos hijos que esta le había dado. Después, viajó por tierras de Francia, Italia y Alemania, y es posible que llegara —no es seguro— hasta Persia. Durante doce años, Nostradamus vagó sin paz. En esta peregrinación entró en contacto con los más altos personajes del mundo hermenéutico y alquímico: esoteristas, astrólogos y magos, frente a cuya sabiduría no tendríamos que dejar de rendir homenaje. Se trata de Agrippa de Nettesheim (1486-1533), médico, filósofo y astrólogo alemán que fundó, en 1506, la Comunidad de los Magos, con miembros de toda Europa; sus principales obras —condenadas por la Iglesia— son De Occulta Philosophia (1510) y De Incertitudine et Vanitate Scientiarum (1527); de Paracelso (Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus Paracelsus, 1493-1541), también médico, filósofo y astrólogo, además de gran alquimista, padre de la farmacología moderna, autor d e inn umerables obras; y por último, el mago alemán Iohannes Faust (1480-1550), en el que se inspiró Goethe para su célebre Fausto. El primer acto del Fausto incluye un ilustre homenaje literario a las profecías de Nostradamus. En él Goethe introduce a su personaje mientras está inmerso en la lectura de las Centurias y le invita a emprender el vuelo hacia el exterior.

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